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Luna De Plata Y Sangre.

Luna De Plata Y Sangre.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Amor-odio
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Rocha Mota

Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?

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El peso del oro.

...Capítulo 10....

...Parte 1....

...El peso del oro....

...╭══════ .✧. ══════╮...

Leonor.

Cada paso que doy por este jardín de estatuas muertas y flores oscuras me cuesta más que si caminara sobre cristales rotos. A mi lado, Talius avanza con esa elegancia fría y segura de quien sabe que todo lo que ve le pertenece, o pronto le pertenecerá. Siento el peso de su presencia aplastando el aire a mi alrededor, y aunque el día es gris y húmedo, lo que realmente me hace estremecer no es el frío, sino el asco profundo que me recorre la piel cada vez que su mano toca mi brazo o mi espalda baja, guiándome como si fuera una de sus propiedades, un arma o un trofeo ganado en batalla.

Hablo con él. Respondo a sus comentarios sobre estrategias militares, sobre la inminente guerra contra los lobos, sobre cómo nuestra unión será el golpe definitivo para acabar con esa "plaga de animales". Sonrío cuando se espera que sonría, asiento cuando se espera que obedezca. Soy la princesa perfecta, la heredera del Clan Veritas, la mujer que mi padre ha moldeado con mano dura para ser fuerte, fría y letal. Pero por dentro... por dentro estoy gritando.

Mi mente está lejos, muy lejos de aquí. Mi mente está atrapada en un puente de piedra, en unos ojos dorados que me desnudaron el alma, en un hombre que es todo lo que se supone que debo odiar, pero que es lo único que me hace sentir viva. Andrew. Su nombre secreto, prohibido, late en mis venas con más fuerza que mi propia sangre.

—Este paseo no es solo un protocolo, Leonor —dice Talius, deteniéndose bajo el arco de ramas retorcidas que marca el centro del jardín. Su voz es grave, profunda, carente de cualquier calidez humana—. Hoy consolidamos lo que tu padre y yo hemos decidido por el bien de todos. Hoy te marco como mía ante la ley y ante la eternidad.

Siento que se me hiela la sangre, pero mantengo la mirada fija en la suya, impasible. Sé lo que viene. Lo he visto en otras mujeres de la corte, en las antiguas tradiciones que nos enseñan desde niñas: la marca de la unión, la cadena de oro que significa que ya no te perteneces a ti misma.

Saca de entre su capa un objeto pesado, y mis ojos se fijan en él. Es un collar. Hecho de oro macizo, brillante, opresivo, con eslabones gruesos y pesados, y en el centro una piedra grande, redonda, de un color rojo tan oscuro que parece sangre vieja coagulada. Es hermoso, sí, de una belleza cruel y antigua, pero al verlo, solo puedo pensar en una cosa: una prisión.

—El símbolo definitivo, Leonor —explica, mientras lo sostiene en el aire para que yo lo vea bien—. Una tradición antigua en nuestro linaje. Solo la esposa, la reina, puede llevarlo. Nadie más que yo podrá quitarlo de tu cuello una vez cerrado. Es la marca de la propiedad absoluta.

Se acerca a mí. Me quedo inmóvil, rígida, mientras levanta el metal para pasarlo por mi cuello. Siento el frío del oro rozando mi piel, un frío que me quema, que me hace querer retroceder, huir, desaparecer. Oigo el sonido metálico, seco y definitivo, del broche al cerrarse. Un clic que resuena en mis oídos como el final de mi libertad.

—Ahora eres mía ante la ley, ante tu padre y ante todos —continúa él, mientras ajusta la pieza con dedos que me dan ganas de arrancarle uno a uno—. Nada ni nadie podrá separarnos. Pronto llegará la luna nueva, nos uniremos en el ritual de sangre, y seremos la pareja más poderosa que este reino haya conocido. Tú serás mi reina. Y juntos, destruiremos a cada uno de esos perros sarnosos que se atreven a vivir al otro lado de la frontera.

Enuncia su discurso con solemnidad, y luego acorta la distancia entre nosotros.

—Ahora eres mía —susurra contra mi oído, y su aliento helado me recorre la espalda.

Me toco el collar con la punta de los dedos. Es pesado. Me aprieta levemente la garganta, como si ya me estuviera ahogando. Siento ganas de arrancármelo, de tirarlo, de escupirle a la cara y decirle que nadie es dueño de mí. Pero no lo hago. Solo inclino levemente la cabeza, en un gesto que cualquiera tomaría por sumisión o gratitud, mientras mi corazón golpea contra mis costillas con una furia salvaje.

“No soy tuya. Nunca seré tuya. Yo ya tengo dueño. Yo ya llevo una marca, y esa marca no es de oro, es de sangre y de luna”, pienso, con rabia.

Y entonces sucede.

En cuanto levanto la vista, mis ojos se dirigen instintivamente hacia el horizonte, hacia la línea difusa donde termina este reino de piedra y empiezan los bosques oscuros, las tierras prohibidas, su territorio.

Y lo siento.

Es algo que va más allá de la vista o el oído. Es una corriente eléctrica que recorre cada hueso de mi cuerpo, un calor repentino que contrasta con el frío del collar, un latido sincronizado con el mío. Él está ahí.

En lo alto de esa colina cubierta de niebla, escondido entre los árboles, siento sus ojos dorados clavados en mí. No lo veo, pero lo sé. Lo siento con la misma certeza con la que sé que respiro. Siento su rabia. Siento su dolor. Siento cómo cada palabra de Talius, cada toque, cada gramo de este oro maldito, le ha atravesado a él como una daga.

Siento que está a punto de saltar, de bajar corriendo, de destrozar todo lo que se interponga para llegar a mí. Y, por un segundo, deseo que lo haga. Deseo que aparezca, que me arranque de aquí, que me lleve lejos, aunque nos maten en el intento.

—¿Leonor? ¿Te encuentras bien? —la voz de Talius me saca de golpe de esa conexión. Me mira con una ceja levantada, sospechosa, notando mi repentina distracción.

Parpadeo rápido, recuperando la máscara, y aparto la vista del bosque con lentitud calculada.

—Sí... solo ha sido un mareo. El peso de... la noticia. La emoción, supongo —miento con una dulzura que sé que él cree.

Asiente, satisfecho con mi respuesta, y reanudamos la caminata de regreso hacia el castillo. Pero yo voy diferente. Ya no soy la misma mujer que salió de estas puertas hace unos minutos. Algo ha cambiado dentro de mí. Él lo vio. Él lo sabe. Y si él es capaz de estar ahí, arriesgando su vida solo para verme... entonces yo también soy capaz de arriesgar la mía.

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