Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 16: El veredicto de la locura y una corona de otra vida
El aroma a pintura fresca y el brillo de los detalles dorados que Thiago había exigido para la nueva oficina presidencial todavía flotaban en el ambiente cuando la pesada puerta de madera noble se cerró de un portazo. Valentina, que se encontraba reclinada en su imponente sillón de cuero italiano repasando unas fojas financieras, elevó la mirada con una parsimonia imperturbable.
Thiago estaba de pie contra la madera de la puerta, con el rostro inusualmente pálido debajo de su habitual base de maquillaje y la respiración tan agitada que hacía temblar las solapas de su campera de jean con apliques de lentejuelas. Con un movimiento rápido y dramático, giró el picaporte y le pasó la llave al cerrojo, asegurándose de que nadie en el pasillo del buffet pudiera escuchar el colapso nervioso que estaba a punto de desatar.
—¡Valen, estás completamente desquiciada! ¡Pero mal de la cabeza, mi amor! —estalló Thiago, cruzando la sala a paso rápido y arrojando su bolso de marca sobre el escritorio de caoba con un golpe seco—. ¡¿Vos dimensionás lo que acabás de hacer en ese sótano clandestino?! ¡Te plantaste frente a tipos que desayunan pólvora y les gritaste "plebeyos de pacotilla"! ¡No estamos en una maldita telenovela de época de Netflix, Valentina! ¡Esto es la mafia real, la gente de verdad sangra y va a la cárcel! ¡Si seguís manejándote así por la vida, no vas a ganar un juicio, te van a mandar derechito a un manicomio con una camisa de fuerza!
La Emperatriz escuchó el sermón histriónico del diseñador sin mover un solo músculo de sus bonitas facciones blancas. Dejó el bolígrafo de tinta dorada sobre el escritorio con una lentitud exasperante, se reclinó un poco más en el sillón y entrelazó sus dedos sobre su regazo, acomodando el sastre fucsia que todavía vestía. La energía desbordante y asustada del "esclavo de la moda" empezaba a agotar la paciencia de la soberana, quien detestaba dar explicaciones sobre sus estrategias de conquista.
Sin embargo, al mirar los ojos hiperactivos de Thiago, cargados de un miedo genuino por su bienestar, Valentina comprendió que el secreto de su transmigración ya no podía sostenerse bajo la fachada de un simple "cambio de actitud". Si quería que su único aliado moderno operara con eficiencia, debía entregarle la verdad, por más inverosímil que resultara para la mente de este siglo.
—Silencio, Thiago. Tu drama ensordece mis aposentos corporativos —dictó Valentina, y su voz, desprovista de cualquier rastro de humor, adquirió un tono tan profundo, gélido y majestuoso que el diseñador se cortó a mitad de otro reproche—. Siéntate y cierra la boca por un instante.
Thiago parpadeó tres veces, amedrentado de golpe por el peso de esa mirada felina. Se dejó caer en uno de los sillones de cuero para clientes, sosteniendo su vaso de café como si fuera un escudo protector.
—Cansada estoy de tus lamentos sobre mi cordura —continuó la Emperatriz, inclinándose hacia adelante apoyando los antebrazos en la mesa—. Exiges respuestas porque no logras encastrar la sumisión de tu antigua amiga con la ferocidad de mis actos. Así que escucha con atención: no soy la persona que crees que soy. El alma de la frágil criatura que habitaba este cuerpo de curvas imponentes, esa chica que lloraba por los rincones y pedía disculpas por respirar, murió en la camilla de ese hospital la noche del accidente.
Thiago frunció el ceño, su rostro debatiéndose entre la confusión y la alarma médica.
—A ver... Valen, sé que el golpe en la cabeza fue fuerte, pero...
—No me interrumpas —lo cortó ella con un sutil gesto de su mano regordeta—. Lo que habita aquí dentro, gobernando cada fibra de este talle grande, es el espíritu de una Emperatriz de otra era. Una soberana que comandó batallas de asedio en las estepas del norte, que mandó a ejecutar a tres generales por traición y que jamás en su existencia permitió que un hombre le alzara la voz sin perder la cabeza en el intento. No estoy actuando, esclavo de la moda. Estoy recordando quién soy.
Un silencio denso cayó sobre la oficina presidencial. Thiago se quedó petrificado, mirando a su amiga con los ojos abiertos como platos. En su mente de diseñador moderno, la explicación lógica para lo que acababa de escuchar era un brote psicótico de manual, una consecuencia tardía del trauma hospitalario.
—Ok... —susurró Thiago, levantando una mano de forma pacífica mientras trataba de no entrar en pánico—. Ok, mi reina de Narnia... Eso que me estás diciendo suena súper poético y re loco, pero es un delirio místico del tamaño de este edificio. O sea, estás loca de remate. Me estás asustando de verdad, gorda. ¿Querés que llamemos al médico? Te juro que hay pastillas buenísimas para el estrés postraumático.
Valentina soltó una carcajada corta y seca, una risa cargada de una soberbia tan auténtica que a Thiago se le erizaron los pelos de la nuca.
—¿Crees que es un delirio? —preguntó Valentina, entornando los ojos con malicia—. Si fuera una locura, ¿cómo explicas que una abogada que tartamudeaba ante sus jefes haya diseñado una emboscada financiera milimétrica en los muelles? Si fuera un invento de mi mente, ¿cómo podría darte los detalles tácticos del asedio a la fortaleza de Valerius, donde bloqueamos las líneas de suministro de agua durante cuarenta días hasta que los nobles se comieron a sus propios caballos por desesperación?
Valentina se puso de pie con una parsimonia imponente, rodeando el escritorio de caoba. Se plantó frente a Thiago, obligándolo a mirarla desde abajo. La fijeza de sus ojos oscuros, la rigidez militar de su espalda y la dignidad absoluta con la que portaba sus curvas XL transmitían una vibración tan real, tan ancestral y ajena a la Valentina del pasado, que la teoría de la locura comenzó a tambalearse en la mente del diseñador. Nadie podía fingir una mirada de sangre fría de ese calibre por puro teatro.
Thiago tragó saliva, sintiendo un escalofrío genuino. Miró el cambio radical de la chica gris que usaba ropa de luto a esta perra empoderada vestida de fucsia que hablaba de comer caballos y decapitar generales.
—Pará un poco... —murmuró Thiago, pasándose una mano por el cabello, completamente abrumado—. Vos... vos me estás hablando en serio. No hay rastro de la Valen de antes en esos ojos. Sos... otra cosa.
—Te lo he dicho. Una monarca —reiteró ella con condescendencia.
Thiago soltó un suspiro dramático, dándose por vencido ante la abrumadora realidad de los hechos. Dejó el café en la mesa y se cruzó de brazos, adoptando su típica postura crítica de estilista.
—Mirá... no sé si de verdad reencarnaste, si sos una reina del año de la escarapela o si te poseyó el espíritu de Cleopatra versión XL —sentenció Thiago, entornando los ojos con humor renovado—, pero tenemos un problema de marketing gigante, Su Majestad. Si seguís yendo por la vida con ese vocabulario de elfo del bosque y amenazando a los mafiosos modernos con la guillotina, te van a encerrar en un psiquiátrico antes de que termines de conquistar tu imperio. Si querés sobrevivir en este siglo y que Alexander no piense que sos una espía psíquica, tenés que hablar nuestro idioma. Tenés que sonar moderna, urbana y peligrosa, no como un libro de historia de la secundaria.
Valentina arqueó una ceja, midiendo el alcance del consejo del diseñador. En su antiguo reino, los dialectos locales de las tribus conquistadas debían dominarse para evitar rebeliones. Aprender la jerga de estos plebeyos modernos era, después de todo, una estrategia militar aceptable.
—Es una propuesta razonable, estratega de las telas —aceptó Valentina con una leve inclinación de cabeza—. Aprenderé los modismos de tu era para camuflar mi linaje.
—Perfecto —sonrió Thiago, recuperando todo su brillo dramático—. Desde mañana empieza la escuela de "Moderno" para Su Majestad. Y preparate, reina, porque te va a costar un huevo y medio soltar el "vosotros" y las "mazmorras". Tenemos un pacto.
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