En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 4: Dos fantasmas nocturnos
Dorian sintió que la sangre se le congelaba en las venas. En su faro —el refugio que él mismo había levantado piedra por piedra esa misma noche en el corazón de su mente para aislarse del mundo— jamás había irrumpido una presencia viva.
Frente a él, a escasos cinco pasos de distancia, se encontraba una joven. Su cabello castaño caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, mecido por la brisa que colaba por una de las ventanillas entreabiertas. Vestía una túnica sencilla de color claro, y en sus ojos avellana no había ni rastro del horror, la conmiseración o la burla que Dorian estaba acostumbrado a recibir en la vida consciente. Había solo una fascinación pura y una pizca de temor.
Dorian se puso rígido, manteniendo la mitad izquierda de su rostro ligeramente inclinada hacia la penumbra por puro instinto de supervivencia, aunque en ese mundo no tuviera cicatriz alguna.
—¿Quién eres? —demando Dorian. Su voz sonó grave, rasposa por la falta de uso en el mundo real, resonando contra las paredes de granito.
Rosalie dio un paso cauteloso hacia adelante, observando detenidamente la figura del hombre. Vio a un joven de facciones increíblemente atractivas, una mandíbula firme y una mirada tan intensa que le hizo dar un vuelco al corazón.
—Me llamo Rosalie —contestó ella, intentando que su voz no temblara—. Este... este no es el lugar al que suelo venir cuando duermo. Pensé que estaba sola. ¿Cómo has entrado en mi sueño?
Dorian dejó escapar una risa corta y amarga. Se pasó una mano por el cabello oscuro, negando con la cabeza.
—¿En tu sueño? —replicó él con ironía—. Estás en mi mente, Rosalie. Yo construí este faro esta noche porque necesitaba escuchar el mar sin oír a los hombres. O tal vez... tal vez mi propia mente ha colapsado por completo y ha inventado una figura hermosa para consolar mi aislamiento. Da igual. Soy Dorian.
Se contemplaron en silencio durante varios segundos. El estruendo de las olas cayendo sobre las rocas abajo era el único sonido que llenaba el vacío entre ambos.
Para Dorian, la mujer que tenía enfrente era la creación más sublime y detallada que su subconsciente hubiese moldeado jamás. Podía ver el reflejo de la luz del faro en sus pupilas y la respiración agitada que hacía subir y bajar su pecho. Para Rosalie, Dorian era un enigma fascinante: un hombre de presencia imponente, voz cautivadora y un aura de soledad idéntica a la que a ella la consumía en el mundo despierto.
Ninguno de los dos hizo preguntas sobre apellidos, títulos nobiliarios, direcciones o familias. Para ambos, la regla no escrita de esa aparición era clara: el otro no era más que un fantasma perfecto, un espejismo detallado fruto del deseo desesperado de no estar solos en la noche.
El choque contra la realidad al despertar siempre se sentía como un impacto físico.
Dorian abrió su único ojo útil hacia la luz gris e inclemente del amanecer que se filtraba por las cortinas raídas de su dormitorio. Lo primero que hizo fue tocarse el rostro. Sus dedos entraron en contacto con la piel tirante, rugosa y deforme del pómulo izquierdo, y el vacío frío de la cuenca perdida le recordó instantáneamente dónde estaba.
Unos golpes secos sonaron en la puerta de madera pesada.
—Su desayuno está en la mesa de la entrada, señor —dijo la voz apresurada de una joven criada desde el pasillo.
Dorian escuchó los pasos rápidos de la mujer alejándose a toda prisa. Ni siquiera los sirvientes que cobraban un sueldo extra por atender la mansión aislada soportaban quedarse cerca de él más de tres segundos. Jamás lo miraban a los ojos; dejaban las bandejas y huían como si la fealdad de su rostro fuera una enfermedad contagiosa.
Dorian se incorporó en la cama, pasándose la mano por la cara y soltando un largo suspiro.
—Fue solo un sueño —se dijo en voz alta, escuchando el eco de su voz en la habitación vacía—. Un faro, la niebla... y una mujer llamada Rosalie. Mi mente se está volviendo loca de tanto encierro.
Mientras tanto, en la deslumbrante residencia Thorne, el amanecer traía consigo su propia forma de condena.
Rosalie soportaba en silencio los gritos despectivos de su madre en el tocador principal.
—¡Eres una inútil, Rosalie! —le espetó la mujer mientras le arrebataba el peine de marfil de las manos—. Te pedí que peinaras los tirabuzones de Clarissa con delicadeza. ¡Mira cómo has dejado el lado izquierdo! El vizconde llegará a las tres de la tarde y tu hermana debe lucir impecable. ¡Tú solo sirves para arruinar las cosas con esa actitud distraída!
Rosalie dio un paso atrás, manteniendo las manos cruzadas por delante de su vestido sobrio y bajando la cabeza.
—Lo siento, madre —murmuró mecánicamente.
—Mamá, no la regañes tanto —intervino Clarissa con una sonrisa burlona mientras se contemplaba en el espejo, acomodándose un broche de rubíes—. Ya sabes que Rosalie vive en las nubes. Por eso ningún caballero se molesta en mirarla dos veces. Es como un florero viejo.
Rosalie no respondió. No valía la pena defenderse. Pero bajo la superficie de su aparente sumisión, su mente estaba muy lejos de allí. Tenía grabado a fuego el recuerdo de la luz giratoria del faro, el olor a sal del océano y, por encima de todo, la mirada intensa de un hombre llamado Dorian.
Durante las interminables horas del día, ambos soportaron el peso de sus respectivas cadenas con un solo pensamiento fijo: que cayera la noche para descubrir si la magia volvería a repetirse.