Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 11
Aquella mañana abrí los ojos antes incluso de que Elena llegara a despertarme.
Por un momento me quedé observando el techo del dosel.
Estaba emocionado.
Ridículamente emocionado.
Hoy comenzarían los entrenamientos con Víctor.
Hacía años que no esperaba algo con tantas ganas.
Me incorporé rápidamente y aparté las sábanas.
Mientras me preparaba, no pude evitar recordar algo de mi vida anterior.
Cuando era joven había querido entrenar mi cuerpo.
Nada extraordinario.
Solo hacer ejercicio.
Aprender a defenderme.
Sentirme más fuerte.
Pero mi padre siempre encontraba alguna forma de burlarse.
"Los hombres de verdad no necesitan aprender eso."
"¿Para qué vas a revolcarte con otros hombres en un gimnasio?"
"Si eres hombre, sabes pelear por instinto."
Tonterías.
Muchas de las cosas que decía eran tonterías.
Pero cuando escuchas algo durante años, terminas creyéndolo.
O al menos fingiendo que lo crees.
Por eso acabé entrenando a escondidas.
Después del trabajo decía que tenía horas extras.
Y en lugar de quedarme en la oficina, asistía a un pequeño dojo donde enseñaban artes marciales mixtas.
No era especialmente bueno.
Pero me gustaba.
Me hacía sentir capaz.
Libre.
Y después de lo ocurrido con Andrei...
una parte de mí no podía evitar preguntarse si las cosas habrían sido diferentes.
Si hubiese sido yo quien estuvo encerrado en aquella habitación...
¿Habría logrado defenderme?
¿Habría podido detenerlos?
La pregunta apareció.
Y la aparté inmediatamente.
No tenía sentido pensar en eso.
Lo ocurrido ya no podía cambiarse.
Suspiré.
Tal vez por eso me emocionaba tanto este entrenamiento.
Porque por primera vez desde que desperté en este mundo sentía que estaba avanzando hacia algo.
Aprendiendo algo.
Construyendo algo.
Y porque, siendo completamente sincero conmigo mismo...
las espadas siempre me habían parecido geniales.
Otra cosa de la que nunca hablé en mi antigua casa.
Mi padre se habría burlado durante semanas si me hubiera escuchado decirlo.
Sonreí para mí mismo.
Quizás aquel nuevo mundo tenía demasiadas cosas extrañas.
Pero al menos aquí podía entusiasmarme por una espada sin que nadie me llamara ridículo.
Terminé de vestirme más rápido de lo habitual.
Y cuando Elena abrió la puerta de la habitación unos minutos después, me encontró completamente listo.
La joven parpadeó sorprendida.
—Amo Andrei...
—¿Sí?
—Son las seis de la mañana.
Miré hacia la ventana.
Todavía estaba oscuro.
—Oh.
—El amo Víctor dijo que comenzaban a las siete.
—Oh.
Elena suspiró.
—Voy a pedir el desayuno.
—Buena idea.
Mi estómago eligió ese momento para rugir.
Y por alguna razón, la expresión de Elena pareció decir:
"Este entrenamiento va a ser interesante."
---
En el comedor ya se encontraban Gael y Víctor.
Ambos levantaron la vista cuando entré.
Y ambos sonrieron.
No pude evitar preguntarme por qué.
—¿Qué?
—Nada —respondió Gael mientras tomaba un sorbo de té.
—Nada —repitió Víctor.
Los dos intercambiaron una mirada.
Eso solo me hizo sospechar más.
Durante el desayuno hablaron de temas triviales.
Negocios.
Algunos problemas con una caravana comercial.
El estado del clima.
Yo apenas prestaba atención.
Porque estaba demasiado concentrado esperando el entrenamiento.
Al parecer mi impaciencia era evidente.
—Andrei.
—¿Sí?
—Te estás comiendo el pan como si quisieras terminar antes que él.
Gael ocultó una sonrisa detrás de su taza.
Yo carraspeé.
—Tal vez.
Víctor soltó una carcajada.
—Tranquilo. Las espadas no van a huir.
Aquello solo empeoró mi emoción.
Cuando finalmente terminamos, nos dirigimos al campo de entrenamiento ubicado detrás de la mansión.
Era un espacio amplio.
Con muñecos de práctica.
Arcos.
Dianas.
Y varias armas colocadas en soportes.
Mis ojos fueron inmediatamente hacia una enorme espada apoyada a un costado.
Era hermosa.
Imponente.
Prácticamente brillaba bajo el sol de la mañana.
—¿Cuál me toca?
Pregunté casi de inmediato.
Víctor siguió mi mirada.
Y luego comenzó a reír.
No una risita.
Una carcajada completa.
—¿Esa?
—Sí.
—¿La espada?
—Sí.
Víctor se llevó una mano al rostro.
—Andrei.
—¿Qué?
—Con ese cuerpo flacucho te vas a romper un brazo antes de terminar el primer movimiento.
—No estoy tan flaco.
—El viento podría secuestrarte.
—Exagerado.
—Estoy siendo amable.
Desde una distancia prudente, Gael observaba la conversación claramente divertido.
—Primero hay que ponerte en forma.
Mi entusiasmo comenzó a tambalearse.
—¿Qué significa eso?
Víctor sonrió.
Y de repente tuve un mal presentimiento.
—Diez vueltas al campo.
—¿Qué?
—Diez vueltas.
—¿Y la espada?
—Después.
—¿Después de las diez vueltas?
—Después de muchas más cosas.
—Esto es una estafa.
—Corre.
—Víctor...
—Corre.
Suspiré.
Y comencé a correr.
La primera vuelta fue sencilla.
La segunda también.
Durante la tercera seguía sintiéndome bastante bien.
En la cuarta comencé a notar que respirar era importante.
Para la quinta estaba reconsiderando todas las decisiones que me habían llevado hasta allí.
Y al terminar la sexta estaba convencido de que mi hermano intentaba asesinarme.
Levanté la vista.
Víctor seguía apoyado tranquilamente contra una cerca.
—¿Cuántas faltan?
—Cuatro.
—Te odio.
—Solo faltan cuatro.
—Te odio muchísimo.
La sonrisa de Víctor se hizo más amplia.
—Perfecto.
Todavía tienes suficiente aire para seguir corriendo.
---
Creyendo que mi martirio había terminado cuando completé las diez vueltas, volví a emocionarme.
Por fin.
Ahora sí comenzaría lo bueno.
Me acerqué tambaleándome hacia donde estaban Víctor y Gael.
—Listo... —jadeé—. He hecho las diez vueltas.
Intenté ponerme derecho.
Mi cuerpo decidió que no estaba de acuerdo.
—Ahora sí, Víctor. ¿Cuál es mi espada? Dime cómo debo pararme y todas esas cosas.
Cada palabra iba acompañada de una respiración.
Porque al parecer mis pulmones habían decidido abandonar sus funciones.
Respiraba por la boca.
Por la nariz simplemente no entraba suficiente aire.
Gael observó la escena durante unos segundos.
Luego soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la mesa donde estaba sentado.
—¿Qué? —pregunté confundido.
Aquello solo hizo que se riera más.
—Nada, hijo.
—Definitivamente es algo.
—Es solo que...
Volvió a reír.
—Nunca te había visto tan emocionado por algo.
Fruncí el ceño.
Luego miré a Víctor.
Esperando respuestas.
Mi hermano intentó mantener una expresión seria.
Lo intentó.
Fracasó.
—Andrei...
—Sí.
—No vas a tocar una espada hoy.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Qué?
—Ni mañana.
—¿Qué?
—Probablemente tampoco esta semana.
—¿QUÉ?
Gael volvió a estallar en carcajadas.
—Víctor, creo que acabas de romperle el corazón.
—Estoy siendo realista.
Yo los observaba horrorizado.
—Pero hice las diez vueltas.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Que casi mueres haciendo diez vueltas.
Abrí la boca para protestar.
Y la cerré.
Porque desgraciadamente tenía razón.
—Este cuerpo nunca ha entrenado en serio —continuó Víctor—. Antes de aprender a usar una espada necesitas resistencia.
—Pero...
—Fuerza.
—Pero...
—Equilibrio.
—Víctor...
—Y coordinación.
Sentí deseos de llorar.
—Entonces, ¿cuándo tendré una espada?
Mi hermano pareció pensarlo.
—Cuando pueda confiar en que no vas a dejarla caer sobre tu propio pie.
—Eso es ofensivo.
—Eso es estadísticamente probable.
Gael ya estaba secándose lágrimas de la risa.
Yo, en cambio, estaba descubriendo una verdad terrible.
La espada.
La maravillosa espada.
La razón por la que me había despertado tan temprano.
Seguía tan lejos como siempre.
Suspiré profundamente.
Al parecer la tortura apenas comenzaba.
Y algo me decía que Víctor estaba disfrutando cada segundo.
---
—Parece que mi querido hermano está disfrutando mucho de esto, ¿no es así, Víctor?
Lo miré con lo que pretendía ser una mirada amenazante.
Por el modo en que él comenzó a sonreír, sospeché que se había convertido más bien en un puchero.
—Mira nada más.
Víctor cruzó los brazos.
—Hace mucho tiempo no usabas ese puchero para intentar hacerme sentir culpable.
Parpadeé.
—¿Lo hacía?
—Todo el tiempo.
—No puede ser.
—Puede y era muy efectivo.
Gael asintió desde su asiento.
—Confirmo.
—Traidores.
—Y aun así —continuó Víctor— fuiste tú quien me pidió que te tratara como a cualquier otro.
Se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Así que este es el entrenamiento regular.
Señaló una banca cercana.
—Descansa cinco minutos y luego continuamos con las sentadillas.
Mi alma abandonó mi cuerpo.
—¿Sentadillas?
—Muchas sentadillas.
—Creo que me estoy mareando.
—Qué casualidad.
—Es grave.
—Qué conveniente.
—Padre, dile algo.
Gael levantó ambas manos.
—No me involucraré.
—¡Padre!
—Yo también creo que necesitas ponerte en forma.
Lo observé horrorizado.
Había sido abandonado por mi propia familia.
—Vamos, hermanito querido.
Víctor enfatizó las últimas palabras con una sonrisa burlona.
—Apenas estamos comenzando.
Algo extraño ocurrió entonces.
Una sensación cálida.
Pequeña.
Pero persistente.
"Hermanito."
Era una palabra sencilla.
Nada especial.
Y sin embargo...
nadie me había llamado así antes.
No de aquella manera.
No con tanta naturalidad.
No con tanto cariño escondido detrás de la burla.
En mi vida anterior tenía hermanos.
Varios.
Pero nuestras conversaciones casi siempre giraban alrededor de comparaciones.
Quién ganaba más dinero.
Quién tenía mejor trabajo.
Quién había decepcionado menos a nuestros padres.
Todo era una competencia.
Todo era una batalla silenciosa.
No recordaba una sola ocasión en la que alguno me hubiera mirado como Víctor lo hacía.
Como si mi existencia fuera algo valioso.
Como si estuviera genuinamente feliz de que siguiera vivo.
La realización me golpeó de forma inesperada.
Y por un instante tuve que apartar la mirada.
Porque no quería que notaran el nudo que comenzaba a formarse en mi garganta.
—¿Qué pasa? —preguntó Víctor.
—Nada.
—Mentira.
—Nada.
—Estás poniendo esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—La cara que pone la gente cuando está pensando demasiado.
Gael soltó una risita.
—También heredó eso de mí.
—Definitivamente.
Los observé discutir.
Y por primera vez en mucho tiempo...
no sentí que estaba observando a otras personas.
Sentí que estaba sentado con mi familia.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo