Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 14: Fricción en el asfalto
A la una de la madrugada, el habitáculo del Maserati Quattroporte que cruzaba los bulevares vacíos de Milán era una cámara de descompresión a punto de reventar.
La mampara divisoria de cristal negro estaba alzada, aislando al chófer del asiento trasero. Matteo Castelli no se había quitado la pajarita ni la americana de terciopelo, pero los botones de su chaleco estaban desabrochados y respiraba con la cadencia pesada de un boxeador entre asaltos. Tenía una pierna cruzada sobre la otra, el codo apoyado en el reposabrazos central y los ojos avellana fijos en Gabriela con una fijeza asesina.
Gabriela permanecía sentada en su rincón, con la espalda perfectamente recta contra el cuero perforado, el bolso de mano sobre los muslos y las piernas enfundadas en el pantalón de esmoquin cruzadas por los tobillos. No se había aflojado la corbata de seda negra ni se había quitado las gafas de montura de carey. Miraba las luces de neón parpadear a través de la ventanilla como si estuviera a bordo de un autobús de línea.
—¿El veintiocho por ciento? —soltó Matteo, y su voz no fue un grito, sino un gruñido cavernoso que vibró en la madera del salpicadero—. ¿Me distrajo en mitad de la pista de baile para que Thomas Davenport le arrebatara a mi división los derechos exclusivos de imagen de los motores de turbina?
Gabriela no giró la cabeza de inmediato. Esperó tres segundos exactos antes de mirarlo:
—Señor Castelli, si usted hubiera dedicado diez minutos a leer la propuesta inicial de Hayes Global en lugar de ensayar miradas intimidantes frente al espejo, sabría que la cláusula de exclusividad que su padre redactó en Chicago exponía a Castelli Automotive a tres demandas por prácticas monopolísticas ante la Comisión Europea de la Competencia.
Matteo soltó una carcajada áspera, desprovista de humor, inclinándose de golpe hacia ella hasta que la anchura de sus hombros ocupó casi todo su campo visual:
—¡No me dé lecciones de derecho mercantil, Novak! ¡Esa división es mía! Yo negocié el desarrollo de las cámaras de combustión.
—Y yo negocié la enmienda técnica que Davenport firmó mientras usted intentaba pisarme los pies al compás de Chaikovski —replicó ella sin mover una pestaña, bajando el tono a un susurro gélido—. Hayes Global asume el ochenta por ciento de los costos de litigación en caso de contingencia regulatoria en Bruselas y le garantiza a su escudería una regalía fija del quince por ciento sobre cada unidad vendida fuera del bloque comunitario. Le acabo de asegurar doce millones de euros limpios para el presupuesto de carreras del año que viene sin que su departamento legal tenga que mover un dedo.
Matteo se quedó con la boca entreabierta. La furia en sus ojos titubeó por un instante, reemplazada por el shock del cálculo numérico:
—¿Doce millones?
—Doce millones cuatrocientos mil, para ser exactos —corrigió Gabriela, ajustándose las gafas con un movimiento mecánico—. Pero supongo que para un hombre que prefiere el dramatismo territorial a la rentabilidad neta, proteger el balance de su propia empresa se siente como una ofensa personal. Debería agradecerme que no lo dejé hacer el ridículo frente a su padre.
Matteo apoyó la palma de la mano sobre el cuero del asiento, a escasos dos centímetros del muslo de ella. La distancia se redujo a la nada: el calor de su cuerpo era una masa invasiva, cargada del aroma a cedro, licor seco y una testosterona que parecía reclamar cada centímetro cúbico de aire.
—No vuelva a tocarme en una pista de baile para cubrir una jugada corporativa, Gabriela —susurró él, y el uso de su nombre volvió a rasparle los sentidos con una vibración oscura—. No juegue conmigo a ver quién tiene reflejos más rápidos. Porque en esa pista no fue Davenport quien marcó el ritmo. Fuimos usted y yo. Y le aseguro que su pulso no estaba en setenta pulsaciones por minuto cuando mi mano bajó por su cintura.
Gabriela sintió una descarga eléctrica bajándole por el estómago, pero sus pupilas no se dilataron.
Ladeó el rostro apenas una fracción, sosteniéndole la mirada con una serenidad despiadada:
—Mi pulso sube cuando detecto un peligro de colisión inminente, señor Castelli. Se llama reflejo de supervivencia. Tratar con usted es como esquivar un camión sin frenos en una curva ciega: requiere concentración, no romance. Ahora, si me hace el favor de retirar su brazo... el chófer acaba de frenar frente a mi portal.
El coche se detuvo suavemente junto a la acera de Vía San Vittore.
Matteo no apartó la mano de inmediato. Sostuvo la mirada verde que ardía detrás del carey durante dos segundos interminables, devorando la curva de su mandíbula y esa piel blanca que olía a almendras amargas, antes de recostarse en su asiento con una sonrisa peligrosa:
—El lunes a las ocho en punto, Novak. Y tráigame el desglose de esos doce millones. Si falta un solo céntimo, la haré auditar las facturas del túnel de viento hasta el amanecer.
—El desglose ya está en su correo desde las diez y media de la noche, señor Castelli —sentenció ella, abriendo la puerta del Maserati antes de que el chófer pudiera rodear el vehículo—. Buenas noches. Intente no soñar con la Comisión Europea.
Gabriela descendió a la acera con una soltura impecable, cerró la puerta de un golpe seco y cruzó el portal de madera sin mirar atrás una sola vez.
Matteo bajó la ventanilla un par de centímetros, viéndola desaparecer tras la cancela de hierro. Respiró el aire húmedo de la madrugada, pasándose una mano por el cabello desordenado mientras su pecho subía y bajaba con una violencia que ningún Gran Premio le había provocado jamás.
—Doce millones... —masculló entre dientes, soltando una risa ahogada y furiosa en la penumbra del coche—. Maldita sea su estampa.
En el apartamento del tercer piso, Gabriela cerró la puerta con dos vueltas de llave y soltó el bolso de mano sobre la consola de la entrada.
Se apoyó contra la madera, exhalando una bocanada de aire caliente que parecía haber tenido retenida durante horas. Se quitó las gafas de carey con un gesto brusco, arrojándolas sobre la mesa, y comenzó a desabotonarse la chaqueta del esmoquin con dedos firmes pero acelerados.
El teléfono en su bolsillo vibró con una llamada de audio cifrado. Gabriela descolgó mientras se quitaba la corbata de seda:
—Dime que estuviste monitoreando la transmisión del salón.
—¡Lo vi todo en alta definición por las cámaras de seguridad del Visconti! —chilló Chloe Bennett desde el otro lado, con el sonido de fondo de un teclado mecánico—. ¡Gaby, ese hombre casi te devora viva en mitad del vals! Si la mirada de Matteo Castelli fuera un láser térmico, tu esmoquin se habría desintegrado en el compás dos.
Gabriela caminó descalza hacia la cocina, sirviéndose un vaso de agua del grifo:
—Estaba furioso porque Davenport no le avisó de la cláusula. Intentó intimidarme usando su peso habitual de macho alfa. Nada nuevo.
—¿Nada nuevo? —se burló Chloe—. Gaby, te tomó de la cintura con una mano y te clavó los ojos como si fueras el trofeo del Gran Premio de Mónaco. Y tú... por favor, no me mientas. Vi cómo rotaste la cadera en el tercer giro. No bailas así con un tipo a menos que la fricción te esté encendiendo los fusibles.
Gabriela bebió el agua de un trago, sintiendo cómo el calor del cuerpo de Matteo todavía parecía flotar sobre su piel a través de la tela de la camisa:
—Castelli es un arrogante incorregible con un ego del tamaño de la torre Pirelli, Chloe. No voy a perder la cabeza por un piloto que despide secretarias por deporte y que cree que las mujeres no sabemos distinguir un árbol de levas de una barra de labios.
—Pues ese piloto tiene a Christian Vance comiéndose las uñas con la apuesta de Horizonte —recordó Chloe en tono cantarín—. Vance llamó a su ingeniero de pista a la medianoche diciendo que Matteo estaba «completamente desorientado por la bibliotecaria de Chicago». Estás ganando por goleada, pero estás jugando con fuego muy cerca del tanque de combustible.
Gabriela dejó el vaso en el fregadero, mirando por la ventana hacia el cielo plomizo de Milán:
—Necesito salir, Chloe.
—¿A las dos de la mañana?
—Si no quemo esta adrenalina en el asfalto, no voy a poder pegar un ojo en toda la noche. Nos vemos en el taller de Navigli en quince minutos.
A las dos y veinte de la madrugada, las compuertas metálicas de un antiguo almacén de herramientas junto a los canales de Navigli se abrieron con un chirrido sordo.
Gabriela emergió a bordo de la Ducati Panigale V4 SP2.
Ya no quedaba el menor rastro de la señorita Novak: vestía un mono de cuero negro mate ajustado como una segunda piel, con protecciones de titanio en hombros y codos, botas de competición de caña alta y un casco integral de fibra de carbono con visera de espejo ahumado que ocultaba sus facciones por completo.
Golpeó la palanca con el empeine, engranó primera y aceleró con suavidad hacia la Tangenziale Ovest.
En cuanto los neumáticos alcanzaron la temperatura óptima sobre el asfalto frío, Gabriela abrió gas a fondo.
El aullido del motor Desmosedici Stradale desgarró la noche con una furia metálica que hizo vibrar el aire húmedo. Doscientos catorce caballos de fuerza catapultaron la moto hacia adelante con una aceleración salvaje que le aplastó el pecho contra el depósito: cien, ciento ochenta, doscientos cuarenta kilómetros por hora en una recta interminable entre las naves industriales del cinturón norte.
Inclinó el chasis en un enlace rápido hacia la carretera perimetral del parque de Monza, rozando los bordillos con la deslizadera de la rodilla a más de ciento sesenta por hora. Cada cambio de marcha sin embrague, cada frenada al límite de la adherencia borraba la imagen de Matteo Castelli en el Visconti, el roce de sus dedos en su espalda y la presión de su voz cavernosa en el coche.
A lo lejos, en una curva amplia que bordeaba los talleres privados de la escudería Castelli, una hilera de luces halógenas iluminaba el asfalto exterior.
Gabriela vio un vehículo detenido en el arcén: un deportivo negro con las luces de posición encendidas y el capó abierto.
Junto a la máquina, apoyado contra la aleta delantera con los brazos cruzados y una chaqueta técnica oscura, estaba Matteo.
Gabriela no frenó.
Su primer instinto fue cortar gas y dar media vuelta, pero el orgullo de la piloto de carreras se negó a ceder. Redujo dos marchas con un doble golpe de gas ensordecedor que hizo retumbar los muros de la nave, trazó la curva amplia a escasos tres metros del arcén donde él permanecía de pie, inclinando la Ducati en un ángulo demencial de cincuenta grados mientras su rodillera de titanio arrancaba una lluvia de chispas brillantes contra el pavimento.
Matteo levantó la cabeza de golpe.
La estela negra pasó frente a sus narices como un proyectil guiado, dejando tras de sí un vendaval de aire caliente, olor a goma quemada y el aullido agudo de las catorce mil revoluciones perdiéndose en la recta hacia el circuito.
El italiano se quedó petrificado en la oscuridad, con los ojos avellana desorbitados y el pulso disparado a doscientos latidos por minuto.
Había visto la trazada. Había visto la perfección milimétrica con la que esa moto había entrado en el vértice sin vacilar un solo milímetro sobre el asfalto helado.
Matteo dio un paso hacia el centro de la carretera vacía, mirando hacia el punto donde las luces traseras rojas de la Ducati acababan de evaporarse en la niebla.
—¿Quién demonios eres...? —susurró para sí mismo en la noche fría, sintiendo una punzada extraña, eléctrica y casi instintiva en la base de la nuca, sin saber que el demonio que acababa de desafiar la gravedad frente a sus ojos era la misma mujer que el lunes por la mañana volvería a servirle café de avena en su escritorio.