En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
14
...Alexei Morózov...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
Había viajado a Italia con un solo propósito, asegurarme personalmente de que la instalación del nuevo sistema de alta vigilancia de Techno Tecnológik en las propiedades de la familia Bianchi fuera impecable. No era un cliente cualquiera, Leonardo Bianchi representaba nuestra alianza más ambiciosa en Europa Occidental, y yo no iba a dejar ningún cabo suelto. Viajé con mi mejor equipo de confianza, con Nikolai al frente del soporte técnico y Elena supervisando la logística del tratado.
Minutos antes, todo parecia marchar a la perfección. Estaba sentado en el majestuoso salón de estilo victoriano de la Villa Bianchi, sosteniendo un vaso de cristal con whisky mientras conversaba de temas triviales con Leonardo y sus padres. Hablabamos de la economía europea, de la seguridad de las rutas marítimas y del futuro. Me sentía extrañamente cómodo, saboreando el poder de mi imperio y la tranquilidad que tanto me había obligado a aceptar en San Petersburgo.
Hasta que el mundo se detuvo.
A través de las grandes puertas abiertas del vestíbulo, una risa femenina se filtró en el salón. Era una risa ligera, complice, cargada de una confianza y una alegría que jamás le había escuchado a Sofía. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El vaso de whisky tembló levemente entre mis dedos y sentí un escalofrío violento recorrerme la espina dorsal. Conocía esa maldita risa. La habia escuchado en mis sueños durante dos malditos años. La había buscado en cada rincón del maldito planeta.
Deje el vaso sobre la mesa con un golpe seco justo en el instante en que ella puso un pie dentro del salón.
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies y el aire se congelara en mis pulmones. No podía ser verdad. Tenía que ser un espejismo maldito provocado por mi obsesión. Pero ahi estaba ella. Isabella. Mi rosa.
Estaba de pie a la entrada del salón, vistiendo un vestido blanco y vaporoso que se ceñía a su cintura y caía con elegancia, con el cabello rubio alborotado por el viento y las mejillas encendidas. Pero lo que me destrozo por completo fue ver cómo las manos de Leonardo Bianchi se deslizaban con naturalidad por su cintura, dandole la bienvenida con un orgullo desbordante antes de volverse hacia nosotros.
—Ya esta mi bellísima prometida aquí —la voz de Leonardo resonó en mis oídos como un cañonazo.
Prometida
La palabra se me clavo en el pecho como un puñal al rojo vivo. La mujer que había borrado sus huellas digitales, la genio informática que me había burlado durante veinticuatro meses, la mujer cuyos ojos verdes poblaban mis noches de insomnio... era la prometida de mi mayor socio y cliente.
Era la futura reina de la 'Ndrangheta.
Clave mis ojos en ella y vi como el color abandonaba su rostro por completo. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, inyectados de un pánico tan puro y destructivo que me dolió el alma. Isabella me miraba como si estuviera viendo a la muerte en persona. La vi tambalearse, vi cómo sus labios temblaban intentando articular una excusa barata sobre una baja de presión, y entonces sus ojos se pusieron en blanco.
Mi instinto animal tomo el control absoluto. Una furia ciega y posesiva me quemó las venas. Quise saltar sobre la mesa de centro, quería empujar a Leonardo Bianchi lejos de ella, quería ser yo quien la sostuviera entre mis brazos fuertes, quien la protegiera del suelo, quien la obligara a mirarme y a decirme por qué demonios me había dejado. Di un paso violento hacia adelante, con los puños cerrados y la mandibula tan tensa que senti que mis dientes estallarían.
Pero antes de que pudiera cometer una locura que desatara una guerra sangrienta entre la Bratva y la mafia italiana, dos fuerzas me detuvieron en seco.
Elena se cruzó en mi camino a la velocidad del rayo, plantando sus manos firmes contra mi pecho, mientras Nikolai me sujetaba con fuerza brutal del hombro izquierdo, anclándome al suelo.
—Alexei, no. No es el lugar, por lo que más quieras, cálmate ya —me susurró Elena al oido con una voz cargada de un pánico urgente, empujándome sutilmente hacia atrás para cubrir mi reacción de la vista de los Bianchi.
—Mírale la cara al italiano, Alexei. Por su reacción, ella jamás le contó a Leonardo nada sobre nosotros, ni sobre su pasado en Rusia. Si das un solo paso, nos matamos todos aquí adentro —me siseo Nikolai al otro oído, manteniendo su agarre de acero sobre mi hombro.
A duras penas logré enfocar la vista a través de la neblina de mi rabia. Nikolai tenía razón. Leonardo Bianchi estaba completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo en mi cabeza; su rostro solo reflejaba un pánico genuino y desesperado por la salud de su mujer. Vi cómo la levantaba en vilo, cargándola con delicadeza contra su pecho mientras subía las escaleras hacia el segundo piso a zancadas. Detrás de él, Matías, el tipo de seguridad, gritaba con desesperación por el teléfono exigiendo la presencia inmediata del médico de la familia, mientras los padres de Leonardo subían apresuradamente los escalones, cubiertos de angustia por saber de Isabella.
Aprovechando el caos y los gritos en la planta alta, Elena me empujó con firmeza hacia las puertas francesas que daban al gran patio trasero de la villa. Nikolai nos siguió de cerca, vigilando que ninguno de los guardias italianos notara que el líder de la Bratva estaba al borde de un ataque de ira psicótico.
Salimos al patio de piedra. El aire fresco y salino del Mediterráneo me golpeó el rostro, pero no sirvió de nada para apagar el incendio que llevaba dentro. Me solté del agarre de Nikolai con un manotazo violento y comencé a caminar de un lado a otro como un león enjaulado, pasándome las manos por el cabello, sintiendo que las paredes de mi propia cordura se caían a pedazos.
—¡Alexei, detente y respira! —me ordenó Elena, parándose frente a mí con los ojos encendidos—. No puedes reaccionar de esa manera allá adentro. Tienes que controlarte.
—¡¿Que me controle?! ¡¿Me estás pidiendo que me controle, Elena?! —le rugí en un susurro violento, señalando hacia la casa—. ¡Está viva! ¡La mujer que busqué por dos malditos años está en la habitación de arriba! ¡Y está comprometida con Bianchi! ¡Se va a casar con él!
—Lo sé, yo también la vi, Alexei. Todos la vimos —me interrumpió Elena, intentando mantener la voz baja pero firme—. Pero tienes que analizar las cosas con la cabeza fría. Ella se veía perfectamente bien antes de entrar a ese salón. Estaba feliz, Alexei. Tenía una vida armada aquí. Pero en cuanto nos vio... en cuanto te vio a ti, se desmoronó por completo. Se desmayó del puro terror. Eso significa que por su reacción, nadie en esta maldita red de la mafia italiana sabe una sola palabra de lo que ella vivió en San Petersburgo. Cambió de identidad, borró su pasado y se protegió.
Las palabras de Elena me golpearon como un balde de agua helada, pero en lugar de calmarme, alimentaron mi desesperación. Estaba fuera de mí, completamente fuera de mi eje.
—Quiero saber qué carajos le pasó —solté, con la voz rota por la frustración y una mezcla de dolor que odiaba sentir—. Quiero saber por qué se desmayó de esa manera al verme. ¿Por qué huyó de Rusia si yo jamás fui malo con ella? ¡Nunca le hice daño! ¡Le di un trabajo, la cuidé en mi empresa! ¿Por qué demonios parecía que ver mi rostro era su peor pesadilla? ¿Por qué no le agradó volver a verme?
—Porque representas el mundo del que huyó, Alexei —intervino Nikolai, dando un paso adelante con los brazos cruzados y una expresión sombría—. Ella huyó de la Bratva, huyó del peligro. Y ahora, por un retorcido juego del destino, terminó metida en el mismo nido de víboras pero con un uniforme diferente. Si Leonardo Bianchi se entera de que tú la conoces, de que la buscabas y de lo que ella realmente es para ti... esto no va a terminar en un negocio de cámaras de seguridad. Esto va a terminar en una guerra internacional que va a desangrar a ambas organizaciones.
Me apoyé contra el barandal de piedra del patio, clavando la vista en el horizonte donde el mar Jónico comenzaba a oscurecerse. Mis nudillos se volvieron blancos por la presión. No me importaba la 'Ndrangheta, no me importaban los millones del negocio, ni siquiera me importaba el peligro. Lo único que llenaba mi mente en ese maldito segundo era la imagen de Isabella desmayada, el recuerdo de sus ojos verdes llenos de pánico y la insoportable certeza de que no descansaría hasta tenerla frente a mí, a solas, para obligarla a decirme la verdad de su huida. Aunque tuviera que quemar a toda Italia para lograrlo.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro