Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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cómo antes
Louis quedó en silencio después de todo lo que había ocurrido.
Habían sido demasiadas cosas en muy poco tiempo.
Pero, en ese momento, no quería pensar en Carolina, ni en la discusión, ni siquiera en lo que ocurriría después de la prueba de ADN.
Solo quería ver a Leo.
Ya era tarde, pero decidió ir a visitarlo.
Cuando entró en la habitación, encontró al pequeño jugando tranquilamente con sus juguetes.
Leo levantó la mirada y, al verlo, comenzó a aplaudir feliz.
—Hola, campeón. ¿Cómo estás?
Leo hizo una señal con la mano, indicando que estaba bien.
Louis sonrió.
—Así me gusta.
Se acercó a la cama y se sentó junto a él.
—Pero hay algo que me pone triste...
Leo lo miró con curiosidad.
Louis hizo una pequeña mueca.
—¿Acaso no me hablas porque estás enojado conmigo?
Leo sonrió al entender el chiste.
Louis soltó una pequeña risa.
—Mira quién te traje.
Sacó de una bolsa el peluche de Leo y se lo entregó.
El niño sonrió de inmediato y lo abrazó.
—Sabía que lo extrañabas.
Louis miró la hora.
—Mira la hora que es. Ya debes dormir.
Leo se acomodó entre las sábanas.
Después extendió una mano hacia Louis.
Louis la miró sorprendido.
—¿Quieres que me quede contigo?
Leo asintió.
Louis sonrió.
—Está bien, campeón.
Se acomodó a su lado y tomó su pequeña mano.
Leo cerró los ojos poco a poco.
Desde la puerta, Cristian apareció para ver cómo estaba el niño.
Pero al encontrarse con aquella escena, decidió no interrumpir.
Cerró la puerta con cuidado y se alejó.
Sacó su teléfono y llamó a Agustina.
—Agustina, él está bien.
Agustina se encontraba en una de las salas de operaciones, ayudando al equipo médico con otro paciente.
Cuando terminó su turno, fue a la cafetería.
Allí encontró a Andrés.
—¿Qué le pasa a mi niña? —preguntó él con una sonrisa.
Agustina suspiró.
—Andrés... Louis ya sabe que Leo es su hijo. Ahora quiere la custodia compartida.
La sonrisa de Andrés desapareció por un instante.
Sin embargo, rápidamente intentó disimularlo.
—Bueno... está bien que se haga cargo de su hijo —dijo, tratando de sonreír.
Agustina hizo un pequeño puchero.
—No lo sé. Él tiene una familia. Su esposa es la hija del hombre más importante de este hospital.
Andrés la miró con ternura.
—No pasa nada. Yo siempre voy a estar para ti.
Agustina asintió.
—Ay, Andrés... eres un gran amigo.
Él sonrió, aunque por dentro aquellas palabras le dolían un poco.
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Horas después, Andrés salió del hospital para tomar aire.
La nieve comenzaba a caer lentamente.
Los copos blancos le hicieron recordar aquella noche.
Una noche como esa había sido cuando descubrió a la verdadera Agustina.
Ya la había visto varias veces en la enfermería de la escuela.
Era la rebelde.
La chica que no tenía miedo de enfrentarse a nadie.
Y sí... también me había golpeado más de una vez, pensó con una sonrisa.
Pero todo cambió cuando su tía Verónica y mi mamá se hicieron amigas.
A partir de entonces, comencé a ir a su casa.
Agustina era diferente allí.
Más tranquila.
Más amable.
Un día salimos a pasear juntos.
Fue divertido.
Terminamos en los juegos y, al principio, no entendía por qué había aceptado ir conmigo.
Ella nunca había sido de esos lugares.
Pero entonces apareció Martín, uno de los chicos populares de la escuela.
Al verlo, Agustina cambió por completo.
Parecían una pareja.
Hasta que Martín comenzó a discutir con ella.
Y Agustina, como siempre, terminó defendiéndome.
Pero hubo una noche que cambió todo.
Andrés recordó aquella escena.
Había pasado cerca de la casa cuando escuchó voces.
Era Martín.
—Por fin viniste. Ahora dime quién era ese idiota que estaba cerca de ti.
Agustina bajó la mirada.
—Martín...
—¿Qué?
Ella respiró profundamente.
Y entonces gritó:
—¡TERMINAMOS! ¡Martín, no aguanto más! ¡Ya no te amo!
El muchacho quedó completamente paralizado.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No... Agustina. Dime que es mentira. Dime que es una broma.
Ella negó con la cabeza.
—No lo es.
—Si es por mis celos, puedo cambiar. Puedo controlarme. Mira, ten todos los amigos que quieras.
Martín intentaba encontrar cualquier solución para no perderla.
Pero Agustina ya había tomado una decisión.
—No es eso.
Levantó la mirada.
—Ya sé lo del compromiso entre tú y mi mejor amiga.
Martín se quedó sorprendido.
—Agustina...
—Sé que tus padres quieren que te cases con ella.
—Pero dame tiempo. Podemos seguir juntos.
—Basta, Martín. No quiero saber nada más. Espero que seas feliz con ella.
Martín tomó su mano.
—Pero yo te amo a ti. Me casaré con ella si eso es lo que quieren nuestros padres, pero tú y yo podemos seguir juntos como siempre.
Agustina retiró su mano.
—No quiero eso.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No voy a ser la segunda. Yo quiero a alguien que me quiera de verdad. Y tampoco voy a engañar a mi mejor amiga.
Agustina salió corriendo.
Andrés, que había escuchado parte de la discusión, se preocupó y fue tras ella.
La encontró unos metros más adelante, arrodillada y llorando.
—Agustina...
Ella levantó la mirada.
—¿Estás bien?
Agustina se puso de pie y, sin decir una palabra, lo abrazó con fuerza.
—Me duele mucho, Andrés...
Él la abrazó y comenzó a darle pequeñas palmadas en la espalda.
—Estoy aquí.
Agustina lloró contra su pecho.
---
—¡Andrés!
Una voz lo sacó de sus recuerdos.
Él se dio vuelta.
Mónica estaba detrás de él.
Al verlo girarse, ella se sorprendió y perdió el equilibrio sobre el suelo resbaladizo.
Andrés reaccionó rápidamente y la sostuvo antes de que cayera.
Durante unos segundos quedaron mirándose fijamente.
Mónica se puso nerviosa.
—Te necesitan.
Se apartó rápidamente y se acomodó.
Andrés asintió.
—Gracias.
Se marchó.
Mónica se quedó mirándolo.
Se llevó las manos al rostro.
—Siempre tan guapo... —murmuró haciendo un pequeño puchero—. Lástima que solo tiene ojos para Agustina.
Horas después, Leo quedó al cuidado de su tío Cristian.
Mientras tanto, Agustina continuaba trabajando junto a Louis.
Pero ninguno de los dos había hablado todavía sobre Leo.
—Agustina —dijo Louis—, ¿me puedes alcanzar las jeringas que están allí?
—Sí.
Agustina se acercó.
Las jeringas estaban demasiado altas.
Buscó un pequeño banco y se subió.
Estiró el brazo, pero aun así no consiguió alcanzarlas.
—Un poquito más...
El banco se movió.
—¡Ah!
Agustina perdió el equilibrio.
Louis reaccionó inmediatamente y la sostuvo entre sus brazos.
Por unos segundos, ambos quedaron mirándose.
Como cuando eran jóvenes.
Como si los años no hubieran pasado.
Aquel momento le recordó algo que había sucedido muchos años atrás.
—Primita...
Lautaro entró al cuarto de Agustina.
Era el hermano mayor de Alan y bastante mayor que Cristian. En ese momento estudiaba para convertirse en policía.
Agustina estaba acostada mirando televisión.
—¿Qué pasa, Lauti?
Lautaro hizo un pequeño puchero.
—¿Puedes ir a comprar ramen?
—No, Lautaro.
—Vamos... —insistió, tomándola de la mano—. Primita.
Agustina terminó aceptando.
—Está bien.
Cuando llegó al negocio, buscó el ramen entre los estantes.
Pero estaba demasiado alto.
Se puso de puntillas.
Entonces vio un banco cerca.
—Perfecto.
Agustina se subió sin darse cuenta de que una de las patas estaba rota.
El banco se tambaleó.
—¡Ah!
Estaba a punto de caer cuando alguien la sostuvo.
—Ten cuidado.
Agustina levantó la mirada.
Era Louis.
—Podrías haberte lastimado feo.
Ella sonrió.
Y sintió que su corazón comenzaba a latir con fuerza.
De regreso al presente, Louis la miró.
—¿Pasa algo? ¿Tengo algo en la cara?
Agustina se puso roja.
—No.
Bajó rápidamente la mirada.
En ese momento, una enfermera tocó la puerta.
—Doctor Louis, enfermera Torres. Hay un paciente que necesita ser operado de urgencia.
Louis se puso serio.
—Vamos.
Ambos salieron rápidamente.
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El paciente era un hombre mayor.
Estaba acostado en la camilla, sujetándose el abdomen.
—Me duele mucho el estómago...
Louis lo examinó.
—Tranquilo, señor. Parece que necesita una cirugía de vesícula.
Miró a Agustina.
—Ven conmigo.
—Sí, doctor.
Pasó más de una hora.
Finalmente, la operación terminó.
Había sido complicada debido a la edad del paciente, pero todo había salido bien.
Louis salió del quirófano mientras Agustina se quitaba los guantes.
En el pasillo, una mujer mayor esperaba nerviosa.
Agustina se acercó.
—Señora, ¿usted es la esposa del señor?
La mujer asintió rápidamente.
—Sí. ¿Está bien?
Agustina sonrió.
—Sí. La operación salió bien.
La anciana soltó un suspiro de alivio.
Agustina la observó con ternura.
—Se nota que lo ama mucho.
La mujer sonrió.
—Sí. Es un gran esposo.
Hizo una pequeña pausa.
—¿Sabes? Me enamoré de él cuando me salvó la vida.
Agustina la miró con curiosidad.
—¿La salvó?
—Él era bombero. Un día, el lugar donde yo trabajaba se incendió. Quedé atrapada y no podía sostenerme más.
La mujer sonrió al recordar aquel momento.
—Cuando pensé que iba a morir, él llegó y me sostuvo entre sus brazos.
Agustina sintió una enorme ternura.
—Qué hermosa historia...
La mujer sonrió.
—Después de eso, nunca volvimos a separarnos.
Agustina bajó la mirada.
Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que pensara en Louis.