nunca hay que mentirse a uno mismo
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11
El desayuno en la terraza fue magnífico.
El aire fresco de la mañana en Florencia chocaba contra sus rostros mientras devoraban los alimentos con el apetito de quienes han dejado el alma en el campo de batalla. La conversación entre ellos volvió a fluir de esa manera tan natural que ya los caracterizaba. Ninguno de los dos daba datos precisos sobre sus vidas; no hablaban de cuentas bancarias, direcciones ni amigos. Hablaban de todo y de nada a la vez: discutían sobre música contemporánea, criticaban corrientes de arte urbano, debatiendo sobre sus películas favoritas, intercambiaban chistes locales y recordaban obras de teatro que habían marcado sus vidas.
Eso era precisamente lo que a Vincent lo tenía completamente fascinado. Carmín no intentaba impresionarlo. Ella no actuaba como las mujeres que solían rodearlo, aquellas que medían cada palabra para agradarle o para escalar en su círculo de poder. Carmín era auténtica, una ráfaga de aire fresco y sin filtros que decía lo que pensaba con la misma fuerza .
En medio de una risa compartida por una anécdota absurda, Carmín lo miró entornando los ojos con curiosidad y soltó la pregunta sin rodeos:
—Entonces... ¿cuántos años tienes, Salvatore?
Vincent soltó una carcajada baja, acomodándose en la silla de la terraza mientras sostenía su taza de expreso.
—Treinta, preciosa —respondió él, con un brillo divertido en su mirada oscura.
Carmín arrugó la nariz con fingida decepción y soltó una risa burlona.
—¡Huy! Ya estás viejito.
—¿Eso crees? —reviró él, alzando una ceja con una sonrisa lobuna que recordaba perfectamente lo que había pasado en la ducha apenas una hora antes.
—Sí, estás viejito... pero aguantas un piano —soltó ella con total naturalidad mexicana.
Vincent entrecerró los ojos, visiblemente confundido por la expresión. Ladeó la cabeza, tratando de descifrar el modismo.
—¿Qué es eso de "aguantar un piano"? —preguntó, intrigado por el vocabulario de su invitada.
—Ah... que tienes muy buena resistencia, bombón. Que tienes mucha energía —explicó Carmín con una sonrisa pícara, dándole un sorbo a su jugo.
—Ok. Entendido —asintió Vincent, guardando la frase en su memoria con una satisfacción evidente—. Cam... ¿cuánto tiempo te quedarás en Italia?
Carmín dejó la copa sobre la mesa y miró hacia el horizonte dorada de Florencia, pensando en los días que tenía por delante.
—Un mes. Tengo algunas cosas que hacer aquí en la ciudad, algunos proyectos que revisar, y después me iré con Nina a recorrer otros lugares. Tenemos una agenda algo apretada, la verdad.
Vincent solo escuchaba. Fiel a su naturaleza calculadora y respetuosa de las distancias, no hacía preguntas incómodas ni presionaba por obtener detalles de su itinerario. Se quedaba únicamente con lo que ella decidía contarle de manera voluntaria. Sin embargo, la idea de que esa mujer desapareciera de su radar en unas semanas le provocó una extraña punzada de incomodidad en el pecho.
—He estado pensando algo... —comenzó Vincent, bajando la voz a un tono más serio y magnético—. ¿Qué te parece si, en lo que estás aquí en Florencia, nos seguimos viendo?
Carmín enarcó una ceja, mirándolo fijamente a través de la mesa.
—¿Huy, pasar la noche juntos, bombón? —preguntó con un tono sugerente, asumiendo que el italiano solo quería repetir la dosis de cardio nocturno.
—Bueno, yo tenía más cosas en perspectiva —corrigió Vincent de inmediato, manteniendo esa actitud ligera y orgánica que la desarmaba—. Hablo de salir, conocer lugares, disfrutar de la ciudad juntos... y claro, tener placer. Todo incluido.
Carmín se quedó en completo silencio. Apoyó la barbilla en su mano y se tomó varios segundos para procesar detalladamente la propuesta. Una parte de ella, la que acababa de ser adorada como una diosa en esa cama, quería gritar que sí. Pero la diseñadora racional y herida tomó el control.
—Me encantaría decirte que sí, Vincent —respondió Carmín, mirándolo con una honestidad brutal—. Pero como ya sabes, acabo de terminar una relación de tres años de la peor manera posible y solo estoy aquí de paso. No busco citas, ni romances, ni recorrer la ciudad de la mano. Si quieres, podemos vernos por las noches, pasar ricos momentos juntos en la cama y ya. Sin compromisos.
A Vincent no le encantó la idea. El jefe de la mafia, el hombre acostumbrado a dictar las reglas del juego, acababa de ser relegado al puesto de un amante nocturno y secreto. Su orgullo sufrió un pequeño golpe, pero su mente estratégica y fría se impuso. Sabía que, al final del día, lo que ella proponía era lo más sensato para ambos. Mientras menos sentimientos se involucraran en la ecuación, mejor se disfrutaría el momento. O, al menos, esa fue la mentira piadosa que él decidió contarse mentalmente para aceptar el trato de la hermosa mexicana.
—Trato hecho, Cam —concluyó Vincent, extendiendo su copa de vino para brindar por el acuerdo nocturno, ignorando por completo que el fuego entre ellos ya había empezado a consumir sus propias reglas.
no se vale