✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Tres segundos
El silencio posterior a una gran pelea es el más destructivo de todos. Bruno pasó tres días enteros lejos del estudio, recluido en las cuatro paredes de su departamento. Las palabras crueles de Nash resonaban en su cabeza como un eco infinito y distorsionado. "Sonidista mediocre", "celoso". Cada acusación era un puñal directo a su dignidad, pero lo que de verdad le desgarraba el alma no era el insulto a su trabajo, sino la certeza absoluta de que Nash prefería pisotear años de lealtad incondicional antes que aceptar que se estaba matando por una mujer que ya no estaba.
El viernes por la noche, Bruno miraba el techo en la penumbra. Intentaba convencerse de que debía dar un paso al costado. Sentía el pecho vacío, una opresión constante que le quitaba las ganas de comer y de respirar. Amar en silencio ya era un castigo diario; ser odiado por la persona que amaba era la muerte en vida.
El teléfono vibró sobre la mesa de luz a las dos de la mañana. No era Nash. Era Harper.
Al atender, Bruno solo escuchó la respiración agitada de su compañera y el sonido del viento de la calle de fondo.
—Bruno... tienes que ir a buscarlo —dijo Harper, y su voz, usualmente firme y ruda, temblaba con un miedo que congeló la sangre de Bruno—. Fui a su departamento a dejarle unos discos duros. No me atiende el portero eléctrico, pero las luces están encendidas y se escucha música a un volumen ensordecedor desde la calle. Su auto está en la cochera. Tengo un mal presentimiento. Uno muy feo.
Bruno no lo dudó. El orgullo y el dolor de la discusión se evaporaron en un segundo, reemplazados por un pánico visceral.
—Estoy yendo. Llego en diez minutos —respondió, saliendo de la cama de un salto.
El viaje en taxi fue una tortura. Bruno miraba el reloj del tablero, sintiendo que cada semáforo rojo era una eternidad que le robaba tiempo de vida a Nash. Cuando llegó al lujoso edificio, encontró a Harper caminando de un lado a otro en la vereda. Sus ojos verdes reflejaban una angustia profunda. Subieron por el ascensor privado sin cruzar una sola palabra, unidos por el terror de lo que podían encontrar al abrir las puertas.
Al salir al pasillo del piso más alto, el zumbido de los bajos los golpeó directamente. Era la melodía inacabada de la canción para Grace, reproduciéndose en un bucle interminable, distorsionada por el volumen excesivo de los parlantes del estudio casero de Nash.
Bruno sacó la copia de la llave con manos tan temblorosas que se le cayó al suelo una vez antes de poder embocarla en la cerradura. Al abrir la puerta, la atmósfera de la casa los envolvió como un manto pesado, caliente y asfixiante. El olor a alcohol rancio, tabaco y encierro era insoportable.
—¡Nash! —gritó Bruno, adentrándose en la sala en penumbra.
Nadie respondió. La música seguía tronando, haciendo vibrar los vidrios de los ventanales que daban a la ciudad. Harper corrió hacia el estudio de grabación para apagar los equipos, cortando el sonido de golpe. El silencio repentino que se instaló en el penthouse fue espantoso, denso, como el de un cementerio.
Bruno caminó hacia el pasillo principal. Sus borceguíes hacían ruido sobre el parqué. Al pasar frente al baño principal, notó que la puerta estaba entornada y que una línea de luz blanca se proyectaba hacia el pasillo oscuro. También se escuchaba un sonido metálico y constante: el agua del grifo corriendo sin parar.
Empujó la puerta lentamente. Su corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta.
—¿Nash?
La escena que vio en el interior del baño le rompió el alma en mil pedazos, dejando una herida que Bruno supo, en ese mismo instante, que jamás cerraría.
La bañera estaba completamente llena. El agua, helada y desbordada por los bordes, inundaba el suelo de baldosas blancas. Dentro de la bañera, sumergido hasta el pecho con la ropa puesta, estaba Nash. Su cabeza colgaba hacia un lado, apoyada contra el borde de loza fría. Tenía el cabello rubio ceniza totalmente empapado, pegado a la frente pálida. Sus ojos estaban semicerrados, mostrando solo una línea blanca que apuntaba al vacío, sin brillo, sin vida.
En el borde de la pileta del baño había una botella vacía de vodka y tres cajas de medicamentos vacías, desparramadas entre el agua acumulada.
—¡Nash! ¡No, no, no! ¡Nash, mírame! —el grito de Bruno salió desgarrado, rompiéndose en su propia garganta mientras se tiraba de rodillas al suelo inundado, sin importarle arruinar su ropa.
Metió las manos en el agua congelada y tomó a Nash por los hombros, arrastrándolo hacia arriba con una fuerza que no sabía que tenía. El cuerpo del cantante se sentía pesado, completamente blando, como un muñeco de trapo. Su piel estaba tan fría que parecía de piedra.
—¡Harper! ¡Llama a una ambulancia ahora mismo! ¡Llamala ya! —aulló Bruno hacia el pasillo, con la voz quebrada por el llanto que finalmente estalló en su pecho.
Harper entró al baño un segundo después. Al ver la escena, ahogó un grito con la mano, pero su instinto y su mente fría reaccionaron de inmediato. Sacó el teléfono y empezó a gritar la dirección del edificio a los servicios de emergencia mientras se arrodillaba al lado de Bruno para ayudarlo.
Juntos, lograron sacar el cuerpo empapado de Nash fuera de la bañera, recostándolo sobre la alfombra húmeda del baño. Bruno le acomodó la cabeza, desesperado. Colocó dos dedos temblorosos en el cuello de su amigo, buscando una pulsación, un rastro, cualquier señal de que el hombre que amaba seguía en este mundo.
Durante tres segundos eternos, Bruno no sintió nada más que el frío de la piel de Nash. El pánico lo paralizó. Sintió que el mundo entero se apagaba, que las luces de los estadios, la música y todo lo que habían construido juntos no valía absolutamente nada si el corazón de Nash dejaba de latir. En ese instante de terror puro, Bruno se dio cuenta de que no le importaban las ofensas, ni el desprecio, ni que Nash fuera heterosexual y jamás pudiera amarlo de la misma forma. Solo quería que respirara. Solo quería que viviera, aunque fuera lejos de él.
Finalmente, sintió un latido. Débil, lento y espaciado, pero real. Un segundo después, Nash soltó un jadeo ahogado, un gemido de dolor inconsciente que expulsó un poco de agua de sus pulmones.
—Está vivo, Harper... está vivo —sollozó Bruno, abrazando el torso húmedo de Nash contra su propio pecho, sin importarle mojarse por completo.
Apoyó su mejilla contra la frente fría del cantante, llorando sin consuelo, dejando que sus lágrimas se mezclaran con el agua del baño. Le acariciaba el cabello rubio con una ternura infinita, desesperada, una ternura que ya no podía esconder.
—Vas a estar bien, mi amor... vas a estar bien, te lo prometo. Estoy aquí. No te voy a dejar solo —le susurró al oído en un murmullo imperceptible para Harper, aprovechando el caos del momento para confesar, de la manera más dolorosa posible, el amor que llevaba años guardando en el sótano de su alma.
Nash no respondió. Su cuerpo seguía temblando levemente por la hipotermia y sus labios tenían un tinte azulado. Estaba atrapado en un limbo oscuro, ajeno al dolor desgarrador que estaba causando en el hombre que permanecía de rodillas a su lado, sosteniéndolo para que no se hundiera más en la muerte.
Diez minutos después, las sirenas de la ambulancia comenzaron a resonar en la avenida, rompiendo la calma de la madrugada. Los médicos entraron al penthouse con una camilla y equipos de reanimación. Desplazaron a Bruno con brusquedad para poder trabajar, colocándole una máscara de oxígeno a Nash y cubriéndolo con mantas térmicas.
Bruno se puso de pie con dificultad, apoyándose contra la pared del pasillo. Tenía las manos entumecidas por el agua helada y el cuerpo entero le temblaba por el shock. Harper se acercó y le rodeó los hombros con un brazo, dándole un apretón firme. Ambos vieron cómo los paramédicos se llevaban a Nash en la camilla hacia el ascensor, con el sonido constante de los monitores médicos marcando el ritmo de una vida que pendía de un hilo.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, el penthouse volvió a quedar en un silencio absoluto. Bruno miró sus manos mojadas y luego el suelo del baño, donde los blísteres vacíos de pastillas flotaban en el agua. El fantasma de Grace Gallagher casi se había llevado la vida de Nash esa noche.
Bruno se abrazó a sí mismo, sintiendo un vacío inmenso en el estómago y el alma completamente deshecha. Supo que la batalla por salvar a Nash acababa de empezar, pero también entendió la parte más cruel de su propio destino: tendría que ser el soldado más fiel en esa guerra, curando las heridas del hombre que amaba, sabiendo que, al final del día, Nash despertaría buscando los ojos de otra mujer.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!