Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20: El juzgado cívico
—Sí. Soy yo.
—Su hijo está aquí con nosotros, licenciado. Está bien. Una riña en un establecimiento de Polanco. Necesitamos que venga.
—Voy para allá.
No despertó a don Chema. Se puso el pantalón de ayer, una camisa, el abrigo negro, y bajó al patio con las llaves ya en la mano. A la una y cinco salía de Chimalistac.
A la una y media estacionaba frente al Juzgado Cívico de la Miguel Hidalgo, un edificio de ventanillas y luz blanca que a esa hora olía a café recalentado y a desinfectante.
Adentro había dos bancas de metal, una frente a la otra, y en cada una un muchacho de veintitantos con la camisa rota.
Emilio tenía el ojo izquierdo hinchado, casi cerrado, morado en la orilla. El labio de abajo partido. Los nudillos de la mano derecha raspados hasta la carne.
Estaba encorvado, con los codos en las rodillas, y cuando vio entrar a su papá se enderezó de golpe, como si todavía tuviera doce años y lo hubieran cachado.
Enfrente, un muchacho de la misma edad se apretaba contra la nariz una servilleta de papel con el logo del Club Soberano. La nariz se le veía chueca. El pómulo izquierdo, inflado.
—Él empezó, güey —le decía a nadie, a la pared—. Yo ni toqué a la muchacha.
Uno de los policías de la SSC se acercó.
—¿Licenciado Aldama?
—Sí. Buenas noches.
Leonardo no fue al escritorio. Fue a la banca de su hijo. Se agachó frente a él y le vio el ojo de cerca.
—¿Te duele?
Emilio abrió la boca. La cerró. Asintió.
Leonardo se quitó el abrigo y se lo puso sobre los hombros. Luego le tomó la muñeca derecha, con cuidado, y le giró la mano hacia la luz para verle los nudillos. Raspados. Nada roto. Le soltó la mano despacio.
Detrás del escritorio, una mujer de unos cincuenta años con el pelo recogido y lentes de lectura lo observaba sin prisa. La jueza cívica.
—Buenas noches, jueza. —Leonardo se incorporó—. Si mi hijo pegó, mi hijo responde. Pero quiero saber por qué.
La jueza señaló con la pluma hacia la otra banca, donde, un poco apartados, estaban otros dos muchachos. Uno era Mateo Lindner. El otro, Poncho.
—Sus amigos estaban ahí. Que le cuenten.
Mateo se puso de pie con la rigidez de un alumno llamado al pizarrón.
—Buenas noches, señor. Es que… —Tragó saliva—. Emilio nos fue a buscar al Soberano. Nos quería pedir prestado.
—¿Cuánto?
—Trescientos mil.
Emilio clavó los ojos en el piso.
—Traía la tarjeta… o sea, la debía. La mitad era de Paola. Unas bolsas y unos… tratamientos. —Mateo se puso rojo—. Paola le dejó la tarjeta en ceros, señor.
—Cállate, Mateo —dijo Emilio.
—Neta que no le pudimos prestar, güey. —Mateo se volteó hacia él—. Mi papá firmó lo mismo que el tuyo el jueves. Todo pasa por la oficina. Poncho igual.
Poncho asintió sin levantar la vista.
—Y luego —siguió Mateo, más bajito— le conté lo que anda diciendo Sebas Sepúlveda. Que su papá… que usted se la pasó toda la subasta de la mano de una mujer.
Emilio levantó la cabeza.
—Ya te dije que no es cierto. Mi papá solo quiso a mi mamá.
Leonardo no movió la cara. Esperó a que Mateo siguiera.
—Ya íbamos de salida —dijo Mateo—. Y en el privado de al lado se oían gritos. Emilio se asomó. Mauricio tenía a la mesera agarrada de la muñeca. Le jaló el cuello del uniforme y le decía que le pagara la botella de tequila que se le cayó. Tres mil ochocientos. Ella estaba llorando.
En la otra banca, Mauricio Villaseñor bajó un momento la servilleta.
—Se le cayó a ella.
—Emilio pateó la puerta —siguió Mateo, sin voltear a verlo—. Y Mauricio le dijo… —Se detuvo.
—Dilo —dijo Leonardo.
Mateo miró a Emilio. Emilio no lo miró a él.
—Le dijo que su mamá era la hija de la sirvienta, que se embarazó para amarrar a su papá. Y que su papá ni era mayor de edad. —Mateo tragó otra vez—. Y luego: ni eres su hijo, güey.
Leonardo tenía en la mano derecha las llaves del carro. Las había traído apretadas desde la puerta. El pulgar se le detuvo en los dientes de una llave. Ahí se quedó un segundo.
No dijo nada. Se inclinó hacia Emilio y le subió el cuello del abrigo, que se le estaba resbalando de un hombro.
—Emilio le dijo que su papá era un exconvicto —continuó Mateo—. Y Mauricio le contestó que su papá les iba a comprar todo lo de ustedes pedazo por pedazo. Y ahí Emilio le barrió los pies y se le fue encima. Le gritaba: vuelve a decir algo de mis papás y te mato. Poncho y yo no lo podíamos quitar. Llegó seguridad del club y luego la patrulla.
—Eso fue lo que pasó —dijo Poncho. Fue lo único que dijo en toda la noche.
A la una y cuarenta se abrió la puerta.
Entró un hombre de abrigo gris y guantes de piel negros, bien peinado, como si viniera de una cena y no de la cama. Octavio Villaseñor. Miró el lugar con la tranquilidad de quien entra a una sala de juntas.
Fue directo a su hijo, le apartó el pelo de la frente con dos dedos enguantados y le vio la nariz.
—¿Te duele?
Mauricio negó con la cabeza, de mala gana.
Octavio se volvió hacia el escritorio con una sonrisa amable.
—Jueza, buenas noches. Octavio Villaseñor. Esto se arregla fácil. Cosas de muchachos.
Hasta entonces miró a Leonardo. No pareció sorprendido.
—Aldama.
—Octavio.
—Qué manera de volver a vernos.
—Tu hijo acosó a una mesera y ensució la memoria de la mamá de mi hijo. —Leonardo lo dijo en el mismo tono con que se lee un acta—. Qué mal lo educaste. Aunque, bueno, tú de cárceles sabes.
La sonrisa de Octavio no se movió. Solo se le endureció algo debajo.
—Lo que me pasó fue por tu familia. Y esa cuenta la voy a cobrar.
—Fue por ti.
La jueza dejó la pluma sobre el escritorio. Un ruido chiquito que alcanzó para que los dos se voltearan.
—Señores. —Se quitó los lentes—. Aquí lo que tengo es una riña. Es una falta administrativa, no un delito. Si alguno quiere presentar denuncia por lesiones, lo canalizo al Ministerio Público y esto se vuelve otra cosa. Si no, se paga una multa o se quedan aquí el arresto que les corresponda. ¿Alguien va a denunciar?
Octavio miró a la mesera, que estaba sentada en una silla junto a la puerta, con el uniforme todavía abierto del cuello y un suéter prestado encima. Luego miró a su hijo.
—Nosotros no.
—Nosotros tampoco —dijo Leonardo.
Emilio lo miró como si le hubieran quitado algo. Leonardo le puso una mano en la nuca, un segundo, y Emilio bajó la vista.
Pagaron. Cada uno en su ventanilla, cada uno su recibo. Mientras le sellaban el suyo, Leonardo sacó una tarjeta de la cartera y fue a la silla junto a la puerta. La mesera levantó la cara. Tenía los ojos hinchados y una marca roja en la muñeca.
—Si decide denunciar —le dijo, y le puso la tarjeta en la mano—, mi abogado la acompaña. Sin costo. Usted decide.
Ella cerró los dedos sobre la tarjeta. No dijo nada. Él no esperó a que dijera.
Al pasar, Leonardo vio a Mauricio de reojo.
El muchacho se quitó por fin la servilleta de la nariz, manchada de sangre, y en vez de tirarla al bote que tenía a un metro, la dobló en dos, y otra vez en dos, y se la guardó en el bolsillo interior del saco.
Leonardo lo registró como registraba todo. Una manía de niño rico. Ya estaba mirando otra cosa.
A las tres salieron a la banqueta. Hacía frío. Los policías se habían quedado adentro. Emilio caminó hacia el carro de su papá con el abrigo negro encima, arrastrando los pies.
Octavio se acercó por detrás mientras Mauricio esperaba junto a una camioneta.
—Siempre fuiste así —dijo en voz baja—. El muchacho decente. —Y le puso la mano abierta en el pecho y empujó.
Leonardo no se movió hacia atrás. Le tomó la muñeca en el aire, la giró apenas, lo justo para que el codo de Octavio quedara donde no le convenía, y se acercó hasta que quedaron a un palmo. No apretó más de lo necesario. No le hizo daño.
No hacía falta.
—Si tu hijo vuelve a tocar a alguien —le dijo, muy bajo—, no va a ser la multa.
Lo soltó.
Octavio se acomodó el guante, dedo por dedo. Sonrió.
—Mi hijo va a ser mejor que el tuyo.
Dio media vuelta y se fue hacia la camioneta. No miró atrás.
Junto al carro, Emilio había visto todo. Se estaba riendo, con el ojo bueno lleno de lágrimas, y se limpió la cara con la manga del abrigo de su papá.
Manejó Leonardo. Emilio iba en el asiento del copiloto, con la cabeza contra la ventana. Tardaron un rato en hablar.
—Pelear así no estuvo bien —dijo Leonardo en un semáforo de Horacio—. Pelear por eso no estuvo mal.
Emilio volteó a verlo.
Leonardo sacó el celular, abrió la aplicación del banco y en un minuto reactivó la tarjeta adicional. Se lo enseñó.
—No es para Paola.
—Ya sé. —Emilio se quedó mirando la pantalla—. Ya sé, pa.
Siguieron. Las calles de Polanco estaban vacías, los semáforos en amarillo.
—Le prometí a tu mamá y a tu Nana que te iba a cuidar —dijo Leonardo—. Fui muy duro contigo.
Emilio se tapó la cara con la mano raspada. Lloró sin ruido, como lloraba de niño cuando no quería que nadie supiera.
—¿Te vas a volver a casar? —preguntó, todavía con la mano en la cara.
Leonardo tardó en contestar.
—Tal vez.
—No te olvides de mi mamá.
Dos segundos. El carro se detuvo frente al edificio de Emilio.
—No me olvido de nadie.
Emilio asintió. Se bajó con el abrigo de su papá encima y no se lo regresó; Leonardo tampoco se lo pidió. El portero le abrió. Lo vio cruzar el lobby cojeando un poco y meterse al elevador.
Eran las cuatro menos veinte. Leonardo no arrancó.
Se quedó con las manos en el volante, en la calle vacía, pensando en una subasta, en una fila de sillas contra la pared, en unos dedos entre los suyos. En Sebastián contándolo en un bar. En Mateo contándoselo a su hijo.
Una mujer. Sin nombre, todavía.
Tenía que decírselo él. Antes de que se lo contara cualquier otro.