Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 11 — Que roben por mí
Lían entró al Lotus pasadas las dos de la tarde y le hizo señas a Andrés sin detenerse.
—Que no me pase nadie llamadas durante la próxima hora.
—Sí, jefa.
Subió las escaleras de dos en dos. Llegó a la oficina. Cerró la puerta. Le quitó la llave por dentro.
Diez segundos después, tocaron la puerta dos veces.
—Vale, soy yo.
—Pasa.
Sofía entró con una carpeta debajo del brazo y le puso al lado el café del horrible sin que ella se lo pidiera. La miró a la cara. Se quedó quieta.
—Vale.
—¿Qué?
—Tienes una cara rara.
—¿Rara cómo?
—Rara como de alguien que sabe algo bueno y todavía no decide si le conviene contarlo.
Lían se sentó en su silla. Se quitó los tacones. Los aventó debajo del escritorio. Tomó un sorbo de café.
—Sofía. Siéntate.
—Vale.
—Siéntate.
Sofía se sentó. Cerró la puerta detrás de ella con el pie. Esperó.
—Cinco millones —dijo Lían.
Sofía pestañeó dos veces.
—¿Qué?
—Cinco millones. En efectivo. En la moneda que yo quiera.
—¿Por qué?
—Por un baile privado de la Dama del Fénix. Una hora. Sin tocar, sin preguntas, con el antifaz puesto.
—¿Quién?
—Dante Rivas.
Sofía se quedó muy quieta. Después soltó el aire en una sola exhalación larga.
—Hija de puta.
—Esa frase la usas mucho últimamente.
—Tú me la enseñaste.
—Te quedó bien.
Sofía se cruzó de brazos. Lían vio cómo se le iba formando una sonrisa lateral.
—Vale.
—Dime.
—¿Vas a aceptar?
—Voy a aceptar.
—Bien.
—Pero no todavía.
—¿Cómo?
—Voy a hacerlo sufrir un poco más. Una semana mínimo. Dos si aguanta.
Sofía soltó una carcajada corta.
—Eres mala.
—Soy paciente, Sofía. Es distinto.
—Vale, vas a perder el negocio.
—No voy a perder el negocio. Un hombre que ofrece cinco millones por verte bailar no se cansa porque le digas que no una semana. Se calienta. Le sube la cifra. Y cuanto más le sube la cifra, más pierde la cabeza. Para cuando le diga que sí, no me lo va a estar agradeciendo. Me lo va a estar rogando.
Sofía soltó otra risa. Esta vez más larga.
—Vale, tú estás disfrutando esto demasiado.
Lían miró su café y pensó, en la vida pasada me morí intentando que un hombre me mirara. Once años bordando pañuelos. Once años de bañarme con perfumes caros por si esa noche venía a mi cuarto. Once años de pedirle a las diosas que me mandara una sola noche, una sola. Esperaba detrás de una puerta. Lo escuchaba pasar de largo. Iba al cuarto de las otras. Pensé que era yo. Que tenía algo malo. Que no era suficiente. Esta vida no la voy a vivir así.
Lían levantó la cabeza. Miró a Sofía a los ojos.
—Los voy a hacer rogar a ellos, Sofía. A todos. Que se pasen las noches sin dormir pensando si voy a contestarles o no. Que se peleen entre ellos por mi atención. Que me ofrezcan cinco millones, diez, los que sean, y yo voy a decidir cuándo y por qué. No vuelvo a esperar detrás de ninguna puerta. La puerta es mía ahora. Y si quieren entrar, tocan. Y si yo no abro, se van.
Sofía la miró un momento largo. La cara se le suavizó.
—Vale.
—¿Qué?
—¿Tú estás bien?
—Mejor que nunca, querida. ¿Por qué?
—Hablaste raro.
Lían se quedó quieta un segundo. Cuidado, vieja. La estás cagando.
—Es una manera de decir, Sofía. Una imagen. Estaba pensando en cómo me trataba Marcelo.
—Ah.
—Solo eso.
—Bien. Bien.
Sofía no le creyó del todo. Lían lo notó. Pero Sofía tampoco insistió. Esa era una de las razones por las que la quería: sabía cuándo dejar pasar una mentira.
—Sofía.
—Dime.
—Dile a Rivas que la Dama lo está pensando. Que respeta la oferta. Que va a contestar pronto. Y nada más por ahora.
—Hecho.
—Y avísame si vuelve a llamar antes del viernes. Si llama, suma puntos.
—¿Puntos?
—Puntos. Cuanto más insista, más cara le va a salir.
Sofía sonrió.
—Vas a salir rica de esta.
—Voy a salir rica y vengada, querida. Es lo mejor de los dos mundos.
Una hora después, Andrés tocó la puerta.
Lían lo dejó pasar. El hombre traía la cara de quien viene a contar algo que no le gusta.
—Jefa.
—Habla.
—Marcelo Alarcón. Entró hace cuarenta minutos por la puerta principal con un grupo de cuatro hombres. Disfrazado otra vez, el antifaz negro. Pidió mesa. Le di la del fondo, la que pidió.
—¿Y?
—Hace diez minutos uno de mis muchachos vino a contarme. Marcelo intentó sobornarlo.
—¿Para qué?
—Para conseguir los datos de la Dama. Nombre real, dirección, teléfono, lo que sea. Le ofreció trescientos mil. Cash. Ahora mismo.
Lían no se movió.
—¿Qué le contestó tu muchacho?
—Que iba al baño y volvía. Después subió a buscarme. Marcelo sigue abajo esperando una respuesta. Me dijo que él me la pasa a usted directamente, jefa. Que decida usted.
Lían se quedó un segundo en silencio. Después soltó una carcajada.
Una carcajada de verdad. De las largas. De las que la doblaron contra el escritorio.
Andrés y Sofía se miraron sin entender.
—Vale.
—Espera, espera.
Lían se rió hasta que se le salieron las lágrimas. Se secó los ojos con la servilleta del café. Respiró.
—Trescientos mil al guardia —logró decir—.Este hijo de puta está perdiendo la cabeza. Andrés.
—¿Sí, jefa?
—Dile a tu muchacho que se quede con los trescientos mil. Que los acepte. Que se los lleve.
Andrés pestañeó.
—¿Qué?
—Que se los lleve. Bonificación de la casa. Yo se la cubro. A cambio, que le dé información falsa a Marcelo. Cualquier cosa. Que la Dama vive en el centro. Que tiene cuarenta años. Que está casada con un militar retirado. Cualquier cosa. Mientras más absurdo, mejor.
Andrés se quedó mirándola.
—¿Habla en serio, jefa?
—Hablo en serio. Que tu muchacho cobre y mienta. Y que mañana cobre otra vez si Marcelo vuelve a preguntar.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se canse o se quede sin plata. Lo que pase primero.
Andrés sonrió. Una sonrisa torcida, de hombre que ha visto cosas y se divierte poco, pero que estaba disfrutando esta.
—Sí, jefa.
Salió.
Sofía se quedó mirando a Lían.
—Vale.
—Dime.
—Te falta una cosa.
—¿Qué?
—Contestarle a Marcelo lo del baile privado. No le has dicho nada al hombre del millón desde el viernes. Sigue ofreciendo. Anoche subió a un millón doscientos. Esta mañana a un millón quinientos. Estás dejándolo cocinarse y eso me parece bien, pero hoy le tienes que tirar algo. Si no, se le va a ocurrir hacer algo más estúpido. Mira lo del guardia.
Lían lo pensó dos segundos.
—Tienes razón.
—¿Le contesto?
—Le contestas.
—¿Qué le digo?
Lían se inclinó hacia adelante. La sonrisa se le puso fría.
—Le dices a el hombre del millón que la Dama del Fénix considera bailar para él. Una hora. Sin preguntas, sin tocar, con el antifaz. Por seis millones. Efectivo. La moneda la elige ella.
Sofía levantó las cejas hasta el techo.
—¿Seis?
—Seis.
—Vale, Rivas te ofreció cinco. Marcelo te ofreció un millón. Estás cobrándole a Marcelo más que a Rivas.
—Exacto.
—¿Por qué?
Lían se cruzó de piernas.
—Porque Rivas ofreció cinco millones de su bolsillo. La plata es suya. La sufre la suya. Marcelo no tiene seis millones en su bolsillo. Marcelo tiene que ir a robárselos a Renata. Y eso, Sofía, es exactamente lo que quiero. Quiero ver si el hijo de puta está dispuesto a robarle a su propia esposa para tenerme. Quiero ver hasta dónde es capaz de llegar el muy infeliz cuando una mujer le dice que no.
Sofía la miró largo.
—Vale.
—Dime.
—Hay momentos en los que me das un poquito de miedo.
—Hay momentos en los que yo también, querida.
Sofía agarró el teléfono.
—¿Se lo mando ahora?
—Ahora mismo. Que sufra desde esta noche.
Sofía empezó a escribir.
Lían se acomodó en la silla, levantó el café, le dio un sorbo. La cosa seguía amarga.
Algunas cosas no cambian.
Pero otras sí.
Por primera vez en mil años, Lían Hua se permitió disfrutar algo que no era venganza.
Era poder.
Y se le dio cuenta, mientras Sofía le tecleaba el mensaje a Marcelo, de que el poder y la venganza no eran la misma cosa. Eran primos, sí. Pero no gemelos.
Y los iba a tener a los dos.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺