En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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9°
...Isabella Conti...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
...2 años después...
—Sabes perfectamente que si te pones una bolsa de basura encima, aun asi serías la mujer más preciosa de toda Italia —la voz profunda y aterciopelada de Leonardo Bianchi resonó en la habitación, cargada de esa calidez tan típica del sur.
—Ajá, sí, claro, Leo. Tú me miras con ojos de absoluto amor —le respondi con una sonrisa ligera, observándolo a través del reflejo del espejo de mi tocador mientras terminaba de acomodar mi vestido.
Él sonrió de esa manera suya que iluminaba sus facciones habitualmente duras. Con pasos felinos y seguros, se acercó a mí por la espalda y me rodeó la cintura con sus brazos fuertes, pegando su cuerpo al mío. Colocó su mentón sobre mi hombro, aspirando el aroma de mi cuello, y clavó sus ojos oscuros en los míos a través del cristal.
—Desde el primer día en que te vi trabajando en aquella cafetería del centro, te robaste mi aliento, Isabella. No he vuelto a ser el mismo desde entonces. Sei la donna perfetta per me (Eres la mujer perfecta para mi) —susurró, dejando un beso tierno y pausado en mi mejilla.
Sintiendo un calor agradable expandirse por mi pecho, me giré entre sus brazos para quedar frente a frente.
—Sei il mio salvatore (Eres mi salvador) —le respondí, regalándole una sonrisa sincera.
Aprender italiano con Leonardo a mi lado había resultado una tarea sorprendentemente fácil. Él tenía una paciencia infinita conmigo, me apoyaba en absolutamente cada decisión y siempre, sin importar qué tan caótico fuera su mundo, estaba ahí para mí. Llevábamos saliendo formalmente un año. Lo había conocido meses después de que ocurriera la tragedia de mi madre en Moscú. Las cosas habían tomado su tiempo, pero tres meses después del funeral, mi papá finalmente comenzó a ser él mismo otra vez, su mente regresó de la neblina del shock y fue dado de alta de la clínica. Vendimos la casa de San Petersburgo, un capítulo que dolió cerrar pero que era necesario. Mi padre me entregó el treinta por ciento del valor de la venta para que yo hiciera mi vida, y con el resto puso un negocio propio en sociedad con mis abuelos en la capital rusa.
Cuando todo se estabilizó, hablé seriamente con él. Le confesé que estar en Rusia me ahogaba, que cada rincón me recordaba lo que habíamos perdido y que necesitaba empezar de cero en un lugar completamente nuevo. Él, con todo el amor de un padre que quiere ver a su hija sonreír otra vez, me alentó a marcharme. Así fue como terminé aquí, en Reggio Calabria, justo en la punta de la bota italiana. Es un lugar verdaderamente hermoso, rodeado por el mar y el sol.
Antes de mudarme, utilicé mis habilidades informáticas para hacer una jugada maestra, creé una serie de cuentas falsas, completamente encriptadas e irrastreables ante los ojos de cualquier gobierno... o mafia. Ahí deposité mis ahorros de Techno Tecnológik, el dinero de la cafetería y el porcentaje que mi papá me habia dado. Con eso me compré este pequeño pero acogedor apartamento en el quinto piso, que contaba con una vista increíble de la ciudad y el mar. Conseguí un trabajo de tiempo completo en una cafetería gourmet local y tomé una decisión radical, no volví a abrir una sola red social, ni a usar mi nombre real en plataformas públicas. Mi número de teléfono era completamente nuevo, una línea blindada que solo tenían cinco personas en el mundo, mis abuelos, mi papá, Leonardo, Mía —una chica encantadora a la que le rentaba la otra habitación del apartamento para tener compañía, y obvio, Matías, el mejor amigo y mano derecha de Leonardo. Todos ellos tenían estrictamente prohibido compartir mi contacto con cualquiera sin mi consentimiento explícito.
Tal vez para una persona comun todo esto sonaría como una paranoia exagerada, una locura de película. Pero yo sabía la verdad. Investigue en secreto durante los primeros meses y supe que Alexei Morózov, moviendo cielo y tierra, intentaba rastrearme día y noche. El líder de la Bratva había desatado una cacería silenciosa en mi búsqueda. Fue una pelea digital encarnizada y dura contra los algoritmos de rastreo de él y de Nikolai, una guerra de codigos en la que tuve que borrar cada huella digital que dejé en Rusia, pero les gané. Logré evitar que me encontrara.
Y aqui estaba, dos años después de mi huida de San Petersburgo y un año y medio después de instalarme en Italia, con un nuevo trabajo que disfrutaba, un apartamento hermoso y al lado de un hombre que, irónicamente, resultó ser el líder de la 'Ndrangheta, la mafia más poderosa y peligrosa del país. Al principio, cuando descubrí la verdad sobre los negocios de la familia Bianchi, me asusté muchísimo. El pánico de volver a caer en las redes de un monstruo me paralizó. Pero Leonardo resultó ser la antítesis de lo que yo temía. Él y Matías, al notar mi constante estado de alerta, no me juzgaron; en lugar de eso, me enseñaron a defenderme, a usar armas de fuego, a leer los movimientos de un atacante y a estar lista para cualquier amenaza. Dejé de lado mi carrera de programación y las prácticas universitarias, pero no me importaba. Leonardo sabía perfectamente que yo era una maldita genio con las computadoras, pero jamás, ni una sola vez, había intentado usarme o presionarme para que me involucrara en su negocio familiar, y eso era algo que le agradecía con el alma.
A los ojos de la organización, yo no era una herramienta. Yo era simplemente la chica que había logrado que el implacable líder de la mafia calabresa volviera a sonreír con los ojos. Sus padres me adoraban como a una hija, me abrían las puertas de su villa con un cariño genuino y yo los quería de la misma manera, Tenía, después de tanto sufrimiento, una vida feliz. A pesar de las cicatrices del pasado, sentía que respiraba de verdad. Aunque, en ocasiones, el viejo hábito regresaba y seguia guardándome mis sentimientos más profundos en una caja fuerte dentro de mi mente.
—Deja de verme de esa manera, Leo, que me pones nerviosa —le dije, dándole un golpecito juguetón en el pecho para que rompiera el contacto visual intenso que me dedicaba. Él soltó una carcajada baja, un sonido que me encantaba—. Anda, muévete, que tus papás nos están esperando para la cena de domingo.
—Tus deseos son órdenes, bellissima —respondió él, asintiendo con la cabeza.
Tomó mi mano con delicadeza, entrelazando nuestros dedos, y depositó un tierno beso sobre mis nudillos antes de guiarme hacia la salida.
Salimos de mi apartamento en el piso cinco, tomamos el ascensor en silencio compartiendo sonrisas cómplices y bajamos hacia el área del estacionamiento privado del edificio. Ahí, brillando bajo las luces de la estructura, se encontraba su imponente Ferrari rojo, una máquina que rugía como un demonio en las carreteras de la costa. Subimos al vehículo y acomodé mi vestido mientras él encendía el motor, provocando una vibración que se sentía en el pecho.
Al lado de Leonardo Bianchi, me había acostumbrado por completo a la velocidad, a la adrenalina pura y a una que otra persecución a alta velocidad por las cerradas curvas de Calabria cuando algún rival intentaba medir fuerzas. Al final, nada grave que él y sus hombres no supieran resolver en cuestión de minutos. Mientras el Ferrari salía al carril principal y aceleraba, dejándome pegar al asiento, no pude evitar pensar con ironía que mi destino parecía estar irrevocablemente ligado a terminar con algún mafioso. O al menos eso fue lo que creí la noche en que, bajo las estrellas del Mediterráneo, miré a los ojos a Leonardo y le confesé que él también me gustaba, que me volvía loca y que estaba lista para arriesgarme a su lado.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro