Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 22
Capítulo 22: Rivales por la sucesión: el duelo de Bruna
Las lágrimas de Abuela Remedios hicieron más ruido que un grito.
Nadie supo qué hacer.
La curandera de la manada no lloraba. Regañaba, ordenaba, golpeaba tobillos con el bastón cuando alguien estorbaba. La mayoría de los presentes la había visto enterrar recién nacidos, coser heridas abiertas y decirle a un guerrero que se callara porque su dolor no era más importante que su pulso.
Pero llorar, no.
Aitana quiso acercarse. Abuela Remedios levantó el bastón antes de que pudiera dar dos pasos.
—No me abraces. Estoy conmovida, no muerta.
Paloma se limpió una lágrima que fingió que no existía.
—Qué mujer tan difícil.
—Y aun así más útil que tú con una venda.
—Eso fue innecesario.
El patio respiró de nuevo, pero la tensión no se fue. Bruna seguía en la orilla, con el rostro quieto y los ojos demasiado vivos. Aitana entendió entonces que humillar a Bruna delante de todos no bastaba. A veces una persona herida se retiraba. Bruna no se retiraba. Buscaba otra grieta.
La encontró antes del mediodía.
La grieta era simple: convertir la compasión de Aitana en imprudencia.
Durante la mañana, Bruna no discutió de frente. Se movió entre las mujeres que llevaban agua, entre los hombres que no querían parecer crueles pero tampoco querían más bocas que alimentar. Habló de reservas de hierbas, de fiebre contagiosa, de cómo otros clanes podían ver debilidad si la manada se llenaba de hembras sin protección.
No decía "echen a Flor".
Decía "pensemos en todos".
Era más peligroso por eso.
Renato fue quien se lo señaló a Aitana, mientras ella intentaba beber una infusión que sabía a hojas castigadas.
—Bruna no necesita ganar el argumento moral —dijo—. Solo necesita hacer que parezca irresponsable atender a los débiles.
—¿Y cómo se pelea contra eso?
Renato miró hacia el patio.
—Mostrando método. La bondad sin método parece capricho ante los cobardes.
Aitana odiaba que tuviera razón.
Una comitiva del Clan Tigre Blanco llegó con pieles claras, collares de hueso pulido y una mujer de mediana edad que olía a menta, humo y orgullo. Venían por dos razones: preguntar por la Luna Sagrada embarazada y ofrecer ayuda médica "mientras la sucesión de la curandera se aclaraba".
Don Romualdo los recibió en el patio grande. Aitana se sentó a su derecha por insistencia de Abuela Remedios, aunque Leandro habría preferido envolverla en mantas y esconderla en la choza. Mateo quedó de pie cerca de las mesas de sanación. Paloma se colocó detrás de Aitana, con expresión inocente y cuchillo visible.
La visitante del Clan Tigre Blanco inclinó la cabeza.
—Soy Yara. He asistido partos de cachorros grandes, fiebres de garra y heridas de caza. Si la manada necesita una curandera fuerte, mi clan puede prestar conocimiento.
Bruna sonrió con una dulzura perfecta.
—Qué generosa. Aunque Abuela Remedios ya tiene una aprendiz.
La forma en que dijo "aprendiz" convirtió la palabra en barro.
Yara miró a Aitana. Sus ojos bajaron un segundo a su vientre.
—Una Luna Sagrada embarazada no debería cargar con enfermedades ajenas.
Leandro se tensó.
Aitana habló antes que él.
—Una Luna Sagrada que no sabe nada depende de que otros decidan por ella. Prefiero cansarme aprendiendo.
Yara arqueó una ceja. No parecía ofendida. Parecía interesada.
—Eso tiene filo.
Bruna dio un paso al frente.
—El problema no es si desea aprender. El problema es si puede. La compasión suena hermosa, pero una curandera no vive de discursos. Necesita memoria, pulso, juicio. Si Abuela Remedios elige por emoción, toda la manada pagará el precio.
Algunas cabezas se giraron hacia la anciana.
Abuela Remedios no se movió.
—¿Insinúas que ya no tengo juicio?
Bruna bajó la cabeza.
—Jamás. Solo digo que su enfermedad...
El patio se congeló.
Aitana sintió el estómago hundirse.
Abuela Remedios no había contado su enfermedad públicamente.
Bruna lo acababa de hacer.
Paloma murmuró algo tan bajo que Renato, a su lado, le apretó la muñeca para que no saltara.
Leandro dio un paso.
Aitana le tocó el brazo.
No. Todavía no.
Abuela Remedios miró a Bruna sin sorpresa. Eso fue lo que más dolió.
—Vaya. Entonces ya no estamos fingiendo respeto.
Bruna palideció apenas, pero continuó.
—La manada merece seguridad. Si la sucesión queda en manos de alguien sin pruebas, otros clanes pueden cuestionarnos.
Yara cruzó los brazos.
—En eso no se equivoca.
Mateo apretó los dedos alrededor de un rollo de vendas.
—Aitana ha salvado a dos heridos esta semana.
Bruna lo miró con lástima fingida.
—Con hongos que nadie más sabía verificar. ¿Eso es método o suerte?
La palabra tocó exactamente donde quería.
Aitana sintió la presión de muchas miradas. Pensó en Tilo temblando de fiebre, en Flor preguntando si también enseñarían a una omega, en la promesa hecha sobre la mano vieja de Abuela Remedios.
Si se escondía detrás de su título, Bruna ganaría.
—Entonces probémoslo —dijo.
Leandro giró hacia ella.
—Aitana.
—No para complacer a Bruna. Para que nadie pueda usar esa duda contra las mujeres que entren aquí.
Yara sonrió lentamente.
—Me gusta.
Bruna no. Por primera vez, su sonrisa perdió equilibrio.
Abuela Remedios caminó hasta la mesa de piedra. Cada paso le costó, pero nadie se atrevió a ayudarla. Sacó dos tiras de cuero, una tablilla encerada y seis saquitos de hierbas cerrados con nudos iguales.
—Muy bien —dijo—. Si quieren espectáculo, al menos será útil.
Don Romualdo frunció el ceño.
—Remedios...
—Tú manda cazadores. Yo mando aquí.
El Alfa cerró la boca. Paloma pareció disfrutarlo mucho.
Abuela Remedios colocó los saquitos sobre la mesa.
—Primera parte: identificar hierbas por olor y tacto, sin abrir los sacos. Segunda: leer tres pulsos y decir qué no debe administrarse. Tercera: responder cómo se atiende a una hembra en parto difícil sin romperla por prisa.
Yara ya no sonreía como visitante amable. Medía a Abuela Remedios con respeto real.
—En mi clan, una prueba así se hace solo ante aprendices avanzadas.
—Entonces hoy todas aprenderán lo que cuesta presumir —respondió la anciana.
Bruna intentó recuperar terreno.
—Aitana no conoce ni la mitad de esas plantas.
—Por eso puede decir "no sé" —dijo Abuela Remedios—. Es una frase medicinal. Evita más muertes que muchas hierbas.
La frase golpeó de lleno a varios orgullos del patio.
Leandro se inclinó hacia Aitana.
—Si quieres retirarte, lo dices y nos vamos.
—Si me retiro ahora, Bruna decidirá quién entra a la zona de sanación mañana.
—Entonces no te retires.
No fue una orden. Fue una entrega.
Yara dejó de sonreír un poco.
Bruna tragó saliva.
Aitana sintió que el miedo le subía por la garganta.
Parto difícil.
Su mano fue sola a su vientre.
Leandro la vio y cubrió su mano con la suya, sin hablar.
Abuela Remedios los miró a todos, uno por uno.
—Participarán Aitana, Bruna y Yara del Clan Tigre Blanco. No para elegir quién manda hoy, sino para mostrar quién sabe servir mañana.
Bruna abrió la boca.
—Pero Aitana apenas...
El bastón golpeó la piedra.
—Quien presume conocimiento no teme preguntas.
La anciana tomó dos tablillas más y las dejó sobre la mesa con tanta fuerza que el sonido cortó el patio.
—Quien responda mejor, se acercará al nombre de curandera. Quien falle por orgullo, aprenderá a barrer.
Luego miró directo a Bruna.
—Y quien mienta, quedará desnuda frente a todos.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos