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TU, MI HISTORIA INESPERADA

TU, MI HISTORIA INESPERADA

Status: Terminada
Genre:Grandes Curvas / Romance de oficina / Completas
Popularitas:22.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

NOVELA +18 ⚠️

Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.

Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

...JULIETA ÁLVAREZ...

Al marcar las seis en punto, cerré el último archivo con un suspiro de alivio. Me levanté del cubículo tratando de no cruzar mirada con Daniela, que todavía me lanzaba rayos X desde su lugar, y caminé a paso rápido hacia la salida.

Apenas crucé las puertas de cristal de la editorial y llegué al pasillo del edificio, un paso firme se adelantó al mío.

Alejandro me alcanzó sin romper el ritmo, estiró el brazo y, con una naturalidad que me dejó sin aire, entrelazó sus dedos con los míos.

—Hoy también seré tu chófer —dijo sin voltear a mirarme, tirando suavemente de mi mano para guiarme hacia el ascensor.

Me detuve en seco en medio del pasillo desierto y solté su agarre de golpe.

—Oye... deberíamos hablar —dije, cruzándome de brazos y mirando a todos lados para asegurarme de que no hubiera moros en la costa.

Alejandro se giró despacio, acomodándose el reloj con la calma de siempre. Asintió sin perder la compostura.

—Vamos a mi auto y de paso te llevo a tu casa —dijo, dando un paso hacia el ascensor—. Tampoco sé qué es lo raro, Julieta.

—¡Es que es muy raro todo esto! —protesté en un susurro neurótico, siguiéndole el paso—. Normalmente eres un témpano de hielo y ahora eres... menos frío. Me da desconfianza. Siento que en cualquier momento se te va a reiniciar el sistema y volverás a ser ese témpano de hielo.

Alejandro apretó el botón para llamar al elevador, metió las manos en los bolsillos del pantalón y se inclinó ligeramente hacia mi oído con una ceja alzada.

—No sé qué te sorprende tanto —murmuró con esa voz grave que me ponía la piel de gallina—Anoche nos vimos hasta el alma. Es más, estuve lo suficientemente dentro de ti como para que me pierdas el respeto, pero no para que te me asustes ahora.

—¡Baja la voz! —exclamé con las mejillas ardiendo como dos carbones, dándole un golpecito en el brazo mientras miraba aterrorizada a las puertas del elevador—. ¡No seas tan imprudente! De verdad, estoy empezando a extrañar al Alejandro serio y antipático.

Él no sonrió, pero esa chispa de burla en sus ojos me confirmó que estaba disfrutando cada segundo de mi sufrimiento.

—Aquel Alejandro no te llevaba malteada de mora —recordó con frialdad.

Las puertas del ascensor se abrieron y bajamos en silencio. Cruzamos el estacionamiento subterráneo hasta llegar al Jeep negro. Alejandro quitó el seguro con el control, me abrió la puerta del copiloto con elegancia y esperó a que subiera antes de rodear el auto y ponerse al volante.

Al cerrar las puertas, el sonido del exterior quedó bloqueado por completo. Nos quedamos a solas en la penumbra del vehículo, con el motor apagado y el aroma de su perfume envolviendo el ambiente.

Alejandro apoyó los brazos sobre el volante, se giró hacia mí y me clavó esa mirada indescifrable.

—Bien. Ya estamos en el auto —dijo en tono neutro—. Hablemos.

Me acomodé en el asiento, abrazando mi bolso contra el pecho como si fuera un escudo protector. El coche avanzaba despacio entre las luces del tráfico.

—A ver, Alejandro... —empecé, buscando las palabras exactas para no sonar como una loca paranoica—. Lo de anoche... fue increíble. De verdad. Pero hoy en la oficina sentí que estaba caminando sobre un campo minado. Tú actuando diferente en la editorial, el interrogatorio de Daniela sobre tu cambio de actitud, la malteada... Me da pánico que esto se vuelva incómodo o que terminemos arruinando la dinámica de trabajo. Yo necesito este empleo. Y tú... bueno, tú tienes una reputación de robot intocable que mantener.

Alejandro me observó unos segundos.

—No quiero volver a ser solo tu subalterna a la que le gritas por los márgenes —admití en voz baja, esbozando una sonrisa tímida—. Pero tampoco quiero ir a mil por hora. Mañana tengo la prueba del maldito vestido rosa pastel para la boda de mi hermana y mi cabeza está a punto de explotar.

Alejandro no interrumpió. Se limitó a escucharme con los codos apoyados en el volante, la cabeza ligeramente inclinada y esa mirada indescifrable que me ponía los nervios de punta.

—¿Terminaste? —preguntó cuando me quedé sin aire.

—Sí. Creo que sí.

Alejandro dejó ir un largo suspiro y metió el cambio para avanzar un par de calles.

—Primero: Daniela siempre tiene teorías conspirativas, con o sin razones reales, así que no te martirices por ella —dijo con la vista fija en el camino—. Segundo: no soy un autómata, Julieta. Si te trate diferente es porque me pareció absurdo seguir fingiendo una distancia ridícula después de lo que compartimos. Y tercero... no me arrepiento de absolutamente nada de lo que pasó anoche.

Mi corazón dio un vuelco idiota contra mis costillas.

—¿No? —pregunté en un hilo de voz, mirándolo de perfil.

—No —sentenció con firmeza, manteniendo los ojos en el camino—. Tampoco pretendo presionarte. Sé que vienes saliendo de una relación tóxica y extraña de diez años con un imbécil que te tuvo escondida como un secreto sucio. Yo no voy a jugar a eso. Si vamos a explorar qué es esto que pasa entre los dos, será de frente. Y si prefieres que volvamos a ser estrictamente compañeros de trabajo... me lo dices ahora y no se vuelve a hablar del tema. Si prefieres que vayamos paso a paso, nos tomaremos el tiempo que necesites.

Notó mi leve gesto de incomodidad y la duda reflejada en mi rostro. Alejandro detuvo la camioneta en un semáforo en rojo, se giró hacia mí y suavizó la mirada.

—¿Qué te parece si mañana paso por ti, después del ensayo de boda de tu hermana? —propuso con esa voz grave que me ponía la piel de gallina—. Te invito a cenar para desestresarte. ¿Te gustaría?

De pronto, la idea de enfrentar el vestido rosa pastel y las preguntas de mi madre con Alejandro al lado no sonaba nada mal. Era un avance enorme para un hombre que mantenía al mundo a dos metros de distancia.

Lo miré a los ojos, sintiendo un calorcito adictivo en el estómago.

—Me encantaría... —susurré, y luego sonreí con una chispa de picardía que me salió del alma—.Pero, oye... ¿nos podemos desviar a tu departamento? Ya sabes, para repasar el itinerario de mañana con calma.

Alejandro soltó una risa baja. Se llevó una mano al cabello, pasándoselo hacia atrás en un movimiento lento y ridículamente sexy que me hizo tragar saliva.

Se le dibujó una sonrisa abierta en los labios, dejando al descubierto esa faceta seductora que no sabía que me volvía loca.

—No hay ningún problema —dijo con voz rasposa, girando el volante de golpe para cambiar de carril—. Tus deseos son órdenes.

En cuanto el Jeep se estacionó en el subterráneo, ni siquiera esperamos a llegar al elevador con la paciencia de dos adultos civilizados.

Apenas Alejandro giró la llave, empujó la puerta de su departamento y el chasquido del seguro resonó en el pasillo, el control se fue directo por la ventana.

Alejandro me agarró de la cintura, me levantó un par de centímetros del suelo y me estampó de espaldas contra la pared de la entrada con una firmeza que me dejó sin aliento.

El bolso de la oficina cayó al piso con un golpe sordo, pero a ninguno de los dos le importó lo más mínimo.

—Tenías esto planeado desde que subiste al auto, ¿verdad, pajarito? —murmuró contra mi cuello, con la voz tan grave y rasposa que me erizó hasta el último vello de la piel.

—Te dije que quería repasar el itinerario, Santana... —respiré con dificultad, enredando mis dedos en su cabello negro para pegarlo más a mí—. Pero parece que tú te me adelantaste.

—A mí no me engañas, Julieta —sentenció, subiendo la mirada para clavar sus ojos en los míos, brillantes por la necesidad—. Viniste a buscar exactamente esto.

Y sin darme margen para responder, atrapó mis labios en un beso hambriento, denso y posesivo que disolvió cualquier rastro de la jornada laboral.

Una de sus manos subió firmemente por mi espalda para sostener mi nuca, mientras la otra se colaba por debajo de mi blusa, buscando la piel tibia de mi cintura.

Con la respiración entrecortada y la blusa colgando apenas de mis hombros, sentí las manos de Alejandro deslizándose hacia el broche de mi falda.

Las luces de la entrada estaban apagadas, pero la penumbra de la sala aún dejaba entrever las siluetas de nuestros cuerpos.

Cuando estiró el brazo hacia el interruptor de la pared para encender la luz principal, la reacción me salió del cuerpo por instinto.

—No... no prendas la luz, por favor —le dije, deteniéndole la muñeca con fuerza.

Alejandro se congeló a milímetros del interruptor. Encorvó un poco las cejas y me miró a través de la penumbra.

—¿Por qué no?

—Así... así a oscuras está mejor —murmuré, bajando la mirada.

El nudo de inseguridad que llevaba años arrastrando se me apretó en la garganta. La luz completa significaba que vería cada detalle: los defectos que durante diez años Roberto se encargó de señalar indirectamente con comentarios pasivo-agresivos.

La valentía de estar con el otra vez, se me desmoronó un poquito ante la perspectiva de quedar totalmente expuesta.

Alejandro se quedó en silencio un segundo. Soltó el interruptor y acortó la distancia entre los dos, tomándome suavemente de las caderas.

—Julieta... ayer te vi —dijo en tono tranquilo, firme—. No hay absolutamente ningún problema.

—No es tan fácil, Alejandro —susurré, encogiéndome de hombros y sujetando la tela de mi ropa sobre mi pecho—. Tengo... marcas, no tengo el cuerpo perfecto de revista y... simplemente me da vergüenza.

Alejandro exhaló un suspiro hondo, pero esta vez no había irritación en su gesto. Con una delicadeza que destruía por completo su fachada de hombre frío, acunó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con extrema ternura.

—Escúchame bien —murmuró, obligándome a sostenerle la mirada—. Eres preciosa. Cada centímetro de ti. Lo que pasó anoche no fue solo un accidente por el alcohol, Julieta. Eres una mujer increíblemente hermosa y me vuelves loco. No necesitas ocultarte de mí.

Una lágrima rebelde se me escapó por la mejilla, y Alejandro la atrapó de inmediato con la yema de su pulgar, limpiándola con una suavidad casi devota.

—Hey... no llores —susurró cerca de mis labios, regalándome una mirada tan intensa y dulce que me dejó sin aliento.

No pude aguantar más. Me estiré hacia él y lo besé con una entrega absoluta. Alejandro respondió al beso con firmeza, levantándome en brazos sin romper el contacto mientras yo enredaba mis piernas alrededor de su cintura.

Nos trasladamos a la recámara a tientas, entre besos desesperados y prendas que terminaron de volar al suelo.

Caímos sobre el colchón de la cama principal. Él se separó unos centímetros, estiró el brazo hacia el cajón de la mesa de noche y sacó un preservativo. Tras colocárselo sin perder el ritmo, volvió a posicionarse entre mis piernas, cubriendo mi cuerpo con el suyo.

Descendió a besos por mi cuello, rozó sus labios por mi clavícula y bajó lentamente por mi abdomen, usando la punta de la lengua y pequeñas mordidas leves que me hicieron arquear la espalda contra el colchón. Sus manos recorrían mis muslos, mis caderas y mi cintura, apretándome.

—Alejandro... por favor... —supliqué entre dientes, soltando gemidos agudos y desordenados.

Estaba desesperada. Sentía un vacío ardiente en el vientre y una necesidad casi dolorosa de sentir la firmeza de Alejandro dentro de mí, de perderme por completo en la intensidad que solo él sabía provocarme.

Él se elevó sobre mí, apoyándose en sus brazos, mirándome desde arriba con una sonrisa pícara al escuchar mi súplica.

—¿Qué quieres, pajarito? —provocó con voz rasposa, rozando apenas su centro contra el mío.

—A ti —gemí, clavando las uñas en sus hombros anchos—. Te quiero a ti ahora mismo.

Alejandro soltó una sonrisa baja, llena de satisfacción al escuchar mi súplica.

—Tus deseos son órdenes —murmuró contra mi boca.

Se posicionó con lentitud y, de un solo impulso firme y fluido, se hundió en mí por completo.

El impacto de volver a sentirlo me sacó un gemido agudo que quedó ahogado contra sus labios.

El contraste de su cuerpo grande y cálido, la firmeza de su agarre en mis caderas y la cadencia pausada pero implacable con la que empezó a moverse borraron cualquier pensamiento racional de mi cabeza.

—Mírame, Julieta —ordenó.

Abrí los ojos a duras penas. El me miraba fijamente, sin perderse un solo matiz de mi placer, apretando su agarre en mis caderas mientras aumentaba el ritmo.

Cada embestida era profunda, precisa y ridículamente placentera, marcando un compás que me hacía arquear la espalda contra las sábanas una y otra vez.

Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos mientras la tensión en mi vientre se acumulaba a una velocidad espeluznante. Alejandro cambió el ángulo, aumentando la intensidad, y mi respiración se volvió un desastre de jadeos desordenados.

—Alejandro... me voy a... —balbuceé, incapaz de articular una frase completa.

—Hazlo —susurró cerca de mi oído, dándome un beso hambriento en el cuello.

El espasmo del orgasmo me recorrió de pies a cabeza con una fuerza aplastante, contrayendo todo mi cuerpo alrededor del suyo. Alejandro soltó un gruñido grave desde el fondo de su pecho y apuró el ritmo unos segundos más, entregándose al mismo abismo hasta terminar con una última embestida profunda.

Se dejó caer sobre mí con cuidado de no aplastarme por completo, escondiendo su rostro en el hueco de mi cuello mientras ambos intentábamos recuperar el aliento.

El silencio de la recámara solo era interrumpido por los latidos acelerados de nuestros pechos colisionando juntos.

Alejandro me dio un beso suave en la mejilla, rozó su nariz contra la mía y se acomodó a mi lado, jalándome de la cintura para pegarme a su torso desnudo antes de cubrirnos a ambos con la sábana.

—Mañana vas a estar demasiado cansada para la prueba del vestido —murmuró con la voz rasposa, acariciándome el cabello con una lentitud adictiva.

Sonreí adormilada, apoyando la cabeza en su pecho y escuchando el ritmo firme de su corazón.

—Vale totalmente la pena... totalmente la pena.

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Yiyita Calderón
Así es,una pena porque todo éso es pasajero,llegamos desnudos al mundo y nos vamos con lo puesto.😔
Yiyita Calderón
la corroe la envidia 🪱
Yiyita Calderón
yo creo que lo está ayudando la 🪱 a morir 😥
Yiyita Calderón
Qué problemón! no puede hacer mucho,así sin esas cosas,se imponen 😢
Yiyita Calderón
😱😱😱😥😥😥
Yiyita Calderón
Nooo que coraje,xq con todas esas personas que se creen superiores y los discriminan,xq él! escritora plis!
Yiyita Calderón
Así se hace! qué se cree? una vida siendo su juguete 😡
Yiyita Calderón
me encanta esta historia !
Yiyita Calderón
bueno,y dónde quedó el tipejo abusador🤔🤔🤔
Yiyita Calderón
Queeeee,pero cómooo???? ya es humanoide posesivo 😱😜
Yiyita Calderón
ése robot ya tiene su expediente 😜
Yiyita Calderón
si jajaja ojalá esté bien programado 👌🏽😜
Yiyita Calderón
Wooou !!! 😱 se pone interesante! acaso se derrite???
Yiyita Calderón
jajajaja éso est bien...Robocop 😐
Yiyita Calderón
vaya vaya,dolo patetica ?😐
Yiyita Calderón
Quéeee diez años!!!😱 pero por favor,te harás anciana sin una vida vivida como debe ser 🥺😥😡
Daniela
super hermosa gracias ❤️
Dany2
gracias por la historia ☺️
Liliana Torres
🥳🥳🥳🥳🥳😍😍😍 Que viva el amor
Ana Elena Jiménez
gracias @yazzGarcia por crear tan hermosa historia 🫶🫶🫶
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