Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 19
El todoterreno negro avanzaba de regreso por la carretera que conducía a la propiedad de los Smith. Tras el volante, Alex mantenía la vista fija en el asfalto, pero sus pensamientos estaban lejos de la conducción. La reunión con Arthur había dejado un sabor amargo en su boca; escuchar de primera mano cómo ese hombre planeaba usar a su propia hija como una simple moneda de cambio corporativa encendía la furia de su lobo.
Cuando llegó a la mansión, el silencio del mediodía envolvía los jardines. Alex estacionó el vehículo y caminó hacia la entrada principal, cruzándose en el vestíbulo con una de las empleadas del servicio.
—¿Dónde está la señorita? —preguntó con su habitual tono bajo y firme.
—En la biblioteca del segundo piso, señor. No ha querido bajar a almorzar —respondió la mujer con timidez.
Alex asintió y subió las escaleras a paso medido. Al empujar las pesadas puertas de madera de la biblioteca, lo primero que lo recibió fue el inconfundible aroma a jazmín, esta vez mezclado con una nota de melancolía que alteró de inmediato sus instintos.
Dana estaba sentada en el suelo, rodeada de viejos álbumes de fotos familiares, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en una imagen borrosa. Al escuchar los pasos, levantó la cabeza de golpe y una chispa de alivio cruzó sus ojos.
—Volviste —dijo Dana, dejando el álbum a un lado—. Mi madre me llamó hace una hora hecha una furia. Me dijo que Ricardo armó un escándalo mundial con mi padre y que habías ido a la corporación. Mendoza... ¿qué pasó? ¿Mi padre te despidió?
Alex caminó hacia ella, deteniéndose a un par de metros de distancia, contemplando la genuina angustia en su rostro.
—Sigo aquí, señorita —respondió con una leve sonrisa que suavizó las facciones de su rostro—. Su padre entendió que solo cumplía con mi deber. El señor Ricardo tendrá que buscar otro lugar para presumir su apellido.
Dana soltó un largo suspiro, apoyando las manos en el suelo mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás, soltando una risa cargada de alivio.
—No tienes idea del peso que me quitas de encima. Pensé que por mi culpa habías perdido el empleo. Mi padre está tan obsesionado con ese maldito contrato que pensé que te sacrificaría a ti con tal de tener contento al viejo de Ricardo.
Alex la observó en silencio, sintiendo cómo el lazo místico tiraba de él, instándolo a sentarse a su lado, a reconfortarla. Se obligó a mantener los pies firmes en el suelo, aunque sus ojos grises se volvieron más profundos.
—Su padre valora la eficiencia, Dana. Sabe que conmigo usted está segura —dijo, usando su nombre de pila por primera vez, lo que provocó que el corazón de la joven diera un vuelco.
Dana se quedó congelada al escuchar su nombre en los labios del Alfa. Se puso en pie lentamente, sacudiéndose el jean, y dio un paso hacia él, rompiendo la distancia de seguridad que él siempre intentaba imponer.
—Es extraño —murmuró ella, mirándolo fijamente a los ojos—. Todo el mundo en esta casa me mira como si fuera una pieza de porcelana que deben cuidar para una vitrina. Mis padres, los antiguos guardias... incluso Ricardo. Pero tú... cuando me miras, siento que ves algo más. Siento que me conoces de una forma que ni yo misma entiendo.
Alex apretó los puños ocultos en la espalda. La intuición de su Luna destinada estaba rozando el secreto que él guardaba con tanto recelo. Si ella supiera que él recordaba sus ojos desde que era una niña de cinco años, si supiera que estaba allí para desmantelar la farsa de su vida, el hechizo se rompería.
—Solo veo a alguien que merece ser protegida de verdad, señorita —respondió Alex, obligando a la frialdad a regresar a su barítono, aunque la cercanía de su aroma lo estaba volviendo loco.
Dana lo sostuvo la mirada un segundo más, antes de desviar la vista hacia los álbumes en el suelo con una mueca triste.
—A veces desearía poder recordar más —confesó en voz baja—. Mis padres dicen que cuando tenía cinco años fuimos de viaje a Europa por los negocios de la empresa, pero mis recuerdos de esa época son solo... fuego y oscuridad. Despierto por las noches sintiendo que olvidé algo vital. Como si mi vida real hubiera comenzado después de una mentira.
Alex contuvo el aliento. El incendio. Ella no lo recordaba conscientemente, pero el trauma de la noche en que los Claims fueron destruidos seguía sepultado en su mente. La compasión y la sed de venganza libraron una batalla brutal dentro del Alfa de la mafia. Dana era una víctima más de la codicia de Arthur, atrapada en la misma red de mentiras que él pretendía destruir.