Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 1
—Cariño, déjame acompañarte al hospital… —murmuró Camila con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a Santiago, convencida de que él se negaría. Pero no tenía otra opción: en los últimos días las contracciones se habían vuelto más frecuentes, y su marido jamás la había llevado al hospital.
—No hace falta que vayamos juntos. Toma un mototaxi —respondió Santiago con frialdad, sin apartar los ojos del teléfono. Como si le avergonzara salir junto a su esposa.
Camila, furiosa, le arrebató el teléfono de las manos. Apenas pasaba unas horas en casa, y las dedicaba todas a esa pantalla.
—¡Insolente! —Santiago se puso de pie para recuperar el teléfono que Camila escondía a su espalda.
—¡Eres un doctor cruel! ¡Este bebé es tu hijo! —gritó Camila, estallando en llanto—. ¿Para qué te casaste conmigo? ¿Solo para hacerme sufrir? ¡¿Para qué?! —Su voz se quebró; ya no podía contener la emoción que la consumía.
¡CRACK!
Santiago logró arrebatarle el teléfono y lo estrelló contra el suelo frente a ella, haciéndolo añicos. Luego salió del dormitorio dando un portazo que retumbó por toda la casa, sin molestarse en recoger los restos.
Así era el matrimonio de Camila, la antigua enfermera convertida en esposa del doctor Santiago.
Sentada en la cama, Camila lloró recordando la noche de nueve meses atrás cuando, en esa misma habitación, se había creído la mujer más afortunada del mundo. Se tocó el rostro marchito y lleno de acné. Qué feliz había sido al casarse con Santiago, ginecólogo-obstetra de un hospital privado. Como enfermera, siempre lo había asistido en las consultas y los partos.
El doctor Santiago no solo era guapo, sino también amable y cortés con las pacientes que acudían a revisión o a dar a luz; parecía atenderlas con genuina entrega y sin esperar nada a cambio. Para Camila y para todas aquellas madres que apostaban la vida en el parto, Santiago era un ángel. Ser atendida por él era un privilegio: la madre salía sana del hospital con un bebé igual de sano entre los brazos.
Pero aquella aureola de ángel se desintegró ante los ojos de Camila justo al terminar la noche de bodas.
Esa noche, Santiago ejerció sus derechos de esposo sin pronunciar una sola palabra de amor. Fue un mero cumplimiento de obligaciones que a Camila le resultó doloroso. Y cuando el alba despuntó en el segundo día de su matrimonio, Santiago se convirtió en un témpano de hielo que Camila no podía tocar.
Recordaba el momento en que Santiago le propuso matrimonio: Camila se sintió flotar entre las nubes. «¿Está seguro de que quiere casarse conmigo, doctor?». Consciente de que no era bonita, se sentía en desventaja junto a él.
«Me caso contigo porque eres buena persona, Camila. El aspecto físico no es un obstáculo.»
Esas palabras parecían de ayer, pero tras el trato que Santiago le había dado todo este tiempo, Camila sentía que llevaba años viviendo en el infierno.
Tres días después de la pelea.
—¿Llegas ahora? —preguntó Camila al oír la puerta del dormitorio, recibiéndolo con una sonrisa cálida, aferrándose a la esperanza de salvar su matrimonio por el bien del hijo que llevaba dentro. El reloj marcaba las dos de la madrugada.
—Hmm… —fue toda la respuesta. Santiago entró sin siquiera mirarla y comenzó a desabrocharse el primer botón de la camisa.
—Déjame ayudarte —dijo Camila poniéndose frente a él, contemplando las líneas de agotamiento en aquel rostro severo. Pero su expresión se ensombreció cuando él le apartó las manos.
—¿Quieres que te prepare café, té o leche? Yo me encargo —ofreció, buscando cualquier pretexto para iniciar una conversación.
Santiago detuvo el movimiento de sus manos y la miró a través del espejo del tocador.
—No hace falta, Camila. Acuéstate. No te hagas parecer una sirvienta de esta casa. Solo quiero bañarme y dormir —espetó antes de desaparecer en el baño.
Camila no pudo contener las lágrimas. Aquellas palabras le atravesaron el corazón como hojas de afeitar. No era la primera ni la segunda vez que Santiago trataba su cariño como una molestia. Desde que se habían casado, Camila se sentía un adorno más de aquella mansión. Presente, pero considerada una mota de polvo.
—Tranquilo, mi amor… Perdona a mamá si no te sientes cómodo con esta vida. Te prometo que, en cuanto nazcas, pediré el divorcio y viviremos felices, solo tú y yo —susurró acariciando su vientre abultado. El bebé se movió con brusquedad, como protestando, como si tampoco quisiera seguir en esa situación.
Tal era la suerte de Camila: aunque Santiago solo le había concedido su deber conyugal aquella única noche de bodas, Dios le había regalado una criatura en el vientre. La ecografía confirmó que era varón.
Pero había algo más: durante los nueve meses de embarazo, Santiago no le había tocado el vientre ni una sola vez. Ni siquiera había examinado a su propio hijo. Camila salió del dormitorio principal sujetándose la barriga. Dormía en una habitación más pequeña, sola cada noche, desvelada a menudo pensando en aquel matrimonio que la atormentaba un poco más cada día.
Tumbada en la cama, se preguntó dónde estaba su error. ¿Acaso cocinaba mal, por eso Santiago nunca probaba su comida? ¿O había otra mujer? Quizá la respuesta era más simple: Camila no era guapa, su piel no era clara como la de las mujeres de la ciudad, y su rostro lleno de acné se oscurecía cuando la piel se resecaba.
A la mañana siguiente, después de ayudar a Nana a cocinar, las contracciones de Camila se hicieron más frecuentes. Se armó de valor y fue a buscar a su marido al dormitorio. Llamó a la puerta sin obtener respuesta, así que empujó con suavidad; no estaba cerrada con llave. Dentro, Santiago se abotonaba una camisa sin volverse a mirarla.
—Cariño, los retortijones son cada vez más seguidos. Por favor, examíname antes de irte —suplicó Camila con los ojos llenos de esperanza. Pero Santiago seguía siendo Santiago: un hombre capaz de apagar su instinto médico justo frente a su propia esposa.
—Cariño… —musitó Camila.
Santiago, ocupado en ajustarse la bata blanca, apenas le lanzó una mirada desinteresada.
—Estoy agotado, Camila. En el hospital atiendo a decenas de pacientes. No seas caprichosa; las contracciones son un proceso natural. Estarás bien —respondió con frialdad. Aquella voz que solía tranquilizar a sus pacientes ahora le desgarraba el alma a la mujer que, supuestamente, era su esposa.
—Bien, si tú no quieres, llamaré a otro médico —amenazó Camila, completamente en serio. Hasta ahora había acudido a una partera para no avergonzar a su marido frente a sus colegas. Pero ya le daba igual.
—No me humilles, Camila. ¿Qué van a decir mis colegas cuando vean que la mujer de un ginecólogo se atiende con otro médico? Quédate en casa. Cuando llegue el momento, llama a la partera más cercana —zanjó Santiago, y agarró su maletín para marcharse.
—¡Espera! —Camila lo fulminó con la mirada, pero Santiago ni la vio. Se detuvo, sí, pero de espaldas a ella—. Eres cruel. ¡Despiadado! —gritó, y las lágrimas le corrieron por las mejillas mientras sacudía los hombros de aquel hombre que parecía una estatua.
—¿Hasta cuándo vas a torturarme? —sollozó, devastada—. ¡Contéstame!
La rabia que Camila había reprimido durante meses finalmente estalló.
Santiago se volvió con los ojos entrecerrados.
—Todo este tiempo te he dado lujos, Camila. Duermes en un colchón mullido, comes bien, vives en una mansión, y cada mes te llega dinero sin falta. ¿Eso no te basta? —respondió sin una pizca de compasión, y se marchó cerrando la puerta con un golpe que resonó en toda la casa.
—Dios mío… ¡Ya no puedo más! —Camila se desplomó en el frío suelo, llorando a gritos, hasta que sintió unas manos que la ayudaban a levantarse.
—Paciencia, niña… Que Dios me perdone… —Nana la abrazó estrechamente.
—No puedo más, Bi. Déjame morir…
—Pide perdón a Dios, niña. No estás sola: hay un bebé inocente aquí dentro —dijo Nana acariciándole el vientre con suavidad.
Camila pidió perdón a Dios y, con la ayuda de Nana, regresó a su habitación.
Esa noche, el líquido amniótico de Camila le corrió por las pantorrillas en el silencio de su cuarto, como compitiendo con la lluvia torrencial que caía afuera. Camila miró el reloj de pared: medianoche exacta.
Se mordió el labio para aguantar el dolor que le atravesaba el vientre. En su dormitorio, Santiago probablemente ya dormía, o quizá aún no había vuelto. Camila no iba a suplicarle otra vez. Tomó el teléfono y llamó a alguien.
—¿Diga?
—Diga… Ayúdame, por favor —dijo Camila con voz temblorosa, explicando que había roto aguas.
—Espera, voy a buscarte —respondió aquella persona, y colgó.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, Camila salió y se sentó en la silla del porche a esperar. La luz del techo iluminaba su rostro pálido. No pudo resistir más y se desplomó inconsciente.
—¡Señor! ¡La señorita Camila, señor! —Nana corrió al dormitorio a llamar a Santiago.
Con el rostro impasible y sin decir una palabra, Santiago caminó hacia la puerta. En el umbral, oyó los gemidos de Camila que llegaban desde el porche.
Continuará…