De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 11 LA DECISIÓN MÁS DOLOROSA
La noche cayó pesada y oscura sobre la casa de los Vera, como si el cielo mismo quisiera ocultar la desesperación que se respiraba en cada rincón. Damián no había podido cerrar los ojos ni un segundo; cada minuto que pasaba era un paso más hacia la partida que su padre había dispuesto, hacia una distancia que sentía insuperable. Se sentó al borde de la ventana, mirando hacia la calle apenas iluminada por las farolas, apretando contra su pecho el pequeño trozo de papel que su madre le había hecho llegar. Sabía que Gael intentaría algo, lo sentía en cada latido acelerado de su corazón, pero también sabía que cualquier movimiento ahora era un riesgo enorme para ambos. Si lo descubrían, no solo fracasarían, sino que el castigo sería mucho más severo de lo que ya era. Sin embargo, la idea de irse sin verlo, sin hablarle, sin asegurarse de que estaba bien, le resultaba insoportable.
A la mañana siguiente, el ambiente en la mansión era tenso y helado. Su padre ya había dado todas las instrucciones: los maletines estaban listos, el vehículo que los llevaría al aeropuerto llegaría al atardecer, y había ordenado que nadie se acercara a la habitación de Damián salvo para llevarle comida. Nadie le dirigía la palabra más que para darle órdenes, y su madre, aunque intentaba disimularlo, tenía los ojos hinchados de llorar en silencio. Damián se acercó a ella cuando estuvieron solos un instante en el pasillo y le tomó la mano con suavidad.
—Mamá, por favor… dime si le has podido hacer llegar mi mensaje. Necesito saber si lo recibió.
Ella asintió despacio, mirando hacia los lados con miedo.
—Lo recibió anoche. Pero no sé qué piensa hacer. Le dije que no se acercara, que es demasiado peligroso, pero conoces su terquedad. Solo te pido que tengas cuidado, hijo mío. No quiero que termines sufriendo aún más.
Mientras tanto, Gael pasaba el día planeando cada detalle con una precisión que le dolía. Sabía que la ventana de tiempo era mínima: solo tendrían unos minutos antes de que la vigilancia se volviera a poner en marcha por completo. No quería causar problemas, no quería poner en peligro a nadie, pero tampoco podía permitir que Damián se fuera llevando dudas o la sensación de que lo habían abandonado. Contó con la ayuda de una persona de confianza que le distraería a los guardias en la entrada principal, mientras él se acercaría por el jardín trasero, el mismo camino que Damián había usado para huir la vez anterior. Era una apuesta arriesgada, quizás descabellada, pero era la única oportunidad que tenían.
Cuando el sol empezó a bajar y los colores del cielo se volvieron rojizos y grises, Gael se movió. Corrió agachado entre los arbustos, con el corazón golpeándole tan fuerte que temía que se escuchara por encima de todo lo demás. Cuando llegó debajo de la ventana de la habitación de Damián, levantó la vista y lo vio allí: de pie, con las manos apoyadas contra el cristal, mirándolo como si hubiera estado esperando toda su vida ese momento. Damián abrió la ventana con manos temblorosas y se inclinó hacia abajo, con la voz rota por la emoción contenida.
—¿Estás loco? Si te descubren te harán mucho daño…
—No podía dejar que te fueras sin verte —respondió Gael en un susurro, extendiendo la mano hacia él aunque no pudiera alcanzarlo—. No podía dejar que te llevaran lejos pensando cosas que no son verdad. Todo lo que te dijeron de que me había rendido es mentira. Nunca dejé de luchar por ti ni un solo día.
Damián sintió que las lágrimas le corrían libremente por las mejillas. Quiso decirle tantas cosas a la vez: que lo había creído, que había tenido miedo, que cada segundo sin noticias suyas había sido una tortura. Pero antes de que pudiera hablar más, escucharon pasos acercándose dentro de la casa y luego voces en el jardín: los habían visto.
—¡Tienes que irte ahora! —le suplicó Damián desesperado—. Por favor, corre antes de que te alcancen.
—No me voy a ir sin ti —le dijo Gael con firmeza—. Salta, yo te sostengo. Podemos huir juntos de nuevo.
—¿Y entonces qué? —le preguntó Damián con amargura, mirándolo a los ojos—. ¿Pasar el resto de nuestra vida huyendo y escondiéndonos? ¿Dejando que ellos decidan siempre dónde podemos estar y qué podemos hacer? No quiero eso para ti, Gael. No quiero que tu vida se convierta en una persecución eterna por mi culpa.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Su padre entró acompañado de dos guardias y miró hacia la ventana con una furia contenida que aterrorizó a cualquiera.
—¡Ya basta de esta locura! —gritó—. ¡Aléjate de esa ventana ahora mismo o haré que detengan a ese muchacho inmediatamente!
Gael no se movió, y Damián se vio obligado a tomar la decisión más difícil de su vida. Sabía que si seguían intentando huir, su padre cumpliría cada una de sus amenazas: arruinaría la vida de Gael, de su familia, de cualquiera que se pusiera de su lado. Sabía que por ahora no tenían la fuerza ni las pruebas suficientes para ganar esa batalla de frente. Entonces, con el corazón destrozado y sintiendo que se le partía el alma en mil pedazos, Damián apartó la mano de la ventana y miró a Gael con una expresión que le rompió el pecho al instante.
—Vete, Gael. Por favor… vete y no vuelvas a buscarme.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Gael con voz quebrada, negando con la cabeza—. No digas eso, por favor. Podemos encontrar otra forma.
—No la hay —respondió Damián, tragándose las lágrimas para que no se notara lo mucho que le costaba decir esas palabras—. Estamos luchando contra algo que es mucho más grande que nosotros. Me voy a ir a esa casa de campo, y voy a intentar seguir adelante. Tú también deberías hacerlo. Olvídate de mí.
Gael se quedó paralizado abajo, sintiendo como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho. No entendía, no quería entender, pero vio en los ojos de Damián que no era lo que quería decir, que había algo más detrás de esas palabras frías. Pero antes de que pudiera responder, los guardias salieron al jardín y empezaron a correr hacia donde él estaba. Gael no tuvo más remedio que retroceder y alejarse, mirando hacia arriba una última vez para ver cómo Damián cerraba la ventana despacio, como si estuviera cerrando también una parte de sí mismo.
Dentro de la habitación, Damián se dejó caer al suelo y rompió a llorar con una angustia que le hacía doler todo el cuerpo. Su padre lo miró desde arriba con una mezcla de satisfacción y frialdad.
—Por fin estás actuando con sensatez. Te hará bien alejarte de todo esto.
Damián no le respondió. No tenía fuerzas para nada. Lo que nadie sabía era que al decirle a Gael que se fuera, al pedirle que lo olvidara, no lo hacía porque se hubiera rendido: lo hacía para protegerlo, para darle tiempo a Gael de reunir pruebas, de buscar ayuda, de encontrar una forma real y definitiva de acabar con todo esto. Pero el precio de esa protección era inmenso: Gael se iría pensando que lo había rechazado, que lo había abandonado, y Damián tendría que cargar con esa culpa y esa tristeza durante todo el tiempo que estuvieran separados.
Esa tarde, cuando llegó el momento de partir, Damián subió al vehículo sin mirar atrás. Se sentó en el asiento trasero, mirando por la ventanilla cómo las calles de la ciudad se iban quedando atrás, una por una, y con ellas la esperanza de volver a ver a Gael pronto. Se abrazó a sí mismo, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima. Había tomado la decisión que creía más correcta, pero se sentía como si hubiera perdido lo más importante que tenía.
Mientras tanto, Gael caminaba sin rumbo por las calles, con la mente llena de confusión y dolor. No podía dejar de repetirse las últimas palabras de Damián, y aunque una parte de él quería odiarlo o sentirse traicionado, en el fondo sabía que algo no encajaba. Sabía que Damián no era así, que no se rendiría tan fácilmente sin una razón de peso. Sin embargo, el dolor era tan grande que le costaba pensar con claridad. Se sentó en un banco solitario y miró al cielo, preguntándose cuánto tiempo más tendrían que soportar esta separación, cuánto más tendrían que sufrir antes de que la verdad pudiera salir a la luz.
Ambos estaban ahora en lugares distintos, cargando con el mismo peso, con el corazón roto y con la incertidumbre de no saber si el sacrificio que acababan de hacer serviría de algo o si solo habría sido el final de todo lo que habían empezado. No había consuelo, ni alivio, ni esperanza clara a la vista: solo el dolor de una decisión que ninguno de los dos quería tomar, pero que creían necesario para seguir adelante.