Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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La crueldad humana
El salón olía a café recién hecho y a dinero. Muchísimo dinero. Carlos Santiesteban permanecía hundido en el sillón de cuero, las manos entrelazadas sobre las rodillas. Había pasado demasiado tiempo contando aquella historia, sin embargo, ahora que tenía que pronunciarla otra vez en voz alta, parecía no encontrar una forma sencilla de empezar. Noelia permanecía frente a él, en silencio. Sus dedos rodeaban una taza de café que ya se había enfriado.
-Usted me pidió que le contara la verdad sobre Andrés para tal vez ayudarlo. -dijo finalmente. -Pero para entender en qué se convirtió mi hijo hay que regresar al principio. Mucho antes de que llegáramos al valle. -Noelia levantó la mirada.
-Cuénteme. -Carlos respiró hondo.
-Andrés tenía trece años. Era popular, buen estudiante, deportista... ya sabe cómo son esas cosas a esa edad. Tenía amigos, salía. Se preocupaba por tonterías propias de cualquier adolescente. No era especialmente cruel ni especialmente bondadoso. Era simplemente un chico de trece años que creía que el mundo era bastante más sencillo de lo que realmente es. -hizo una pausa. -Y entonces apareció Ernesto. -Noelia frunció ligeramente el ceño.
-¿Era un amigo suyo?
-No. Ese es precisamente el problema. Ni siquiera cruzaban saludos. -Carlos apoyó los codos en los brazos del sillón. -Ernesto se obsesionó con Andrés. Nadie sabe exactamente cuándo empezó, ni qué lo detonó. Quizá fue un enamoramiento. Quizá fue algo más enfermizo desde el principio. Lo cierto es que comenzó a construir una fantasía alrededor de mi hijo.
-¿Qué clase de fantasía?
-Que estaban juntos. Qué eran pareja. -Noelia guardó silencio. -Ernesto empezó a contarle a otros estudiantes que Andrés y él mantenían una relación secreta. Una relación prohibida. Decía que Andrés no quería reconocerla públicamente porque tenía miedo de lo que los demás pudieran pensar. -Carlos soltó una risa seca, sin humor. -Lo absurdo era que Andrés apenas sabía quién era Ernesto. Había coincidido con él en un par de ocasiones, nada más. Nunca habían salido. Nunca habían tenido una relación. Nunca hubo una conversación íntima entre ellos.
-Pero la gente le creyó.
-Al principio, algunos. Luego fueron suficientes. -la voz de Carlos se endureció. -Ernesto sabía cómo contar la historia. Siempre añadía algún detalle nuevo. Decía que Andrés lo buscaba a escondidas, que le había prometido que algún día podrían estar juntos, que delante de los demás fingía despreciarlo porque era demasiado cobarde para admitir lo que sentía. -Noelia dejó lentamente la taza sobre el mantel.
-¿Y Andrés no sabía nada?
-Absolutamente nada. -Carlos cerró los ojos durante un instante. -Hasta aquella mañana en la cafetería. El lugar estaba abarrotado. Era la hora del descanso y prácticamente todo el colegio parecía haberse concentrado allí. Andrés estaba sentado con varios compañeros cuando una chica se acercó a su mesa. No le preguntó nada. No le dio oportunidad de responder. Simplemente comenzó a insultarlo. Lo llamó cobarde. Mentiroso. Enfermo. Le gritó que era repugnante esconderse detrás de una fachada de chico perfecto mientras utilizaba a Ernesto y fingía no conocerlo delante de los demás. Andrés no entendía absolutamente nada. Preguntó de qué estaba hablando. La respuesta fue otra oleada de insultos. En cuestión de minutos, la cafetería entera conocía la historia. O, al menos, la versión de Ernesto.
-Imagino que aquello terminó en dirección. -dijo Noelia. -Carlos asintió.
-Terminó en la dirección, con profesores, orientadores y padres involucrados y allí Ernesto tuvo que admitir la verdad.
-¿La admitió?
-Sí. -Carlos pareció mostrar algo parecido al alivio. -Reconoció que había inventado la relación. Que Andrés nunca había sido su novio. Que todas aquellas historias eran falsas.
-Entonces todo terminó.
-Eso creyó Andrés y también nosotros. -Carlos bajó la mirada. -Incluso la escuela le exigió a Ernesto que se disculpara públicamente y aclarara ante los demás estudiantes que había mentido. Lo hizo. Para Andrés, aquello fue suficiente. Pensó que el asunto había terminado. Se equivocaba. Dos semanas después, Ernesto esperó a Andrés a la salida de clases. Le dijo que no podía vivir sin él. Le exigió que aceptara salir con él. Andrés se negó. Ernesto amenazó con lanzarse desde la azotea si no cambiaba de opinión.
-¿Andrés creyó que hablaba en serio?
-No. -Carlos negó lentamente con la cabeza. -Nadie creyó que lo hiciera, pero Ernesto subió. La escuela entera se paralizó. Los profesores intentaron convencerlo de que bajara. Llegaron los servicios de emergencia. Algunos estudiantes lloraban. Otros grababan con sus teléfonos y después de un largo rato, Ernesto finalmente saltó. Sobrevivió.
-Tuvo suerte. -dijo Noelia.
-Tuvo una luxación. Fue hospitalizado. También quedó bajo atención psiquiátrica, pero para entonces ya había ocurrido algo que nadie pudo deshacer. -Carlos se pasó una mano por el rostro. -La escuela se dividió. Los que consideraban que Ernesto necesitaba ayuda comenzaron a defenderlo. Los demás comenzaron a mirar a Andrés de otra manera.
-¿Por qué?
-Porque alguien tenía que ser culpable. -la respuesta salió de Carlos con una amargura antigua. -Empezaron a decir que Andrés era insensible. Frío. Snob. Homofóbico. Que si hubiera sido una persona decente habría aceptado salir con Ernesto para evitar que se hiciera daño. -Noelia apretó los labios.
-Eso es absurdo.
-Por supuesto que lo era, pero dígaselo a un adolescente de trece años que entra a clase y descubre que la mitad de sus compañeros lo consideran responsable de que otro chico haya intentado suicidarse. El acoso comenzó poco después. Primero fueron los comentarios. Luego las notas. Finalmente comenzaron a desaparecer sus cosas.
-¿Y las encontraba? -Carlos asintió.
-En el inodoro. -Noelia hizo una mueca. -Cada vez era peor. Sus cuadernos. Sus zapatillas. La ropa que dejaba en el vestuario. Una vez destrozaron su teléfono. -Carlos hizo una pausa. -Andrés dejó de denunciarlo.
-¿Por qué?
-Porque cada vez que lo hacía, alguien decía que estaba exagerando. O que se lo había buscado. O que debería aprender a tolerar las consecuencias de haber rechazado al pobre Ernesto. -la mandíbula del hombre se tensó. -Hasta que un día lo golpearon. -Noelia no dijo nada. -Lo encontraron en un pasillo. Tenía varios golpes y una fractura menor. Pasó unos días en el hospital. -Carlos respiró lentamente. -Cuando salió, me dijo que no quería volver.
-¿Y usted lo cambió de colegio?
-Sí, a uno privado. -esta vez, el silencio fue largo. -Pensamos que con eso bastaría. Nueva escuela. Nueva ciudad. Nuevos compañeros. Nadie conocía la historia. Nadie sabía quién era Ernesto. -Carlos miró hacia la ventana. -Pero Ernesto sí. -Noelia comprendió antes de que él continuara.
-¿Cómo encontró la dirección?
-Nunca lo supimos. -el rostro de Carlos se ensombreció. -No sabemos quién le dijo dónde estudiaba Andrés. No sabemos cómo consiguió la información. Solo sabemos que apareció. Esta vez no hubo advertencia. El patio estaba lleno cuando comenzaron a caer las octavillas. Hojas de papel que el viento arrastró por el suelo contra las piernas de los estudiantes. En ellas estaba escrita la misma historia de siempre. El supuesto romance. El supuesto abandono. Las supuestas promesas de Andrés y al final, una acusación directa. Andrés Santiesteban había utilizado a Ernesto. Andrés Santiesteban lo había abandonado. Andrés Santiesteban era responsable de su sufrimiento. Ernesto volvió a subir a la azotea y volvió a decir que saltaría si Andrés no aceptaba salir con él. Esta vez Andrés no respondió. No podía. No quería. No sabía siquiera qué podía hacer y Ernesto saltó.
Carlos dejó de hablar. El reloj de la pared continuó marcando los segundos. Noelia esperó.
-Andrés estaba en el patio -continuó finalmente, con la voz mucho más baja. -No podía apartarse. No podía cerrar los ojos. Había demasiada gente alrededor. Vio cómo Ernesto caía. -el hombre tragó saliva. -Esa vez no sobrevivió. -Noelia bajó la mirada. Carlos permaneció inmóvil durante varios segundos. -Mi hijo tenía trece años. -aquella frase pareció pesar más que todo lo demás. -Trece años y acababa de ver morir a un muchacho que llevaba meses acosándolo. Un muchacho al que había rechazado una y otra vez no por prejuicios, sino por pavor. Un muchacho que había construido una mentira alrededor de él y después había conseguido que todo el mundo lo responsabilizara de su propia desesperación. -Carlos se inclinó hacia delante. -Andrés estaba traumatizado, pero también estaba furioso.
-¿Furioso con Ernesto?
-Con Ernesto. Con las escuelas. Con sus compañeros. Con nosotros. Con el mundo entero. -hizo una pausa. -Y consigo mismo. Porque, aunque racionalmente sabía que no había provocado aquella muerte, una parte de él comenzó a preguntarse si las cosas habrían sido diferentes de haber respondido de otra manera. Si hubiera sido más amable. Si hubiera aceptado hablar. Si hubiera cedido. Si hubiera hecho cualquier cosa distinta. Ese fue el principio del problema. Andrés empezó a relacionar cualquier muestra de afecto o amabilidad con aquella historia. Con las mentiras. Con la humillación. Con el acoso. Con la muerte. -Noelia lo observaba atentamente.
-Y desarrolló odio.
-Sí. -Carlos no intentó suavizar las palabras. -Odio hacia todo aquello que pudiera volverlo vulnerable y con el tiempo, ese odio adquirió una forma concreta. Se convirtió en homofobia. -la expresión de Noelia se endureció.
-Eso no lo justifica.
-Nunca he dicho que lo haga. -Carlos sostuvo su mirada. -Andrés fue víctima de algo terrible, pero después convirtió su dolor en una excusa para hacer daño a otras personas. Lo sé. Él también lo sabe, aunque jamás lo admitiría.
-Entonces, ¿por qué nadie consiguió ayudarlo?
-Porque dejó de confiar en todo el mundo. Los terapeutas fueron los siguientes en fracasar. Andrés se negaba a hablar. Decía que todos tenían una agenda oculta. Que tarde o temprano cualquier persona utilizaría sus debilidades en su contra. Rechazaba los abrazos. Rechazaba las muestras de cariño. Rechazaba cualquier gesto que pudiera interpretarse como interés romántico y si alguien cruzaba esa frontera, la reacción era brutal. No porque no necesitara afecto. Sino precisamente porque lo necesitaba demasiado y eso lo aterrorizaba. Construyó una fortaleza hecha de desprecio, arrogancia y prejuicios. Si conseguía convencer a todos de que no necesitaba a nadie, nadie tendría la oportunidad de abandonarlo, humillarlo o manipularlo otra vez. -Noelia permaneció pensativa.
-¿Y la familia de Ernesto? -Carlos soltó una respiración pesada.
-Nos demandaron.
-¿A ustedes?
-A nosotros y a Andrés. La demanda terminó desmoronándose cuando las pruebas demostraron que Andrés no había tenido ninguna relación con Ernesto, que había sido acosado por él y que el muchacho tenía antecedentes de problemas de salud mental y había recibido tratamiento. Legalmente, perdieron, pero no aceptaron la derrota. Comenzaron a hablar con la prensa. -la voz de Carlos se volvió amarga. -Entrevistas. Declaraciones. Fotografías. Historias cuidadosamente escogidas. Para ellos, Andrés era el chico rico que había humillado a un muchacho enamorado hasta llevarlo a la muerte.
-¿Y la verdad? ¿Nadie indagó?
-Algunos, pero la verdad nunca fue tan interesante. -Noelia cerró los ojos un instante.
-Lo convirtieron en un monstruo.
-Sí. -Carlos miró hacia la ventana. -Y cada vez que alguien mencionaba el nombre de Ernesto, alguien encontraba una forma de recordar aquella historia. Perdimos negocios. Amistades. Contactos. La vida que habíamos construido durante décadas. Finalmente cerramos todo.
-¿Todo?
-Todo. -Carlos volvió a sentarse. Por eso no nos percatamos de lo que pasaba con Elena. Teníamos nuestros propios problemas. Comprende ahora. Vendimos propiedades. Cerramos empresas. Dejamos atrás la ciudad. No porque tuviéramos algo que ocultar, sino porque queríamos que Andrés pudiera respirar sin sentir que cada persona que lo miraba conocía su pasado. -Noelia comprendió entonces por qué aquella familia había terminado tan lejos de todo.
-Por eso han venido al valle. -Carlos sonrió con tristeza.
-Sí. Un rincón perdido donde nadie supiera quiénes éramos. Ve somos como usted. -hubo un largo silencio.
-¿Y no está funcionando verdad? -Carlos tardó en responder.
-No mucho. La mentira siempre llega con Nosotros. Nos alejamos del mundo, pero no conseguimos sacar el mundo de Andrés. -Noelia bajó la mirada hacia sus manos. Ahora comprendía muchas cosas que antes parecían simplemente crueldad. No las justificaba, pero las comprendía. -Usted me pidió la verdad, señora Pérez. Ahí la tiene. -se levantó despacio. -Mi hijo no es un monstruo, pero tampoco es inocente de todo lo que vino después. Es un chico que aprendió demasiado pronto que el afecto puede convertirse en una trampa, que una mentira puede destruir una vida y que confiar en alguien puede costar todo. -Noelia lo miró fijamente.
-Y usted quiere que yo lo ayude.
-Quiero que alguien intente hacerlo. Usted ha tenido una segunda oportunidad. Dios debe tenerle especial aprecio, además ya salvó la vida de Elena, solo soy un padre desesperado esperando otro milagro.
-¿Después de todo lo que ha hecho usted que puedo hacer yo?
-Precisamente por eso. -Carlos se detuvo frente a ella. -Porque si nadie lo hace, Andrés seguirá castigándose por algo que ocurrió cuando tenía trece años y seguirá castigando a los demás por el mismo motivo. Lastimó a los suyos y sin embargo, fue la primera vez que alguien no lo juzgo. Usted hizo eso y él lo notó. -Noelia permaneció en silencio durante varios minutos. Después tomó la taza de café y bebió un sorbo. Estaba completamente fría.
-No puedo prometerle que cambiará.
-Lo sé.
-Tampoco puedo prometerle que será fácil.
-Lo sé.
-Y no voy a permitir que su trauma sea una excusa para hacer daño a los míos. -Carlos asintió.
-Eso también lo sé. -Noelia dejó la taza sobre la mesa.
-Entonces quizá podamos empezar. -el hombre la miró con una mezcla de alivio y temor.
-¿Lo ayudará?
-Sí. -Carlos cerró los ojos. Por primera vez en tres años, pareció permitirse respirar.
-Gracias. -Noelia negó lentamente con la cabeza.
-No me dé las gracias todavía. Apenas estamos empezando.
Afuera el valle continuaba con su rutina indiferente. Los carretones avanzaban por las calles, los comercios abrían sus puertas y miles de personas seguían viviendo sus propias historias sin saber nada de la familia Santiesteban. En algún lugar de la casa, Andrés dormía y mientras dormía, dos personas acababan de decidir que su historia no terminaría en aquella azotea de tres años atrás. Quizá todavía quedaba algo que salvar. Aunque ninguno supiera todavía cuánto iba a costar.
-Necesitamos a Amparo.
-¿Amparo? ¿Quién es esa?
-Confié en mí. Es justo lo que necesitamos para empezar. -dijo Noelia y se despidió.