la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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El juicio del lobo
El silencio que siguió a la llegada de Alekséi Volkov fue peor que cualquier disparo.
Giovanna permanecía inmóvil junto a su madre.
Las dos estaban sentadas en el sofá del salón.
Rodeadas de hombres armados.
Rodeadas de desconocidos.
Rodeadas de un peligro que apenas comenzaban a comprender.
La lluvia golpeaba las ventanas.
El sonido era constante.
Hipnótico.
Pero nadie le prestaba atención.
Toda la habitación giraba alrededor de dos hombres.
Carlo Rossi.
Y Alekséi Volkov.
Uno frente al otro.
Separados por apenas unos metros.
Y por un océano de dolor.
—Así que tú eres Carlo Rossi.
La voz de Alekséi era baja.
Controlada.
Mucho más aterradora que un grito.
Carlo tragó saliva.
—Alekséi...
—No.
La interrupción fue inmediata.
—Tú no pronuncias mi nombre.
Dos de los rusos avanzaron.
Sujetaron a Carlo por los brazos.
Y lo obligaron a ponerse de rodillas.
Giovanna se levantó de golpe.
—¡Déjenlo!
Uno de los hombres la empujó nuevamente hacia el sofá.
Su madre la abrazó con fuerza.
Temblando.
Llorando.
—No...
Susurró la mujer.
—Por favor...
Pero nadie estaba escuchándolas.
Toda la atención de Alekséi permanecía fija sobre Carlo.
—¿Sabes cuántas veces imaginé este momento?
Carlo guardó silencio.
—¿Sabes cuántas noches me pregunté quién le hizo eso?
Nadie respondió.
—¿Sabes cuántas veces tuve que identificar el cuerpo de mi hermana en mis recuerdos para convencerme de que aquello era real?
La mandíbula de Carlo se tensó.
—Lo siento por tu hermana.
Uno de los rusos lo golpeó inmediatamente.
El puñetazo impactó contra su rostro.
La sangre apareció al instante.
Giovanna soltó un grito.
Su madre comenzó a llorar.
—No necesito tu lástima.
Alekséi avanzó un paso.
—Necesito la verdad.
Carlo escupió sangre sobre el suelo.
—Ya te dije la verdad.
—Todavía no has dicho nada.
Otro golpe.
Más sangre.
Más dolor.
Pero Carlo seguía negando.
—No tuve nada que ver.
—¿De verdad?
La sonrisa de Alekséi fue terrible.
Fría.
Vacía.
—Eres la mano derecha del jefe de la mafia italiana y quieres que crea que no sabes nada de lo que ocurrió con mi hermana.
El salón quedó en silencio.
—Todo lleva a tus hombres. Todo lleva a tus negocios. Todo lleva a ti.
La voz del ruso se volvió más dura con cada palabra.
—Las rutas. Los contactos. El dinero. Los testigos. Todo apunta a Carlo Rossi. Así que dime... ¿Por qué debería creer que eres inocente?
Carlo levantó lentamente la cabeza.
Los labios partidos.
El rostro cubierto de sangre.
—Porque lo soy.
- Mi hermana apareció muerta en tu país. Drogada. Golpeada. Violada.
El odio contenido en aquella última palabra hizo que incluso algunos de sus propios hombres apartaran la mirada.
Porque aquello no era solo una venganza. Era duelo. Era dolor. Era una herida que todavía sangraba.
La respuesta llegó sin vacilar.
—No sabía que tu hermana estaba en Italia.
Los ojos de Alekséi se oscurecieron.
—Mientes.
—No.
—¡Mientes!
La explosión de ira hizo temblar la habitación.
Por primera vez el hielo se rompió.
Por primera vez apareció el hermano detrás del mafioso.
El hombre que había perdido a la persona que más quería.
—No sabía que estaba aquí.
Carlo volvió a repetirlo.
—No participé en nada. No la conocía. No sabía quién la había traído.
—¿Y esperas que crea eso?
—Es la verdad.
Otro golpe.
Luego otro.
Y otro más.
Los hombres de Alekséi descargaron toda su fuerza sobre él.
Giovanna cerró los ojos. Incapaz de seguir mirando.
Pero los gritos de su madre la obligaron a abrirlos.
—¡Basta! ¡Por favor basta!
Cada impacto resonaba dentro de ella.
Cada golpe parecía arrancarle algo.
Porque a pesar de todo.
A pesar de los años.
A pesar del miedo.
A pesar de las torturas.
Seguía siendo su padre.
Y verlo destruido de aquella forma resultaba insoportable.
Cuando finalmente los golpes cesaron, Carlo apenas conseguía mantenerse consciente.
Su respiración era irregular.
Pesada.
Dolorosa.
Pero aun así volvió a hablar.
—No fui yo.
Alekséi permaneció inmóvil.
Observándolo.
Esperando.
Tal vez esperando una confesión.
Tal vez esperando una mentira.
Tal vez esperando cualquier cosa que justificara el odio que llevaba meses alimentando.
Pero la confesión nunca llegó.
Porque Carlo siguió repitiendo exactamente lo mismo.
Una y otra vez.
Hasta que finalmente dejó de intentar salvarse.
Y miró hacia el sofá.
Hacia su esposa.
Hacia Giovanna.
Algo cambió en sus ojos.
Una especie de resignación.
Como si hubiera comprendido que ya no podía salvarse.
Pero todavía podía intentar salvarlas a ellas.
—Déjalas ir.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
—Ellas no tienen nada que ver.
Alekséi no respondió.
—Mi esposa no sabe nada.
—...
—Mi hija tampoco.
—...
—Nunca participaron en esto. Nunca estuvieron involucradas. No conocen este mundo. No saben nada.
La voz comenzó a quebrarse.
—Haz conmigo lo que quieras. Mátame si eso te devuelve algo de paz. Pero déjalas ir. Por favor.
Giovanna sintió que las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
Porque jamás había escuchado a su padre hablar así.
Jamás.
Porque el hombre que durante años había sembrado miedo ahora estaba suplicando.
Y no por él.
Por ellas.
Alekséi observó a las dos mujeres.
Luego volvió a mirar a Carlo.
Y durante un instante recordó a Anastasia.
La niña que corría detrás de él cuando eran pequeños.
La adolescente que lo llamaba cada vez que tenía problemas.
La hermana que le había prometido proteger.
Y que había fallado.
—Mi hermana también era inocente.
La frase apenas fue un susurro.
Pero golpeó más fuerte que cualquier puñetazo.
Carlo cerró los ojos.
Porque no tenía respuesta.
Porque comprendía exactamente aquel dolor.
Porque si alguien hubiera hecho lo mismo con Giovanna...
Él también habría destruido el mundo entero para encontrar al culpable.
Y en aquel momento, mientras la lluvia seguía cayendo detrás de las ventanas, dos hombres quedaron frente a frente.
Uno buscando justicia.
El otro jurando ser inocente.
Y ninguno dispuesto a ceder.
La tragedia acababa de comenzar.