Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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— La jaula de oro
Nicolás empezó a notar cosas que no encajaban. Martina llegaba con moretones en los brazos y decía que se había caído, pero los moretones tenían forma de dedos. O decía que Luca le había dicho cosas horribles, pero él había visto a Luca callado, cabizbajo, sin levantar la vista. Un día, escuchó a Martina hablando sola en su habitación, riéndose de lo fácil que era engañar a todos y lo patético que era su gemelo enamorado de su novio y él ni se da cuenta.
El mundo se le vino encima. Todo este tiempo había tratado mal a Luca, había creído las mentiras de su novia, y todo era una farsa. Y entonces entendió algo terrible: su amor por Luca no se había ido. Al contrario, se había vuelto más fuerte, más desesperado. Quería dejar a Martina, quería lanzarse a los brazos de Luca y decirle la verdad. Pero el miedo lo dominaba. Su padre le había dicho mil veces: «Un hombre Moretti no es débil. No se deja llevar por sentimientos vergonzosos. Nos respetan por lo que somos».
Si confesaba que amaba a Luca, todo se acabaría. El respeto, el poder, el orgullo de su padre. Y entonces tomó una decisión enfermiza: pensó que si lo trataba con tanta crueldad, con tanta brutalidad, Luca dejaría de amarlo. Que así ambos se salvarían de ese amor prohibido.
Esa noche, lo buscó. Lo llevó a una cabaña abandonada en el límite de la propiedad de su familia. El viento agitaba las ramas secas alrededor de la construcción de madera descuidada, y dentro el aire olía a polvo, humedad y tiempo detenido. La luz de la luna se filtraba por las tablas rotas, dibujando sombras largas y temblorosas sobre el suelo de tierra apisonada. Nicolás lo empujó suavemente hacia adentro y cerró la puerta tras de sí, dejándolos a solas en la penumbra.
—Sé que me amas —le dijo, con voz áspera, mientras lo empujaba contra la pared de tablas con una presión que no era solo fuerza, era también una forma de contenerse—. Sé que mueres por tenerme. No puedes ocultármelo.
Luca lo miró con ojos llenos de lágrimas y esperanza, con el corazón golpeándole tan fuerte en el pecho que creía que él también podría escucharlo.
—¿Qué…? ¿Cómo lo sabes? —preguntó con un hilo de voz, temblando no solo por el frío, sino por la emoción de que por fin lo supiera.
—Solo lo sé —respondió Nicolás, y había algo en su tono que no era solo seguridad, era también dolor, como si admitirlo le quemara por dentro.
Luca respiró hondo, y las palabras le salieron antes de que pudiera arrepentirse:
—Sí… te amo. Te amo desde que éramos chicos. Te amo más que a nada en este mundo.
Nicolás sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al escucharlo, pero siguió con su plan, aferrándose a él como si fuera la única salida que tenía.
—Entonces serás mi esclavo —siseó, bajando la voz hasta convertirla en algo cortante y frío—. Harás todo lo que yo diga. Serás mi juguete en la oscuridad. Pero nadie sabrá nada. Será nuestro secreto, solo nuestro. Y delante de todos, seré el novio de tu hermana. ¿Aceptas? ¿O prefieres que te olvide para siempre?
Luca asintió sin dudar. No le importaba el dolor, no le importaba la humillación. Solo quería estar cerca de él, no perderlo, no perder lo único que le daba sentido a sus días.
—Acepto —susurró, casi sin voz, y al decirlo sintió que firmaba algo que no sabía si podría soportar, pero no le importaba. Con tal de tenerlo cerca, valía la pena.
Nicolás lo tomó con una mezcla de rabia y desesperación. Fue rudo, duro, casi violento, tratando de demostrarse a sí mismo que no sentía nada más que placer carnal, que podía mantener el corazón cerrado y a salvo. Pero cada gemido de Luca, cada vez que lo llamaba por su nombre con esa confianza y esa entrega absolutas, le rompía el alma en pedazos más pequeños. Y Luca, en su inocencia y su amor infinito, pensaba: «Si me trata así, es porque me ama mucho, pero no puede decirlo. No puede mostrarlo. Es nuestro secreto, y algún día será diferente».