Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El día que conocí a mi padre Cap 16
Siempre me habían dicho que se fue cuando yo tenía tres años. Mi madre nunca quiso dar detalles. Solo decía: "Se fue. Y nosotros seguimos." Durante años, esa frase fue suficiente. Pero hubo un momento, cerca del final de mi carrera, en que el pasado decidió volver sin avisar.
Fue un viernes de mayo. Llovía. Yo volvía de la universidad con la mochila llena de libros prestados y el paraguas que mi madre me había dado. En la parada del colectivo, bajo el alero de una farmacia, vi a un hombre que me miraba. No era una mirada casual. Era una mirada fija, insistente, como si tratara de reconocerme.
Tenía unos cincuenta años. Barba descuidada. Ropa vieja pero no rota. Los mismos ojos que yo veía cada mañana en el espejo.
Supe quién era antes de que hablara.
—¿Sofía? —preguntó, con una voz que intentaba sonar segura pero le temblaba el final.
No respondí. El colectivo llegó. Subí sin mirar atrás.
Pero él subió también.
Se sentó dos asientos detrás de mí. Durante todo el viaje sentí su mirada en la nuca. Era una sensación extraña, como si una sombra del pasado hubiera cobrado vida y me estuviera pisando los talones.
Cuando bajé en mi barrio, él bajó también. Caminó detrás mío hasta la puerta de mi casa. Ahí me detuve.
—¿Qué quieres? —pregunté, sin mirarlo a la cara.
—Hablar. Nada más.
—No tengo nada que hablar con usted.
Abrí la puerta. Entré. Cerré con llave. Me apoyé contra la madera y sentí que las piernas me flaqueaban. Mi madre estaba en la cocina, amasando. Me vio la cara y supo.
—¿Quién era? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Él.
Dejó de amasar. Se secó las manos muy despacio, como si ese gesto pudiera retrasar lo inevitable. Después suspiró.
—¿Te dijo algo?
—Que quería hablar.
—¿Tu quieres hablar con tu papá?
—No.
—Entonces no.
Esa noche, mi madre me contó por primera vez la historia completa. No la versión de "se fue". La verdad.
—No era mal hombre —empezó—. Pero era débil. Cuando vos naciste, él se asustó. No sabía ser padre. Un día, simplemente, no volvió. Me dejó una carta diciendo que no merecía una familia. Tal vez sea verdad.
—¿Y que sentiste mamá?
—Rabia. Mucha rabia. Después, con los años, lástima. Porque él se perdió lo más lindo de su vida: verte crecer.
No supe qué responder. Me fui a dormir con un nudo en la garganta.
Al día siguiente, él estaba otra vez en la puerta. Y al otro. Y al otro. No tocaba. Solo se quedaba ahí, como un perro perdido. Los vecinos empezaron a mirar raro. Doña Nelly me preguntó si quería que llamara a la policía. Dije que no.
El jueves de esa semana, llovía otra vez. Él estaba bajo la lluvia, sin paraguas, empapado. Me dio lástima. No quería sentir lástima, pero la sentí.
Salí. Me paré frente a él.
—Hablá rápido —dije.
Me miró con los ojos vidriosos. No sabía si era lluvia o lágrimas.
—Quiero pedirte perdón —dijo—. No fui un padre. Nunca lo fui. Pero me enteré de que estudias en la universidad, que tenés beca, que vendes tortas con tu mamá… y me dio orgullo. Aunque no tenga derecho a sentirlo.
—No lo tienes—corté.
—Lo sé. Pero quería que sepas que… que me alegro. Y que si necesitas algo…
—No necesito nada tuyo. Nunca lo necesité. Y nunca lo voy a necesitar.
Él bajó la cabeza. Las gotas resbalaban por su barba. Por un momento me sentí mal. Pero me acordé de todas las noches que mi madre lloró en silencio. De todas las veces que no había plata para el pan. De todas las cartas que nunca llegaron. Y ese sentimiento se fue.
—Mejor andate —dije—. No vuelvas más.
Él asintió. Dio media vuelta y caminó hacia la avenida. Lo vi alejarse bajo la lluvia, con la espalda encorvada, los hombros caídos. Era un hombre solo. Y ya no era mi problema.
Entré a la casa. Mi madre estaba en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados.
—¿Lo corriste?
—Sí.
—¿Te dolió?
—Un poco. Pero menos de lo que pensé.
Ella me abrazó. Oliendo a harina, a calor de horno, a hogar.
—Eso es crecer, hija. Aprender a decir adiós a lo que nunca estuvo.
Esa noche no pude estudiar. Me quedé mirando la computadora, el monitor de pasto verde, el ventilador rugiendo. Pensé en todas las veces que quise tener un padre. En todas las cartas que imaginé escribirle. En todas las respuestas que nunca llegaron.
Y entendí algo: durante años había cargado con su ausencia como si fuera un peso mío. Pero no lo era. Él eligió irse. Yo elegí quedarme. Él eligió perderse mis cumpleaños, mis notas, mis miedos, mis logros. Yo elegí estudiar bajo el sol, vender tortas, reparar una computadora inservible, graduarme.
No lo necesitaba. Nunca lo necesité.
Tenía a mi madre. Tenía a don Rafael. Tenía a Lucía. Tenía a la señora de la farmacia, a doña Nelly, a los colectivos que me tocaban bocina. Tenía una computadora ruidosa que me había visto llorar y reír y escribir hasta el amanecer. Tenía un título que me estaba esperando.
Al otro día, cuando salí a la parada del colectivo con la canasta de tortas, él no estaba. Tampoco al siguiente. Ni al otro. Se había ido. Esta vez para siempre.
Mi madre no preguntó. Solo amasaba. El sol calentaba la calle de tierra. Las tortas olían a vainilla. Y yo, Sofía Ramírez, supe que mi historia no necesitaba un padre ausente. Necesitaba seguir caminando hacia adelante.
Semanas después, me llegó un sobre sin remitente. Adentro había una tarjeta de felicitación y cinco mil pesos. Sin firma. Sin dirección. Solo un mensaje escrito a mano: "Para tus tortas. Sigue así."
Lo guardé en un cajón. Nunca usé esa plata. No la necesitaba. Pero la conservo como un recuerdo de que hasta los que se van a veces intentan volver. Y de que uno puede decidir si abre la puerta o no.
Yo decidí no abrirla. Pero tampoco tirar la llave.