Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 13: Ideas que cambian el destino del imperio.
Desde que el decreto imperial había puesto a salvo su nombre de críticas y ataques, Roxana Wén ya no era solo una joven respetada por su familia y protegida por el Emperador. Ahora tenía libertad total para hablar, para enseñar y para poner en práctica todo lo que su mente brillante había imaginado durante años. Y lo hizo sin dudarlo, con esa claridad y esa pasión que siempre la caracterizaban, porque para ella el conocimiento no era algo para guardar, sino algo para compartir y para usar en bien de todos.
Li Longjun, que ya no vivía sin escuchar sus palabras, le había dado permiso absoluto: podía entrar en cualquier almacén, hablar con cualquier funcionario, viajar a cualquier región, usar cualquier recurso del imperio. Todo lo que ella pidiera, todo lo que ella propusiera, se haría realidad. Y ella empezó por lo que más conocía, lo que más le importaba: la tierra, el agua y la salud de la gente.
Sistemas de riego que transformaron campos secos. Una de las primeras ideas que explicó detalladamente fue su sistema de canales y presas sencillas, diseñado para llevar el agua a lugares donde antes nunca llegaba. Lo hizo delante de ministros, ingenieros y campesinos, dibujando en el suelo con una rama, usando palabras claras y sencillas que todos pudieran entender, sin términos complicados ni leyes confusas.
—El agua es vida —les dijo, mirando a todos a los ojos—, pero solo si sabemos llevarla hasta donde está la tierra. No hace falta construir muros gigantescos que cuestan fortunas y que a veces se rompen. Basta con cavar canales poco profundos, con una ligera inclinación, para que el agua corra despacio, sin arrastrar la tierra, y se reparta por todos los campos. Podemos hacer pequeñas presas de piedra y barro para guardar el agua cuando llueve mucho, y soltarla poco a poco cuando hace calor y sequía. Así, ningún campo se quedará sin agua, y ninguna lluvia se perderá en el río.
Muchos de los presentes, acostumbrados a métodos antiguos y pesados, dudaron al principio. Pensaron que una idea tan sencilla no podía funcionar. Pero Li Longjun dio la orden: probarlo en tres regiones distintas, una en el sur, una en el centro y una en el norte, para ver si funcionaba en todos los climas y suelos.
Roxana misma viajó a esos lugares, acompañada solo por sus hermanos y unos pocos trabajadores, y se puso a trabajar junto a ellos, manchándose las manos y la ropa, marcando los caminos de los canales, enseñando cómo construir las presas, explicando cada paso con paciencia infinita.
Los resultados llegaron antes de lo que nadie esperaba. En las zonas donde antes la tierra era dura, seca y amarilla, ahora crecían cosechas verdes, altas y llenas de fruto. Tierras que antes solo daban una cosecha al año, ahora daban dos, y algunas incluso tres. Los campesinos, que antes pasaban hambre cuando llovía poco, ahora tenían comida suficiente y mucho grano guardado. Y lo más importante: todo se había hecho con materiales sencillos, con manos de la propia gente, sin gastar grandes fortunas del tesoro imperial.
—Es un milagro —decían los funcionarios, asombrados al ver los campos llenos de vida—. Pero no es magia… es inteligencia pura.
Rotación de cultivos: la tierra se renueva sola. Poco después, presentó su idea sobre la rotación de cultivos, algo que nadie en el imperio había escuchado nunca. Se reunió con los encargados de la agricultura y les explicó con calma:
—La tierra, igual que nosotros, se cansa. Si siempre plantas lo mismo en el mismo sitio, la tierra pierde lo que necesita, se vuelve pobre y da cada vez menos. Pero si cambias lo que plantas cada año, todo mejora. Por ejemplo: un año pones trigo, que toma fuerza de la tierra. Al año siguiente, pones frijoles o lentejas, que devuelven esa fuerza a la tierra y la hacen rica otra vez. Al otro año, pones mijo o verduras, y así sucesivamente. La tierra nunca se agotará y siempre dará buenas cosechas.
De nuevo, hubo dudas y miedos. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si al cambiar las plantas perdían todo lo que tenían? Pero el Emperador ordenó probarlo en las grandes tierras de cultivo que pertenecían al palacio, para que nadie más corriera riesgos.
El resultado fue espectacular. Mientras que en las tierras donde seguían plantando siempre lo mismo las cosechas bajaban cada año, en las tierras donde se hacía la rotación, las plantas crecían más fuertes, más sanas y daban casi el doble de grano. La tierra, que antes se veía gris y cansada, ahora estaba oscura, suave y llena de vida. Y los campesinos, al ver que funcionaba, empezaron a hacerlo también en sus propios campos, agradecidos por esa enseñanza que les cambiaba la vida para siempre.
Técnicas médicas sencillas que salvaron miles de vidas. Pero lo que quizás más respeto le dio —y lo que más ayudó a la gente común— fue todo lo que enseñó sobre salud, higiene y remedios sencillos. En el imperio, cuando alguien se enfermaba, muchas veces se llamaba a curanderos que cobraban fortunas o que usaban cosas que no servían, o simplemente se esperaba a ver si la persona se curaba sola o moría. Y muchas enfermedades se extendían porque nadie sabía por qué pasaban ni cómo evitarlas.
Roxana reunió a médicos, sanadores y personas encargadas de la salud, y les habló con esa sabiduría que parecía no tener fin:
—Muchas enfermedades vienen de la suciedad, del agua mala, de la comida echada a perder o de estar muy juntos en lugares cerrados. No hace falta ser sabio para entenderlo: basta con ver que donde hay basura y agua estancada, la gente se enferma más. Así que lo primero es limpiar: calles, casas, pozos, ríos cerca de donde vivimos. El agua debe hervirse antes de beberla, la comida debe guardarse en lugares secos y frescos, y hay que lavarse las manos y los pies todos los días.
Luego les enseñó remedios hechos con plantas que crecían en todas partes: cómo usar manzanilla para el dolor de estómago, cómo usar corteza de sauce para la fiebre, cómo limpiar las heridas con agua y sal para que no se infectaran, cómo vendar bien para que sanaran rápido.
—No son remedios mágicos —decía ella—, son cosas que la naturaleza nos da y que funcionan si sabemos cómo usarlas. Y lo mejor: son gratis, cualquiera puede usarlos y salvan vidas.
Se escribieron sus enseñanzas en libros sencillos, con dibujos, y se enviaron a todas las ciudades, pueblos y aldeas del imperio. Se enseñó a la gente en plazas y mercados. Y en muy poco tiempo, los resultados se vieron claros: las enfermedades que antes mataban a miles de personas cada año bajaron muchísimo, la gente vivía más sana, los niños enfermaban menos y morían muchos menos bebés.
Los médicos, que al principio habían dudado de una joven que no había estudiado en sus escuelas, ahora la miraban con respeto profundo, y muchos iban a buscarla para aprender más, para preguntarle, para escuchar sus ideas.
Respeto intelectual, pero no cariño de todas. Con el paso de los meses, nadie podía negar ya la grandeza de Roxana Wén. Los ministros la escuchaban en silencio, tomaban nota de sus palabras y seguían sus órdenes como si fueran las del propio Emperador. Los campesinos la bendecían por todos los campos, porque gracias a ella tenían comida, tenían salud, tenían vida mejor. Los sabios la admiraban por su inteligencia clara y su capacidad de ver soluciones donde nadie más veía problemas. Hasta los generales le pedían consejo sobre cómo organizar los suministros de los ejércitos, y ella les daba ideas que funcionaban a la perfección.
Había ganado un respeto intelectual absoluto, un lugar en la historia del imperio que nadie podría borrar jamás. Todos sabían que muchas de las cosas buenas que pasaban, todo ese progreso, toda esa mejora, venía de su mente, de su voluntad, de su forma de ver el mundo.
Pero, aunque todos la respetaban, aunque todos la valoraban, no todos la querían. Y menos que nadie, las damas de la nobleza y las mujeres de la corte.
Esas mujeres, que vivían de apariencias, de chismes, de ropas y joyas, que no entendían nada de tierra, de agua, de salud ni de ideas, seguían viéndola como algo extraño, como alguien que no sabía su lugar. Seguían pensando que una mujer debía ser callada, dulce, hermosa y dedicada a su familia, no a gobernar, no a enseñar, no a cambiar el mundo.
Se reunían en sus rincones, en los jardines, en las fiestas, y aunque ya no se atrevían a hablar mal de ella en voz alta —por miedo al decreto del Emperador—, se miraban entre ellas, hacían gestos con la cabeza, ponían los ojos en blanco y susurraban cosas que no llegaban a oídos de nadie más.
—Mira cómo se viste —decía una—. Siempre con ropas sencillas, sin adornos, sin nada que la haga ver elegante. Parece una campesina, no una dama de la corte.
—Y mira lo que hace —añadía otra—. Se pasa el día hablando de agua, de tierra, de plantas, de enfermedades. ¿Dónde está la gracia? ¿Dónde está la elegancia? Ella no sabe cantar, ni tocar música, ni bordar bien… no sabe nada de lo que debe saber una mujer.
—Y lo peor es que se cree superior —decía una tercera—. Nos mira como si fuéramos tontas, como si no entendiéramos nada. Y tiene razón, porque ella hace cosas que ninguna de nosotras podría hacer… pero eso no significa que nos tenga que gustar.
La Emperatriz Viuda, que lo sabía todo, le dijo un día mientras charlaban en sus aposentos:
—Te respetan, querida, y te admiran, pero no te quieren. Porque tú eres diferente. Porque tú eres más brillante, más fuerte, más valiosa que todas ellas juntas. Y eso les da envidia. Les da miedo. Porque tú les recuerdas que no son nada, que no hacen nada, que solo viven para verse bien y para hablar de los demás.
Roxana sonrió con calma, miró por la ventana hacia los jardines y respondió con esa tranquilidad que siempre la acompañaba:
—No necesito su cariño, Majestad. Solo necesito que me dejen trabajar, que me dejen enseñar, que me dejen ayudar. Su respeto es suficiente para que nadie me estorbe. Y si no me quieren… es porque no me conocen. Y porque no pueden ser como yo. No me importa. Tengo el cariño de mi familia, el respeto de los que realmente importan y el amor del único hombre que me hace sentir viva. Con eso me basta.
Y tenía razón. Porque, aunque las damas de la corte siguieran viéndola como una extraña, el resto del imperio la veía como una salvadora. Y Li Longjun… él la veía como la persona más maravillosa que había existido jamás.
Esa joven que había llegado a la fiesta imperial obligada por su padre, que había sido indiferente, que había corregido a ministros, que había puesto a prueba al Emperador… ahora estaba cambiando el destino de todo un imperio. Con sus ideas sencillas, con su inteligencia brillante, con su corazón lleno de amor por la gente, estaba haciendo que el reino fuera más fuerte, más rico, más sano y más feliz.
Y nadie, absolutamente nadie, podía negar que Roxana Wén no era solo una mujer especial. Era la mente más grande, la voz más sabia y el corazón más noble que el imperio había tenido en siglos. Y aunque muchas mujeres no la quisieran, todo el resto del mundo la respetaba, la admiraba y la amaba.