Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Guardianes en las sombras
—Espera, déjame ver si entendí bien —dije, inclinándome sobre la mesa con los ojos brillantes de pura travesura—. ¿Mi hermano mayor, el mismo que actúa como un agente de la ley las veinticuatro horas del día, el que te mira como si fueras un tesoro nacional que necesita custodia armada... te gusta?
Laila se encogió de hombros, intentando mantener una falsa compostura mientras se abanicaba con la mano para enfriar el calor que sentía en las mejillas.
—No lo pongas de esa forma tan dramática, Natalia. Solo... digamos que las circunstancias nos han obligado a convivir demasiado tiempo y, bueno, una es humana —murmuró ella, apartando la mirada con una sonrisa tímida—. Pero lo que de verdad descolocó todo fue darme cuenta de lo que él sentía. Saber que ese caparazón de sargento inflexible se desmorona únicamente cuando se trata de mí... me hizo verlo de una forma totalmente distinta. Ya no puedo ignorarlo.
—¡Eso es hermoso! —exclamé, aplaudiendo suavemente con una emoción que apenas podía contener—. ¡Por fin alguien va a lograr ablandar a la Gran Muralla China!
—Ni se te ocurra decirle una sola palabra, Natalia. Si Noah llega a sospechar que sé lo que siente, se encerrará en su modo «general del ejército» y saldrá huyendo a la Patagonia —me advirtió Laila de inmediato, señalándome con el dedo en un gesto de amenaza cariñosa—. Esto se queda entre nosotras, ¿entendido?
—Trato hecho, tumba cerrada —respondí haciendo el gesto de sellar mis labios con una llave imaginaria, aunque por dentro ya estaba maquinando mentalmente cómo iba a disfrutar cada segundo de su inminente e inevitable romance.
Minutos después, cargadas con las bolsas de las compras y con el ánimo por las nubes, decidimos que ya era hora de regresar a la mansión antes de que Noah empezara a mandar mensajes en masa.
Al cruzar la puerta principal de la casa, el ambiente se sentía extrañamente relajado. Dejamos las bolsas en el recibidor y caminamos hacia la sala de estar principal. Para nuestra sorpresa, ahí estaba mi hermano, tirado en el sofá con una sudadera oversize, pantalones deportivos y unas zapatillas de marca, con la laptop sobre las rodillas mientras revisaba unos archivos con cara de fastidio.
Al escucharnos llegar, levantó la mirada de inmediato. Sus ojos recorrieron a Laila primero con una fugaz y casi imperceptible sonrisa de alivio, antes de cambiar a su típica postura de hermano mayor protector al verme cargada de bolsas.
—¿Se puede saber en qué centro comercial estuvieron metidas todo el día? —preguntó Noah, pasándose una mano por el cabello castaño revuelto, con un tono más relajado pero igual de imponente—. Tu celular mandaba directo al buzón. Casi voy a buscarlas por toda la ciudad.
Laila se aclaró la garganta discretamente, bajando la mirada un segundo con una elegancia impecable antes de responder con total serenidad:
—Tranquilo, Noah. Solo estábamos actualizando algunos detalles... y garantizando la salud mental de tu hermana lejos de tantas restricciones de niñero.
Noah bufó, apartando la vista con una media sonrisa disimulada como si intentara ocultar que la presencia de Laila siempre lograba desarmarlo. Yo contuve una carcajada, intercambiando una mirada cómplice con mi amiga. Definitivamente, el juego de las miradas apenas comenzaba, y ver al protector hermano mayor caer rendido iba a ser mi entretenimiento favorito.
Habían pasado varios días desde aquella tarde de compras en el centro comercial, días en los que Laila y yo nos habíamos convertido en cómplices silenciosas, analizando cada mirada disimulada y cada leve sonrojo que Noah intentaba ocultar bajo su sudadera. La tensión entre ellos era tan palpable que cualquiera habría podido cortarla con tijera.
Por mi parte, aunque el episodio de la videollamada con Fabián me había dejado con la curiosidad a flor de piel, la verdad es que no estaba enojada ni reacia a la idea de que él tuviera pareja. Al contrario, la idea de que mi hermano mayor por fin se decidiera a sentar cabeza me causaba una mezcla de genuina intriga y ganas inmensas de interrogarlo con chismes de primera mano.
Eran pasada la medianoche cuando el sonido familiar de un vehículo estacionándose en la entrada principal de la mansión rompió la tranquilidad. El vuelo de Fabián desde Italia por fin había aterrizado.
Me encontraba en la cocina preparándome un vaso de agua fría cuando escuché pasos firmes cruzando el pasillo. La puerta osciló ligeramente antes de abrirse del todo, revelando a Fabián. Traía el abrigo desabrochado, una maleta de mano y ese aire de cansancio sofisticado que siempre lo acompañaba después de cruzar el Atlántico.
Nuestras miradas chocaron instantáneamente en medio de la penumbra.
—Vaya, así que el viajero frecuente por fin se digna a regresar —saludé con una sonrisa traviesa, apoyándome en la encimera y cruzando los brazos mientras lo examinaba de arriba abajo—. Espero que la misteriosa chica de la bata de seda en tu suite de Milán te haya dejado venir sin demasiados dramas, porque la curiosidad me está matando.
Fabián se detuvo en seco, soltando un suspiro profundo mientras pasaba una mano cansada por su rostro. Una sonrisa genuina, mitad divertida y mitad resignada, se dibujó en las comisuras de sus labios al ver que no estaba furiosa, sino lista para el interrogatorio.
—Veo que la imaginación sigue trabajando a toda máquina, pequeña —respondió con voz ronca, dando un par de pasos hacia adentro para acercarse y dejar la maleta a un lado—. ¿No se te ocurrió pensar ni por un segundo que querías armar toda una novela de misterio antes de escuchar la verdad?
Fabián dejó caer la maleta junto a la isla de la cocina y se frotó los ojos antes de servirse un vaso de agua directamente de la jarra. El silencio nocturno de la mansión envolvía el espacio, dándole a la conversación el tono perfecto para una charla de hermanos sin testigos.
Me acerqué con el vaso de agua en la mano y me recosté del borde de granito, observándolo con una mezcla de picardía y genuina curiosidad.
—Bueno, el interrogatorio oficial empieza ya —le dije, arqueando una ceja con una sonrisa ligera—. Deja de esquivar el bulto y cuéntame. ¿Quién era la chica de la bata, desde cuándo hay romances secretos en Europa y por qué me entero por accidente a través del espejo?
Fabián soltó una exhalación divertida, negando con la cabeza mientras se apoyaba frente a mí, cruzando los brazos con total calma.
—No es ningún romance secreto, Natalia —respondió, adoptando un tono mucho más relajado y sincero—. Es alguien a quien conozco desde hace tiempo, con quien me cruzo de vez en cuando en los viajes de negocios. Las cosas entre nosotros son... tranquilas, sin ataduras formales ni grandes dramas. Simplemente coincidimos allá esta vez.
Lo miré fijamente a los ojos, buscando algún rastro de mentira o nerviosismo, pero su expresión era completamente abierta. Asentí despacio, procesando la información. No había ninguna supermodelo viviendo una doble vida en su habitación, sino una relación casual que llevaba cocinándose a fuego lento entre vuelo y vuelo.
—De acuerdo... te creo —admití con un parpadeo, bajando un poco la mirada hacia el borde de mi vaso.
El tono ligero que había mantenido se desvaneció de golpe, dejando paso a una pequeña punzada de vulnerabilidad que rara vez admitía en voz alta. Fabián, que me conocía mejor que nadie, notó el cambio de inmediato en mi postura.
—¿Qué pasa, pequeña? —preguntó con voz suave, inclinándose un poco para nivelar su mirada con la mía—. Te conozco. Esa carita me dice que hay algo más rondando por tu cabeza.
Di un suspiro hondo, jugando con el hielo dentro del vaso antes de levantar la vista para enfrentarlo.
—No estoy enojada con ella, ni contigo, juro que no —comencé a decir, sintiendo que las palabras salían con algo de torpeza—. Me alegra que tengas a alguien, de verdad... Pero, no sé. A veces pienso que si formalizas algo con alguien, o si decides hacer tu vida por otro lado, vas a estar tan ocupado que dejarás de prestarme atención. Me preocupa que, con el tiempo, yo deje de ser tu prioridad o tu consentida.
Fabián se quedó en completo silencio. La expresión de diversión se borró de su rostro, reemplazada por una ternura infinita. Sin decir una sola palabra, acortó la distancia que nos separaba y me envolvió en un abrazo cálido y firme, apoyando su barbilla sobre mi cabeza.
—Eres una boba —murmuró con una sonrisa en la voz, dándome un suave apretón en la espalda—. Puedes casarte, tener hijos o mudarte a la Luna, y jamás dejarás de ser mi consentida, Natalia. Eso no lo cambia ninguna mujer en el mundo, ¿te queda claro?
Una sonrisa aliviada se dibujó en mis labios, y le devolví el abrazo con fuerza, sabiendo que, a pesar de los baches y los celos tontos, mi lugar a su lado seguía intacto.
El alivio por las palabras de Fabián me duró exactamente lo que tardé en regresar a mi habitación y dejarme caer sobre el colchón. La madrugada avanzaba despacio, pero el sueño se negaba a llegar a mis ojos. En su lugar, mi mente comenzó a divagar, saltando inevitablemente del reencuentro con mi hermano hacia los dos grandes imanes de caos que últimamente competían por ocupar mis pensamientos: Axel y el recuerdo persistente de Corea.
Por un lado, la relación con Axel se había vuelto una montaña rusa de complicidad y peligro. Desde aquel episodio en la cocina donde cruzamos la línea prohibida bajo las narices de Noah, lo nuestro se había transformado en un juego de miradas cargadas de doble sentido, roces calculados y una química tan intensa que amenazaba con estallar en cualquier momento. A pesar de los celos de mi hermano y de la fachada de chico despreocupado que Axel siempre intentaba mantener, sabía perfectamente que él estaba tan atrapado en nuestra dinámica como yo.
Sin embargo, justo cuando mi mente comenzaba a recrear el tono de su voz susurrándome «reina», el teléfono sobre la mesita de noche parpadeó con una luz blanca, anunciando una notificación entrante.
Desbloqueé la pantalla sin prisa, esperando ver un mensaje de mis amigas o un saludo de buenas noches. Pero el remitente no tenía nombre ni número registrado; solo aparecía una marcación cifrada del extranjero.
Fruncí el ceño, intrigada, y abrí la notificación. La pantalla mostró un texto directo que hizo que se me detuviera el pulgar:
«Oye, cuídate mucho por favor y no andes sola por ahí. Hay gente imprudente moviéndose tras tus pasos en la ciudad y me daría algo si te llega a pasar un solo rasguño. Te estoy cubriendo las espaldas desde lejos, aunque suene a cliché. Por cierto, revisa el viejo encendedor plateado con grabado de ancla que dejaste olvidado en el muelle... lo guardé bien para devolvértelo algún día».
El corazón dio un vuelco en mi pecho.
Un calor extraño y reconfortante me recorrió de arriba abajo, disipando cualquier rastro de somnolencia. Mis ojos se abrieron con desmesurada incredulidad al reconocer el tono protector, sincero y totalmente desprovisto de cursilerías fingidas de aquel remitente.
Era el hombre de la capucha y los intensos ojos azules. El mismo misterioso desconocido que me había salvado la vida en aquel muelle en Corea, desaparecido sin dejar rastro, y que ahora, de manera inexplicable, me demostraba que seguía al pendiente de mí, dejándome una pista inconfundible para asegurarme de que realmente era él.