Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El hombre que hablaba con la luz.
La sal lo recibió incluso antes de que la puerta automática del aeropuerto Juan Gualberto Gómez terminara de abrirse. No era una sal agresiva, sino una caricia pegajosa y cálida que se adhirió a la piel de Álix como un presagio. Cerró los ojos por un instante bajo el sol implacable de mediodía, dejando que el aire denso, con olor a combustible y a un dulzor vegetal lejano, llenara sus pulmones. Venía de un París gris y lluvioso, de un invierno del alma que se había prolongado más de la cuenta. Buscaba el sol, sí, pero sobre todo buscaba el silencio. Un silencio que no encontrara en el eco de su apartamento vacío, ni en las páginas en blanco que lo acusaban cada mañana.
El traslado en un Chevrolet descapotable de los años cincuenta, de un color rojo desvaído por el tiempo y la brisa marina, fue como viajar en una máquina del tiempo hacia una postal. La carretera se deslizaba junto a una costa que iba revelándose en fragmentos de azul intenso, como promesas susurradas entre palmerales. El conductor, un hombre mayor de nombre Orlando y sonrisa fácil, hablaba de béisbol y de la calidad del ron, pero Álix apenas lo escuchaba. Su mente, entrenada para capturar la belleza, estaba saturada. El contraste del óxido anaranjado de un viejo muelle contra el verde esmeralda de la vegetación. La silueta recortada de un pescador solitario contra el horizonte infinito. El turquesa. Ese color que, por primera vez en meses, le hizo cosquillas en el pecho y le recordó lo que significaba estar vivo.
—Monsieur, bienvenido al Meliá Internacional —la recepcionista, una mujer de porte elegante y un moño tirante que le estiraba la sonrisa, le tendió la llave con una eficiencia mecánica—. Su bungalow está listo. Vista al mar, tal como lo solicitó.
Pero Álix no pidió que le mostraran el camino. Dejó su maleta en la recepción con un gesto ausente y caminó como un autómata, atravesando el vestíbulo de mármol pulido y grandes columnas. Sus pasos lo guiaron directamente hacia la terraza principal, un balcón abierto al paraíso. Al apoyar las manos en la barandilla de piedra caliente, el mundo se resumió a una sola imagen: el mar de Varadero.
No era un azul cualquiera. Era una acuarela divina donde se fundían el zafiro más profundo con el aguamarina más claro, un degradado hipnótico que se extendía hasta besar una franja de arena tan blanca y fina que parecía harina de coral. Y en el centro de esa inmensidad líquida, una extensión perfecta, lisa como un espejo, de un color que revolvió todos los archivos de su memoria cromática: un azul turquesa tan puro, tan vibrante, que dolía mirarlo. Era el color de lo imposible.
Se quedó allí minutos, o quizás horas. El tiempo había dejado de tener sentido. Sacó su cámara, una vieja Leica analógica que se negaba a jubilar, y enfocó. El clic del obturador sonó como un acto sagrado, un intento fútil de aprisionar la infinitud. Sabía que ninguna fotografía podría hacer justicia a esa gama de colores. Algo en ese mar se resistía a ser capturado por completo, como si guardara un secreto.
Fue en ese instante, con la cámara aún pegada al ojo, cuando la vio.
No era la figura de una turista. No llevaba un pareo brillante ni un cóctel en la mano. Caminaba por la orilla, con el agua cubriéndole los tobillos, vestida con el uniforme azul marino del hotel, remangado hasta las rodillas. Llevaba una tablilla sujetapapeles en una mano y un radiotransmisor en la cintura, pero lo que la hacía extraordinaria era su danza. Parecía ajena a todo, absorta en una coreografía silenciosa con el mar. Se agachaba aquí para recoger una concha, examinarla y devolverla al agua con una delicadeza reverencial. Allí, giraba su rostro hacia el sol, dejando que la brisa alborotara una melena castaña cobriza que escapaba de una coleta mal sujeta.
Álix ajustó el enfoque, atrapado por la poesía de la escena. Quería congelar ese momento, la unión perfecta entre la mujer y el mar. El encuadre era impecable. El dedo se posó sobre el disparador, conteniendo la respiración. Ella, como si hubiera sentido el peso invisible de su mirada, se detuvo en seco. El mar le lamió las pantorrillas. Se giró lentamente, con la barbilla ligeramente alzada, en actitud de búsqueda. Sus ojos, protegidos del sol por unas gafas oscuras, barrieron la línea de la playa, la piscina, la terraza. Recorrieron la fachada del hotel y, de repente, se detuvieron. Se clavaron justo donde él estaba.
Álix sintió que el aire se le escapaba del cuerpo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal a pesar del calor. A través del objetivo, la distancia que los separaba se evaporó. Solo existía ella, una figura en la inmensidad de la playa, mirándolo directamente a él. Una sonrisa, apenas insinuada, curvó sus labios. Luego, con la naturalidad de quien retoma una tarea interrumpida, se quitó las gafas de sol.
El mundo, tal y como Álix lo conocía, se fracturó y volvió a reconstruirse alrededor de un nuevo centro de gravedad: el color de sus ojos.
No podía verlos con nitidez a esa distancia, pero el sol del Caribe, cómplice, arrancó un destello imposible de aquellas cuencas. Un relámpago azul turquesa, intenso, hipnótico, líquido. El mismo color exacto que acababa de fotografiar en el horizonte del mar. Era como si el océano se hubiera concentrado, destilado y engastado en el rostro de aquella mujer. Un mar privado, personal, que lo observaba sin pestañear y le desnudaba el alma.
El clic de la cámara sonó, vacío. Un disparo al aire. Porque en ese preciso instante, Álix, el coleccionista de instantes, el cazador de luz, supo que estaba perdido. Había viajado miles de kilómetros para encontrar silencio, y en su lugar, había encontrado el mar tempestuoso y sereno a la vez en la mirada de una desconocida.
Ella volvió a calzarse las gafas, ocultando el prodigio, y reanudó su camino playa abajo, perdiéndose entre un grupo de palmeras que daban acceso a lo que parecía una pequeña instalación de conservación. La magia se rompió. El tráfico de risas y el reggae suave del bar de la piscina volvieron a inundar el ambiente. Pero para Álix, el silencio ahora era atronador. Un silencio habitado por una imagen imborrable.
Se pasó la mano por la mandíbula, notando el vello áspero de un viaje de diez horas. Se sintió ridículo, un náufrago en un hotel de lujo. Guardó la Leica en su bolsa de cuero gastado con un gesto casi violento. No necesitaba revelar la película para saberlo. El recuerdo de esos ojos ya se estaba grabando a fuego en su memoria, un negativo imborrable, más real que cualquier fotografía. Acababa de disparar la imagen más importante de su vida, y ni siquiera se había presentado.