Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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Las reglas del juego público
El amanecer en la mansión Vance trajo consigo una tensión diferente, mucho más afilada que la de los días anteriores. Ya no se trataba solo de lidiar con las paredes de mármol o con el silencio sepulcral de los pasillos; la orden de Maximiliano de llevar a Leo a la apertura de la recepción hotelera pesaba sobre los hombros de Mía como una sentencia en cuenta regresiva.
A las siete de la mañana, Mía entró en la habitación del niño. Para su sorpresa, Leo no estaba en el armario ni escondido bajo las cobijas. Se encontraba sentado en su pequeña mesa de actividades, pasando los dedos sobre el dibujo del cielo nocturno que habían pintado juntos la tarde anterior. Al ver entrar a Mía, el pequeño alzó la vista y, aunque no articuló ninguna palabra, la rigidez en sus hombros disminuyó notablemente.
—Buenos días, Leo —dijo Mía con voz suave, acercándose sin prisa—. Hoy va a ser un día diferente. Tu papá quiere que lo acompañemos a un lugar grande, con muchas luces y personas. Sé que no te gustan los sitios con mucho ruido, pero yo voy a estar contigo todo el tiempo. Si te sientes cansado o asustado, solo tienes que apretar mi mano tres veces, ¿de acuerdo? Ese será nuestro código secreto.
El niño la observó con fijeza. Sus ojos grises, idénticos a los del implacable CEO, parecieron procesar la propuesta. Tras unos segundos de duda, Leo asintió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza y volvió a apretar el crayón amarillo entre sus dedos.
El verdadero reto comenzó un par de horas después, cuando la señora Gable entró a la habitación seguida por dos doncellas que cargaban un pequeño traje hecho a medida, réplica exacta de los costosos atuendos de tres piezas de Maximiliano. El corte de la tela era rígido y los botones de plata brillaban con una formalidad opresiva. En cuanto Leo vio el traje, dio un paso atrás, pegando su espalda contra la pared y cruzando los brazos en señal de rechazo absoluto.
—Señorita Thorne, mueva al niño —ordenó la señora Gable con su habitual tono seco y militar—. El chofer estará listo en cuarenta minutos y el señor Vance detesta los retrasos. Hay que vestirlo ya.
—Espere afuera, por favor, señora Gable —pidió Mía, colocándose con calma entre las sirvientas y el niño—. El traje es demasiado rígido y lo está asustando. Déjeme encargarme a mí. Si lo fuerzan, va a sufrir una crisis antes de subir al auto.
La ama de llaves soltó un bufido de desaprobación, pero la determinación en los ojos castaños de Mía la hizo retroceder. —Tiene quince minutos. Si no está listo, se lo explicará usted misma al patrón —sentenció antes de salir de la habitación, cerrando la puerta con fuerza.
Mía se arrodilló frente a Leo, ignorando la tela costosa del traje que yacía sobre la cama. Tomó la camisa blanca, que era lo más suave, y se la mostró.
—No tienes que usar todo el traje si no quieres, Leo. Vamos a ponernos solo la camisa y los pantalones cómodos. Si tu papá pregunta, yo le explicaré que los caballeros importantes a veces eligen su propia ropa. ¿Te parece bien?
La flexibilidad de Mía desarmó la resistencia del niño. Con paciencia infinita, milímetro a milímetro, logró que Leo se cambiara. No usaron el chaleco rígido ni la corbata que lo asfixiaba, pero el niño lucía pulcro y ordenado.
Al bajar al vestíbulo principal, Maximiliano Vance ya los esperaba de pie junto a la gran puerta de entrada. Vestía un traje negro de etiqueta que realzaba sus hombros anchos y su imponente estatura; parecía un rey absoluto listo para reclamar su territorio. Cuando sus ojos grises se posaron en su hijo y notaron la ausencia del chaleco y la corbata, sus cejas se juntaron en una línea dura de descontento. Caminó hacia ellos con pasos firmes, haciendo que el aire alrededor se volviera denso.
—Señorita Thorne, le entregué un vestuario específico para mi hijo —dijo Maximiliano, su voz bajando a un barítono peligroso y frío—. Leo debe proyectar una imagen de perfección ante los inversionistas del imperio. Lo que lleva puesto no es lo que acordamos.
—Lo que lleva puesto es lo que su hijo pudo tolerar sin entrar en pánico, señor Vance —respondió Mía, sosteniéndole la mirada con una valentía que hizo que el chofer, parado junto a la puerta, contuviera el aliento—. Si lo hubiera obligado a usar esa corbata, en este momento tendría a un niño llorando y completamente bloqueado. Se ve impecable. Su valor no depende de un pedazo de tela, sino de la seguridad que usted le brinde hoy.
Maximiliano dio un paso hacia delante, quedando a escasos centímetros de Mía. El magnetismo y la fragancia costosa a madera y tabaco del billonario la envolvieron por completo, acelerando los latidos de su corazón. Él la miró con una intensidad oscura, una mezcla de furia corporativa y una fascinación secreta que no podía controlar. Nadie lo contradecía de esa manera, y menos una mujer que dependía enteramente de su sueldo.
—Está arriesgando demasiado su puesto, Mía —susurró él, usando su nombre de pila por primera vez, lo que provocó un escalofrío en la espalda de la joven—. Espero por su propio bien que el comportamiento de Leo en el hotel justifique la insubordinación de su niñera. Suban al auto.
El trayecto en la limusina negra transcurrió en un silencio cargado de electricidad. Maximiliano revisaba contratos en su tableta, pero Mía notaba que sus ojos grises se desviaban constantemente hacia ella y hacia la mano de Leo, que permanecía firmemente unida a la suya. El niño miraba por la ventana, imitando la técnica de respiración pausada que Mía le siseaba al oído cada vez que el tráfico se volvía demasiado ruidoso.
Cuando el vehículo se detuvo frente al majestuoso Hotel Vance International, los flashes de los fotógrafos de la prensa de negocios comenzaron a brillar a través de los cristales ahumados. El bullicio exterior era ensordecedor. El chofer abrió la puerta y Maximiliano descendió primero, siendo recibido inmediatamente por una hueste de ejecutivos y reporteros que clamaban por su atención.
Mía sintió que la mano de Leo se cerraba con fuerza extrema sobre la suya. El niño temblaba. Uno, dos, tres apretones. El código secreto.
—Estoy aquí, Leo —le susurró Mía al oído mientras se preparaba para bajar—. No mires las luces, mírame a mí. Solo somos tú y yo caminando por un pasillo largo.
Al salir de la limusina, la presión mediática fue abrumadora. Los reporteros lanzaban preguntas sobre las acciones de la cadena hotelera, pero también sobre la vida privada del misterioso billonario y su retraído heredero. Maximiliano caminaba con la frente en alto, rompiendo la multitud como un titán de hielo, pero de repente se detuvo y giró el cuerpo. Al ver la palidez en el rostro de su hijo, el implacable CEO hizo algo inesperado: extendió su mano grande y fuerte hacia el niño.
Leo dudó, mirando la mano de su padre y luego a Mía. Mía le dedicó una sonrisa de aliento, asintiendo con la cabeza. Con lentitud, el pequeño soltó un momento a Mía y tomó los dedos de Maximiliano, mientras usaba su otra mano para aferrarse a la falda del vestido sencillo de Mía.
El trío avanzó hacia el gran salón de recepciones, rompiendo todas las expectativas de la prensa. El hombre más despiadado de los negocios mundiales estaba entrando de la mano de su heredero y de una hermosa joven desconocida que caminaba con una dignidad inquebrantable a su lado.
Al cruzar las puertas del salón, el ruido disminuyó gracias al aislamiento acústico. Maximiliano se giró hacia Mía; la frialdad de sus ojos se había transformado en una intensidad indescifrable, una mezcla de respeto forzado y una atracción peligrosa que amenazaba con quemar las estrictas reglas del contrato que los unía.
—Lo logró, señorita Thorne —admitió Maximiliano en un susurro profundo, mientras Leo observaba las luces del techo sin llorar—. Mi hijo ha entrado a su propio imperio sin una crisis. Supongo que su método de empatía no es una pérdida de tiempo después de todo.
—Se lo dije, señor Vance —replicó Mía, sintiendo el calor de la cercanía del billonario agitar sus sentidos—. Solo hacía falta recordar que detrás del heredero, hay un niño que necesita saber que su padre es su escudo, no su juez.
Maximiliano la observó en silencio, y por un breve instante, la fría coraza del magnate pareció desaparecer por completo, revelando al hombre real que habitaba detrás del mito corporativo. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, un alto ejecutivo se acercó con urgencia para apartarlo hacia la junta de inversionistas.
Mía guió a Leo hacia una esquina apartada del gran salón, sabiendo que el primer paso de la guerra por sanar a esta familia se había ganado, pero que las verdaderas intrigas de la alta sociedad apenas comenzaban a rodearlos.