Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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El despacho prohibido
Matteo no los dejó en paz.
Ni ese día.
Ni el siguiente.
Ni el siguiente.
—Entonces, ¿cuándo es la boda?
—Fuera.
—¿Ya eligieron nombres para los hijos?
—MATTEO.
—Solo pregunto.
Atenea le arrojó un cojín.
Él lo atrapó y salió corriendo entre carcajadas.
Desde el sofá, Adrián simplemente negó con la cabeza.
—A veces me pregunto cómo sobrevivió hasta la adultez.
—Yo me pregunto cómo sobrevivimos nosotros.
Sin embargo, las bromas desaparecieron rápidamente cuando volvieron a revisar la documentación.
Porque seguían sin respuestas.
Y Atenea comenzaba a desesperarse.
—Estamos dando vueltas en círculos.
—Lo sé.
—Necesitamos algo nuevo.
Adrián permaneció pensativo.
—Tu padre.
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasa con él?
—Si alguien conservó información de aquella época, probablemente fue Alessandro.
Atenea sintió una punzada de culpa.
—No puedo preguntarle directamente.
—Lo sé.
Y ambos entendían por qué.
Si Alessandro descubría aquella investigación, seguramente la detendría.
Tal vez para protegerla.
Tal vez por miedo.
O tal vez…
Porque él también ocultaba algo.
Aunque Atenea se negaba a creerlo.
Dos días después encontró la oportunidad perfecta.
Alessandro tenía reuniones fuera de la mansión.
Bianca estaba trabajando.
Elena había salido con Matteo.
Y Adrián estaba entrenando con algunos hombres de seguridad.
Era ahora o nunca.
El despacho de su padre estaba vacío.
Atenea entró lentamente.
Y cerró la puerta detrás de ella.
De repente se sintió como una criminal.
—Solo voy a mirar.
Murmuró.
—No estoy robando nada.
Técnicamente.
La oficina era enorme.
Elegante.
Impecablemente ordenada.
Muy propia de Alessandro Moretti.
Todo tenía un lugar específico.
Todo estaba perfectamente acomodado.
Lo cual dificultaba encontrar secretos.
Comenzó revisando estanterías.
Archivos.
Cajones.
Nada.
Solo contratos.
Negocios.
Documentos financieros.
Aburrido.
Hasta que abrió un cajón diferente.
Uno más personal.
Y se quedó inmóvil.
Había fotografías.
Docenas.
Su madre.
Su madre embarazada.
Su madre sonriendo.
Su madre sosteniéndola cuando era un bebé.
Atenea tragó saliva.
Porque las imágenes estaban gastadas por el uso.
Como si alguien las hubiera observado cientos de veces.
Miles.
Debajo encontró cartas.
Atadas con una cinta.
Las reconoció inmediatamente.
La letra de su madre.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Con cuidado tomó la primera.
Y leyó.
No era una carta importante.
Solo una nota cariñosa dirigida a Alessandro.
Pero cuando levantó la vista notó algo.
Una pequeña mancha sobre el papel.
Luego otra.
Y otra más.
Las lágrimas.
Atenea sintió un nudo en la garganta.
Porque de repente podía imaginarlo.
Su padre.
Solo.
Años atrás.
Leyendo aquellas cartas una y otra vez.
Intentando aferrarse a los recuerdos.
Intentando no olvidar.
—Definitivamente la amaba.
Murmuró.
Y en ese momento desapareció una de sus dudas.
Tal vez Alessandro ocultaba cosas.
Tal vez sabía más de lo que decía.
Pero jamás había querido que su madre muriera.
De eso estaba segura.
Continuó buscando.
Y entonces encontró algo más.
Una pequeña caja metálica.
Cerrada con llave.
Muy diferente al resto de los objetos.
Mucho más protegida.
Atenea frunció el ceño.
—¿Qué escondes aquí?
Intentó abrirla.
Nada.
Probó otra vez.
Nada.
Estaba completamente cerrada.
Y justo cuando pensaba rendirse…
Escuchó pasos.
Congeló.
Alguien se acercaba.
Rápido.
Muy rápido.
El corazón comenzó a golpearle las costillas.
Tomó las cartas.
Las fotografías.
Y volvió a dejar todo exactamente donde estaba.
Los pasos se acercaban.
Cada vez más.
Hasta detenerse frente a la puerta.
La manija comenzó a moverse.
Y Atenea apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de una estantería.
La puerta se abrió.
Y una figura entró en el despacho.
No era Alessandro.
No era Bianca.
No era Elena.
Y tampoco era Adrián.
Era alguien que no debería estar allí.
Alguien que caminó directamente hacia el mismo cajón que ella acababa de revisar.
Como si supiera exactamente lo que buscaba.