Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 11: El mensaje que cambió el rumbo
Habían pasado dos meses desde el último desorden de mi vida en Manzanares, Caldas.
El pueblo seguía igual: frío en las mañanas, neblina bajando por las montañas, gente caminando sin afán como si el mundo no tuviera peso. Pero yo sí lo sentía.
Yo tenía 23 años.
Y aunque por fuera todo parecía normal, por dentro uno ya carga cosas que no se van fácil: recuerdos, silencios, y decisiones que uno no sabe si hizo bien o mal.
Ese día estaba en la casa.
La mansión estaba silenciosa como siempre. Demasiado grande para un solo sonido, demasiado vacía para tantas habitaciones.
Yo estaba en mi cuarto, sentado en la cama, con el celular en la mano. No estaba haciendo nada importante, solo mirando la pantalla, pensando en cosas sueltas.
El celular vibró.
Un mensaje.
De Valeria Cárdenas.
Mi mejor amiga.
La misma que siempre había estado ahí, en los momentos buenos y en los peores.
Abrí el chat.
Valeria: —“Edwin… ¿estás ocupado?”
Le respondí:
—“No, dime.”
Pasaron unos segundos.
Luego otro mensaje.
Valeria: —“Es que ya soy mayor de edad…”
Yo fruncí un poco el ceño.
—“Sí, ya lo sé.”
Ella siguió.
Valeria: —“Y pues… quería conversarle algo.”
Yo me acomodé en la cama.
Sentí que esta conversación no era normal.
—“Dime pues” —le respondí.
Pasaron unos segundos largos.
Luego escribió:
Valeria: —“Es que usted me gusta demasiado…”
Me quedé mirando la pantalla.
Sin moverme.
Sin escribir.
Solo leyendo.
Ella continuó:
Valeria: —“Yo quería ver si usted quería intentar algo conmigo…”
El cuarto estaba en silencio total.
Solo el viento afuera moviendo las ventanas.
Respiré hondo.
No era una decisión fácil.
Porque Valeria no era cualquier persona.
Era la que había estado cuando nadie más estuvo.
La que me sostuvo cuando todo se cayó.
Tomé el celular.
Y escribí.
—“Valeria…”
Esperé.
Ella respondió rápido.
Valeria: —“Sí…”
Yo seguí:
—“Tú sabes que eres muy importante para mí.”
Ella escribió:
Valeria: —“Yo también te quiero…”
Yo me quedé pensando.
Miré el techo un segundo.
Luego escribí:
—“Pero yo no estoy en un momento fácil para algo así.”
Silencio.
Ella respondió:
Valeria: —“No te estoy pidiendo perfección…”
Yo suspiré.
Escribí:
—“Lo sé.”
Me quedé un momento quieto.
Luego seguí:
—“Es que yo he cambiado mucho… ya no soy el mismo de antes.”
Ella respondió:
Valeria: —“Yo igual quiero intentarlo…”
Ahí me quedé en silencio.
Pensando.
No era presión.
No era obligación.
Era honestidad.
Respiré hondo.
Y escribí:
—“Está bien…”
Silencio.
Ella tardó en responder.
Valeria: —“¿Está bien qué?”
Yo apreté un poco el celular.
Y escribí claro:
—“Podemos intentarlo… pero poco a poco.”
Pasaron segundos.
Luego ella respondió:
Valeria: —“¿De verdad?”
Yo asentí aunque ella no me veía.
Y escribí:
—“Sí. Pero sin afán, sin presión… paso a paso.”
Ella respondió casi de inmediato:
Valeria: —“Me parece perfecto…”
Yo sentí algo raro en el pecho.
No era emoción exagerada.
Era más como tranquilidad.
Respiré hondo.
Y seguí escribiendo:
—“Pero hay algo claro…”
Ella escribió:
Valeria: —“Dime…”
Yo fui directo:
—“Yo no estoy prometiendo nada perfecto.”
Silencio corto.
Luego ella:
Valeria: —“Yo tampoco…”
Ahí me quedé mirando la pantalla.
Y asentí.
—“Listo entonces.”
Ella escribió:
Valeria: —“¿Y ahora qué hacemos?”
Me quedé pensando un momento.
Miré por la ventana de mi cuarto.
Manzanares seguía ahí, tranquilo.
Y yo también necesitaba salir un poco de ese encierro mental.
Entonces escribí:
—“Te invito a salir.”
Silencio.
Luego ella respondió:
Valeria: —“¿Salir a dónde?”
Pensé un segundo.
No algo exagerado.
Algo tranquilo.
Algo normal.
Escribí:
—“A caminar… al parque… tomarnos algo… hablar.”
Pasaron unos segundos.
Luego ella:
Valeria: —“Me gusta la idea.”
Yo respiré hondo.
Y escribí:
—“Entonces mañana.”
Ella respondió:
Valeria: —“Mañana está bien.”
Yo dejé el celular sobre la cama.
Me quedé mirando el techo.
No sabía exactamente en qué estaba entrando.
Pero tampoco se sentía mal.
Era raro.
Pero diferente.
Por primera vez en mucho tiempo…
no era caos.
No era traición.
No era pelea.
Era algo simple.
Una invitación.
Una conversación.
Un “intentemos poco a poco”.
Y en Manzanares, donde todo parece tranquilo pero la vida por dentro no siempre lo es…
yo acababa de dar un paso que no sabía a dónde me iba a llevar… pero tampoco me daba miedo intentarlo.