Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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vos...
alex
Puerto Marina seguía igual que la última vez que la vi.
El faro continuaba brillando a lo lejos, vigilando el mar.
Las calles seguían llenas de gente y, por alguna razón, todo aquello me hizo recordar cosas que creí haber olvidado.
Cuando era más chico, tuve que irme junto con mi padre porque nuestras vidas corrían peligro.
Y aunque sabía que me estaba arriesgando demasiado, había decidido ir a despedirme de ella.
Cuando llegué a la puerta de su casa, la vi a través de la ventana.
Por un instante pensé en entrar.
Pero algo me detuvo.
No sé exactamente qué fue. Solo recuerdo que no pude avanzar.
Así que regresé a mi casa, donde ya estaba todo empacado y listo para partir de Marina esa misma tarde.
Me preparé en Palmanova para comenzar a trabajar como la mano derecha de mi padre.
Y desde que cumplí veinte años no había dejado de viajar.
Mi vida se centraba en mi familia y en mi trabajo.
Nada más importaba.
O al menos eso era lo que me repetía.
Con el tiempo llegué a olvidar ciertas personas y algunos lugares.
Pero nunca pude olvidar el lugar donde viví los mejores años de mi vida.
Mucho menos a las personas que formaron parte de ellos.
Pasaron los años y nunca creí que volvería a Marina.
Hasta que recibí una llamada de mi padre.
—Hijo, necesito que viajes a Puerto Marina. Alejandro quiere que seas el nuevo encargado de los embarques de Noctis y Atlas.
Me sorprendí.
No creí que fuera posible volver.
Y mucho menos por pedido del jefe.
Aunque mi reputación y mi trabajo habían hecho que Alejandro confiara completamente en mí.
Un mes después viajé a Marina.
Y todo seguía exactamente como lo recordaba.
Cuando llegué, fui directamente a Atlas y me presenté en la oficina de Alejandro.
—Tanto tiempo, hijo. Has crecido mucho desde la última vez que te vi.
—Sí, señor. Le agradezco que confíe en mi trabajo.
—Es un placer para mí que hayas aceptado. Por cierto, ¿ya tenés un lugar donde alojarte?
—Todavía no. Pensaba buscar algo después de terminar aquí.
—No hace falta. Quedate en casa mientras encontrás un lugar.
—No quiero causar molestias.
—No las vas a causar. Hay habitaciones de sobra.
Asentí.
Después nos dirigimos a la reunión para confirmar mi nuevo puesto y coordinar una nueva embarcación.
Ahí vi a Marcos.
Hacía mucho tiempo que no lo veía.
Lo saludé formalmente, manteniendo mi postura y sin dar demasiados detalles. Después me despedí y regresé a la oficina de Alejandro.
—Bueno, si querés, podés ir a la casa a dejar tus cosas. Yo voy a llevar a Natalia más tarde.
Asentí y me fui.
Cuando ya estaba lejos de la oficina del jefe, me giré.
Y ahí la vi.
Pasó frente a mí sin siquiera darse cuenta de que estaba ahí.
Estaba completamente distinta.
Más alta.
Su pelo negro caía en ondas sobre sus hombros. Llevaba unos jeans oscuros, una remera blanca y una campera de cuero.
Por un segundo me quedé inmóvil.
No podía apartar la mirada.
Era ella.
La misma chica que había dejado atrás tantos años atrás.
Solo que ahora era una mujer.
Reaccioné y continué caminando.
Cuando llegué a la casa, todo seguía igual.
Ya no había tantos empleados como antes. Solo quedaban algunos encargados de la limpieza y la jardinería.
Subí a la habitación que me indicaron las mujeres del servicio y me preparé para ir al hipódromo.
Pero justo cuando salí de la habitación, vi una puerta que me trajo demasiados recuerdos.
La biblioteca.
Entré solamente para echar un vistazo.
Todo seguía igual.
El sillón frente a la ventana.
Los cómics que leíamos de chicos.
Incluso algunos objetos continuaban en el mismo lugar.
Involuntariamente, solté una pequeña sonrisa.
Después salí directamente hacia el hipódromo.
Cuando llegué, preparé los blancos y la mesa donde estaban las armas.
Y fue justo en ese momento cuando la escuché hablar.
Su voz seguía siendo dulce y baja.
No sabía si me recordaba.
Así que decidí no dar ningún paso en falso.
No quería demostrar que el corazón me estaba latiendo demasiado rápido.
Por eso simplemente comencé a explicarle lo que íbamos a hacer.
Ella no dejaba de mirarme.
Hasta que finalmente preguntó:
—Perdón que lo interrumpa, pero ¿me podría decir su nombre?
—Torres.
Continué con la explicación.
Pero volvió a preguntar.
—Perdón… ¿me podría repetir su nombre?
Me quedé en silencio durante unos segundos.
Entonces me giré.
Y la vi a los ojos por primera vez.
—Alex Torres.
Mi voz salió mucho más baja de lo que esperaba.
Ella dejó caer la carpeta que llevaba en la mano.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Hasta que finalmente sus labios se movieron.
—Vos…
natalia
Yo seguía completamente confundida.
Pero era él.
No había ninguna duda.
—Volviste…
—Tanto tiempo.
No dejaba de mirarme a los ojos.
Estaba completamente cambiado.
Era mucho más alto de lo que recordaba. Tenía la mandíbula marcada, los brazos fuertes y el cabello corto y negro que le quedaba demasiado bien.
Aparté la mirada y respiré profundo.
No entendía por qué su presencia me ponía tan nerviosa.
—¿Comenzamos?
Asintió.
Comenzó a explicarme mientras me mostraba las armas que utilizaríamos.
—Esta es una Glock 17, una pistola semiautomática muy conocida.
Señaló la siguiente.
—Beretta 92FS, una clásica.
Después continuó.
—Colt M1911. Otra de las más reconocibles.
Pasó a la siguiente.
—MP5. Un subfusil muy utilizado y conocido.
Finalmente señaló la última.
—AR-15. Un rifle semiautomático.
Yo estaba atenta a lo que decía.
O al menos intentaba estarlo.
Porque, de todas formas, no podía dejar de mirarlo.
Después de un rato, finalmente pude decir:
—Después nos ponemos al día, ¿oíste?
Asintió.
Continué practicando.
Para mi sorpresa, no era tan mala con la puntería como pensaba.
Tres horas después, mi padre me llamó.
—¿Natalia?
—Sí, pa.
—Alex te va a llevar a casa.
No entendía por qué mi padre había decidido que él me llevara, pero asentí.
Después de cortar la llamada, me acerqué a Alex.
—Señor Torres, dijo mi padre que si podés llevarme a casa.
—Claro.
Lo dijo sin mirarme.
Fui a recoger mis cosas y lo esperé en las bancas que había afuera.
Pasaron unos minutos hasta que finalmente apareció.
—¿No tenés frío acá sentada?
—No. Te estaba esperando.
Me miró durante unos segundos.
—Busco el auto y vengo.
Durante el viaje ninguno de los dos dijo una sola palabra.
El silencio dentro del auto era incómodo.
Demasiado.
Cuando llegamos, estaba por bajar cuando escuché su voz.
—¿Te bajás acá o entro?
—Acá. No te preocupes.
Entré rápidamente a la casa.
Subí a mi habitación y me di una ducha larga, intentando relajarme y, sobre todo, aclarar mi mente.
Pero no podía dejar de pensar en él.
En Alex.
En el chico que había desaparecido de mi vida tantos años atrás.
Cuando bajé para preparar la cena, descubrí que la comida ya estaba preparada sobre la mesa.
Incluso había un plato servido.
Mi padre no iba a volver a casa.
O eso creía.
Aunque él no cocinaba, quizás le había pedido a Renata que preparara algo.
En ese momento vi a Renata entrar por la puerta que daba al patio.
—Gracias, Reni. Huele delicioso. No te hubieras molestado.
Ella me miró confundida.
—Pero yo no preparé nada, señorita.
Fruncí el ceño.
—¿Sabés quién fue?
—Creo que el señorito. Si me disculpa, debo terminar de limpiar arriba.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas.
¿El señorito?
No podía ser.
Tomé el plato y comencé a comer.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Buen provecho.
Me quedé completamente helada.
Conocía esa voz.
Giré lentamente.
Ahí estaba él.
—¿Qué hacés acá?
—Me quedo temporalmente.
Casi me atraganté con la comida al escuchar sus palabras.
¿Se iba a quedar?
¿En mi casa?
Necesitaba aclarar demasiadas cosas.
Así que, sin decir nada más, me fui directamente a la biblioteca.
Pasé varias horas ahí.
Intentando leer.
Intentando pensar.
Intentando entender qué significaba que Alex hubiera vuelto.
Pero no conseguía concentrarme.
Cuando finalmente comenzó a darme sueño, decidí irme a mi habitación.
Estaba por cerrar la puerta cuando escuché que la puerta de enfrente se abría.
Me giré.
Y ahí estaba él.
—Buenas noches, señorita.
Me quedé inmóvil.
Llevaba solamente un pantalón de dormir y tenía el pecho descubierto.
Sus músculos estaban marcados y su cabello mojado dejaba claro que acababa de ducharse.
Sin darme cuenta, me quedé mirándolo durante unos segundos.
Hasta que reaccioné y desvié rápidamente la mirada.
Pero ya era demasiado tarde.
Él había notado cada segundo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—¿Algo llamó su atención?
Sentí que el rostro me ardía.
Me giré rápidamente.
—Buenas noches.
Y cerré la puerta.