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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 14: Hilos Tensados y Nuevas Luces

El martes por la mañana, la Constructora Fontane bullía con el ajetreo habitual de las grandes licitaciones, pero en la oficina presidencial el ambiente era de una calma contenida. Andrés entró a su despacho sosteniendo con extremo cuidado un sencillo marco de madera clara. En su interior, perfectamente alineado, estaba el dibujo que Athenea le había regalado la tarde anterior: la silueta de los cuatro tomados de la mano bajo un arcoíris.

Con una sonrisa que suavizó por completo sus facciones maduras, Andrés colocó el cuadro en el estante principal, justo al lado de sus reconocimientos de arquitectura, donde pudiera verlo cada vez que levantara la vista del escritorio. Era su recordatorio diario de la tregua, del camino lento pero firme que había empezado a transitar con Juliana. Tras revisar los primeros correos del día, Andrés tomó su tableta y salió hacia la sala de juntas para una reunión de presupuesto que se extendería por un par de horas.

Apenas la puerta principal del despacho se cerró, el silencio de la recepción se volvió denso. Viviana se levantó de su escritorio con movimientos rígidos. Las palabras de Andrés del día anterior seguían resonando en sus oídos como una humillación pública: «Nuestra relación es estrictamente profesional... mi corazón es de Juliana». El rechazo definitivo había transformado su antigua devoción en un veneno amargo, alimentado por unos celos enfermizos que ya no podía controlar.

Caminó hacia la oficina del jefe con la excusa de dejar la correspondencia, pero en cuanto sus ojos se posaron en el estante, la vista del dibujo infantil la hizo perder los estribos. Ver la representación de esa familia feliz, el triunfo silencioso de Juliana sobre sus años de paciente espera, le causó un cortocircuito emocional.

Sin pensarlo, Viviana se acercó al estante, tomó el marco con manos temblorosas y lo estrelló contra el suelo. El cristal se trizó con un sonido seco, pero su furia no se detuvo ahí. Se agachó, sacó el papel texturizado y, con los dientes apretados para no emitir un solo grito, comenzó a rasgar el dibujo de Athenea. Lo hizo añicos, rompiendo los trazos de lápiz de color hasta reducirlos a un montón de confeti inservible sobre la alfombra. Miró el desastre con una respiración agitada y una sonrisa desquiciada; si ella no podía entrar en la vida de Andrés, no iba a permitir que los fantasmas de su idilio familiar decoraran su espacio.

Ajena a la tormenta que se desataba en la constructora, Juliana se encontraba en la cafetería de la academia disfrutando de un momento de tranquilidad junto a Emmeline. La luz de la tarde entraba por los ventanales, y el aroma a café recién colado ayudaba a distender la conversación.

—Juli, de verdad necesito tu ayuda, me voy a volver loca —comenzó Emme, dejando su taza sobre la mesa con un gesto de exagerada desesperación que hizo sonreír a su amiga—. Los tres añitos de mi niña están a la vuelta de la esquina y no he organizado absolutamente nada. Quiero que sea una fiesta especial, algo íntimo pero hermoso, y vos tenés ese ojo clínico para el orden y la estética que a mí me falta. ¿Me ayudás a armar todo?

—Claro que sí, Emme, contá con eso —respondió Juliana de inmediato, acomodándose en la silla—. Podemos planear una decoración delicada, algo con globos en tonos pastel y una mesa de dulces que a los niños les encante. Además, las niñas de la academia pueden ayudarnos con la música. ¿Cuántos niños vamos a tener invitados?

Emmeline comenzó a contar con los dedos, entusiasmada por la disposición de su mejor amiga.

—Bueno, los de cajón. Obviamente Athenea y el pequeño Andreis Julián mi pequeño máximo Alejandro; que ya está enorme. Ese niño cumplió los cuatro años hace unos meses y está cada vez más inteligente, habla con una madurez que te deja con la boca abierta. Es un amor.

Juliana asintió, compartiendo la alegría de su cuñada. El círculo familiar y de amigos cercanos estaba creciendo, y las noticias siempre eran un bálsamo entre tanta tensión.

—Ay, sí, Máximo es un genio —coincidió Juli con ternura—. ¿Y quiénes más vienen?

—Bueno, le comenté a mi hermana Emely y mis hermanos y algunos niños de la guardería. si te contará Alaia y Laia les está yendo de maravilla en sus clases en el exterior están súper hermosas, son un torbellino de alegría donde sea que van, me imagino el poco de chicos enamorados.—comentó Emme entre risas, antes de inclinar el cuerpo hacia adelante con una chispa de emoción en los ojos—. Ah, y no te imaginas la última novedad... Hablé con Lucía ayer.

Juliana levantó las cejas, interesada.

—¿Qué pasó con Lucía?

—¡Está en la dulce espera! —soltó Emme con una sonrisa gigante—. Y no viene uno solo, Juli. Está esperando morochos de Camilo. Imaginate la felicidad de esa casa, Camilo anda que no cabe en la ropa de la emoción, aunque a Lucía ya se le empieza a notar el cansancio de un embarazo doble. Pero están dichosos.

—Qué bendición tan grande, de verdad me alegro muchísimo por ellos —dijo Juliana, sintiendo que una calidez genuina le recorría el pecho.

Escuchar sobre embarazos y familias estables siempre le traía un eco agridulce del pasado, pero ahora, con la madurez de sus treinta años y el nuevo entendimiento que había alcanzado con Andrés, el futuro ya no se sentía como una amenaza constante. La vida seguía su curso, trayendo nuevas luces a su alrededor, mientras ella y Andrés intentaban, paso a paso y sin contratos de por medio, reconstruir los pedazos de su propia historia.

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