In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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Cuando lo eterno se quiebra
El camino de pinos era un túnel de sombras que me hacía tropezar en cada paso. Lo alcancé cerca del borde del pueblo, donde la luz de un faro solitario iluminaba su silueta tensa.
—¡Seo-Jun, espera! —grité, ahogada por el esfuerzo y el llanto.
Me detuve frente a él y tomé su brazo para obligarlo a frenar. Él se sacudió con una brusquedad que nunca me había mostrado.
—Suéltame, In-Oh —dijo, sin mirarme a los ojos, tratando de seguir su camino.
Me interpuse en su camino, desesperada. —¡Escúchame, por favor!
Seo-Jun se detuvo en seco y finalmente me miró. Sus ojos no tenían rastro de la calidez de siempre; solo había una frialdad hiriente. —¿Escuchar qué? ¿Que vuelves a cometer el mismo error? ¿Qué pasa conmigo, In-Oh? ¿Es que no te importa lo que yo siento?
La rabia, acumulada por años de silencios y confusiones, me estalló en el pecho. —¡¿Y tú alguna vez pensaste en lo que yo sentía cuando salías con tantas mujeres frente a mis ojos?! —le reproché, con la voz quebrada por la indignación—. ¡Cada vez que te veía con alguien más, tenía que tragarme mi dolor!
—¡Nunca diste un indicio de que te molestara! —respondió él, elevando la voz, exasperado—. ¡Siempre actuaste como si nada pasara!
—¡Porque lo que más amaba era nuestra amistad! —grité, sintiendo que las lágrimas corrían por mis mejillas—. ¡No tenía derecho a decir nada porque nuestra amistad era todo lo que tenía!
Seo-Jun se acercó un paso, invadiendo mi espacio con una intensidad que me hizo retroceder. —Sabías perfectamente lo que yo sentía. Siempre lo supiste, In-Oh. Solo que evitabas aceptarlo porque te daba miedo que yo estuviera enamorado de ti.
Quedé helada. Sus palabras resonaron en la noche como un eco devastador. El mundo pareció detenerse mientras la verdad, esa que siempre intenté enterrar bajo la etiqueta de "mejor amigo", me golpeaba con una fuerza brutal. Permanecí inmóvil, sin saber qué responder ante su confesión.
Él soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza. —Ya da igual. Ya elegiste. No tengo nada más que hacer aquí.
—¡Eres un injusto y un poco hombre! —exclamé, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies—. ¡No sabes lo que siento, lo dices ahora solo porque tienes miedo de perder tu lugar como mi amigo!
Seo-Jun se dio la vuelta, dándome la espalda. —Cree lo que te convenga, In-Oh. Pero no vengas a buscarme a llorar cuando él rompa tu corazón.
Lo vi alejarse con paso firme, caminando hacia la casa de mis abuelos. Lo seguí a distancia, viendo cómo entraba y se encerraba en su habitación. Yo hice lo mismo; me lancé sobre mi cama, escondiendo el rostro en la almohada, sollozando hasta que el agotamiento me venció.
A la mañana siguiente, el silencio en la casa era absoluto, un vacío que me puso en alerta. Salí al pasillo y llamé a su puerta, pero nadie respondió. Al empujarla, encontré la habitación impecable y vacía. Sus cosas no estaban. Seo-Jun se había ido temprano, regresando a la ciudad sin despedirse, dejando atrás nuestra amistad convertida en cenizas.