Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 10
El rugido del motor del todoterreno blindado se apagó en cuanto el vehículo cruzó el portón de hierro de una antigua y masiva propiedad de estilo industrial, oculta en los límites periféricos de la ciudad. Este no era un lugar que figurara en los mapas turísticos ni en los registros comerciales de la alta sociedad; era una fortaleza de alta seguridad, el cuartel operativo controlado por el clan de la mafia que había rescatado a Alex veintidós años atrás. Aquí, la tecnología de punta y la arquitectura rústica se mezclaban para crear el camuflaje perfecto.
Alex Mendoza bajó del coche, aflojándose la corbata del esmóquin con un gesto cansado. En cuanto sus botas pisaron el hormigón, desarmó por completo la postura rígida de guardaespaldas que había mantenido toda la noche en el Hotel Lumina. El aroma de su lobo Alfa Supremo, reprimido durante horas para no delatarse ante Arthur Smith, emergió con una fuerza salvaje y posesiva, inundando el aire con notas de cedro, acero y una intensa autoridad que hizo que los guardias de la entrada inclinaran la cabeza en señal de respeto absoluto.
Cruzó los pasillos de hormigón visto y pantallas táctiles de vigilancia hasta llegar a la sección más profunda y resguardada de la propiedad: una residencia privada, diseñada con un gusto clásico, alejada del ruido de las armas y los negocios del clan. Un oasis de paz en medio del submundo criminal.
Al abrir la puerta de roble, el aroma a té de manzanilla, lavanda y la inconfundible fragancia pacífica de una Luna madre lo recibieron, apaciguando de inmediato los instintos violentos de su lobo.
Sentada en un sillón junto al ventanal que daba a un jardín interno, Elena Claims —quien ahora vivía bajo el resguardo absoluto de su hijo— observaba el exterior. A pesar de los años transcurridos y de las marcas invisibles que aquella trágica noche habían dejado en su alma, conservaba la elegancia serena y la mirada protectora que la caracterizaban desde su juventud.
—Sabía que vendrías esta noche, mi muchacho —dijo Elena con una voz suave pero firme, girándose para ver a su hijo entrar.
Alex se acercó a ella a pasos rápidos y, rompiendo toda la coraza de frialdad que mostraba ante el mundo, se acuclilló a su lado, tomando sus manos entre las suyas.
—No podía empezar mañana en esa mansión sin verte primero, mamá —respondió Alex, con un barítono que ahora sonaba cálido y lleno de una devoción profunda—. El plan ya está en marcha. Hoy estuve a menos de un metro de Arthur Smith. Caminé detrás de su hija. Vi de cerca el imperio que levantaron con la sangre de mi padre.
Elena cerró los ojos por un segundo, apretando las manos de su hijo. El nombre de su esposo fallecido seguía siendo una herida compartida, un eco de justicia que ambos llevaban tatuado en el pecho.
—¿Te reconoció? —preguntó ella, con una chispa de lógica y preocupación maternal en sus ojos—. Arthur es un zorro viejo y paranoico, Alex. El olor, tus facciones...
—No sospecha nada —la tranquilizó él, esbozando una sonrisa gélida—. El camuflaje del clan funcionó a la perfección y mis registros falsos están blindados. Para él, solo soy Alex Mendoza, un mercenario eficiente contratado para proteger a su posesión más valiosa. Mañana me darán acceso total a la mansión de los Smith para evaluar la seguridad. Estaré en su propio terreno, sembrando las herramientas para destruirlo desde adentro.
Elena acarició la mejilla de su hijo, contemplando la madurez y la imponente fuerza en la que se había convertido aquel adolescente de quince años que arrastró fuera del fuego. Sin embargo, como antigua Luna de una manada, sus instintos eran agudos. Percibió una nota discordante en el aroma de Alex, una agitación mística que su hijo intentaba ocultar debajo de su sed de venganza.
—Hay algo más, Alex. Tu lobo está inquieto —señaló Elena, entornando los ojos con suavidad—. Tu aroma no solo destila el odio de la línea Claims. Hay una vibración de reclamo en tus venas. ¿Qué pasó en esa gala?
Alex apretó la mandíbula, desviando la mirada por una fracción de segundo antes de confesar el giro del destino que amenazaba con complicarlo todo.
—La hija de Arthur... Dana. En cuanto nuestras miradas se cruzaron en la terraza, el lazo se activó, mamá. Mi lobo la reclamó al instante. La Luna destinada del Alfa Supremo es la hija del asesino de mi padre. Ella no sabe nada, es completamente ajena a los monstruos que la rodean, pero su sangre es la misma que ordenó nuestra ejecución.
Elena guardó silencio, asimilando la revelación con una madurez profunda. No mostró ira, sino una inmensa sabiduría. Sabía que los hilos del destino de los Lycans eran inquebrantables y que el universo tenía formas muy retorcidas de cobrar las deudas del pasado.
—El destino no comete errores, hijo mío, aunque a veces nos parezca una maldición —dijo Elena, sosteniendo la mirada gris tormentosa de Alex—. Dana Smith es inocente del pecado de su padre, pero es la llave de su ruina. Tu lobo la quiere como su compañera, pero tu sangre exige justicia por los Claims. Tendrás que ser más fuerte y calculador que nunca. No dejes que el lazo te debilite ante el enemigo; úsalo para blindar tu posición.
Alex se puso en pie, enderezando su colosal estatura. La fragilidad del encuentro familiar se evaporó, devolviendo a la superficie al implacable Alfa de la mafia que estaba listo para la guerra.
—No me voy a debilitar, mamá. Arthur Smith me va a entregar su imperio pensando que cuido a su hija, y cuando se dé cuenta de quién soy en realidad, ya no le quedará nada. Cobraré cada gota de sangre de mi padre.
Le dio un tierno beso en la frente a Elena, despidiéndose en el silencio de la noche. Mañana, las puertas de la mansión Smith se abrirían para él, y Alex Mendoza entraría no como un sirviente, sino como el verdugo invisible de un imperio construido sobre cenizas.