✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Dolor con orgullo
La medianoche en la fortaleza de piedra traía consigo un frío que calaba hasta los huesos. Afuera, el viento de la llanura siseaba contra los muros gastados. Dentro, los soldados del príncipe Valkarn patrullaban los pasillos principales, con sus armaduras de acero brillante resonando a cada paso. Para ellos, este lugar era solo una parada aburrida antes de llegar a la gran capital. Para Kaelith, era una celda de aislamiento emocional.
La general estaba sola en una pequeña habitación del ala oeste, reservada para los oficiales de infantería. No había lujos aquí; solo una cama estrecha, una mesa de madera y una chimenea cuyas brasas apenas daban calor. Kaelith estaba sentada en el borde del colchón, con la túnica abierta, revisando el vendaje de su costado. Las líneas grises del veneno seguían allí, pero ya no avanzaban. Lo que realmente le dolía era el recuerdo del roce de manos en el salón. Todavía sentía el calor de los dedos de Lysandra en su piel, y ese calor se transformaba en una angustia insoportable.
Su segundo al mando tenía razón. Quedarse cerca de la princesa la estaba destruyendo por dentro. Cada vez que Valkarn le sonreía a Lysandra, Kaelith sentía que una espada invisible le atravesaba el corazón.
De repente, un suave crujido en la puerta la puso en alerta.
Kaelith se levantó de golpe, olvidando el dolor de su herida, y llevó la mano hacia la daga que tenía sobre la mesa. La puerta de madera se abrió lentamente, sin hacer ruido. Una silueta esbelta, cubierta por una pesada capa oscura con capucha, se deslizó hacia el interior y cerró el cerrojo de hierro de inmediato.
La intrusa se bajó la capucha. El cabello plateado de Lysandra brilló bajo la tenue luz de las brasas. Sus ojos verdes estaban fijos en Kaelith, llenos de una mezcla de alivio y temor.
—¿Lysandra? —Kaelith soltó el arma, con el corazón dándole un vuelco—. ¿Te has vuelto loca? Los guardias de Valkarn están por todo este pasillo. Si te encuentran aquí, en la habitación de la general, el príncipe pensará lo peor. Todo tu sacrificio político se irá a la basura.
—No me importa Valkarn, y no me importan sus guardias —dijo Lysandra con voz baja pero firme. Cruzó la habitación con paso rápido, ignorando la distancia que Kaelith intentaba mantener—. Vi cómo te movías en el salón. Vi el dolor en tu rostro cuando Valkarn te habló de esa manera. Necesitaba saber si tu herida estaba abriéndose de nuevo. Necesitaba verte a solas.
—Mi herida está sanando, princesa —respondió Kaelith, dando un paso atrás, obligándose a usar el título real para poner una barrera entre las dos—. Ya no tienes que cuidarme. Hiciste suficiente en el campamento médico. Ahora tu deber es regresar a la capital, casarte con el príncipe del norte y asegurar esos soldados para el imperio. Yo soy solo un soldado más. Si muero en la próxima guerra, es mi destino.
Lysandra se detuvo en seco. Sus ojos verdes se encendieron con una chispa de rabia herida.
—¿Un soldado más? ¿Cómo puedes decir eso después de lo que pasó en la carpa? ¿Después del beso que nos dimos antes del alba? —la princesa dio un paso adelante, acortando la distancia por la fuerza. Extendió las manos y agarró con firmeza la túnica militar de Kaelith—. No te atrevas a llamarte a ti misma un peón común, Kaelith. No te atrevas a decir que vas a dejarte morir en el frente solo porque estás enfadada.
—¡No es enfado, Lysandra! ¡Es agonía! —el muro de disciplina de Kaelith se rompió por completo. Su voz, aunque mantenida en un susurro para no alertar a los guardias del pasillo, vibró con una fuerza devastadora—. El roce de manos de esta tarde... me dio la vida, pero también me recordó lo que Valkarn te va a quitar. Mañana entraremos a la capital. El palacio se llenará de flores blancas, música y brindis por tu boda. Y yo tendré que estar de pie junto al trono, vestida de gala, viendo cómo ese hombre te pone un anillo en el dedo. Prefiero que el veneno de las sombras me hubiera consumido en el cañón antes de tener que presenciar eso.
Lysandra soltó la túnica de la general, pero no se alejó. En lugar de eso, rodeó la cintura de Kaelith con sus brazos, pegando su cuerpo al de la militar en un abrazo desesperado. Apoyó la mejilla contra las placas de metal de su armadura ligera, escuchando el latido acelerado e irregular del corazón de Kaelith.
Al principio, Kaelith se quedó rígida, con los brazos caídos a los lados, intentando resistir el abrazo. Sabía que entregarse a ese calor la haría sufrir más al día siguiente. Pero sentir el cuerpo tembloroso de la princesa y notar cómo las lágrimas de Lysandra la desarmó por completo. La general subió sus manos, rodeando la espalda de la princesa, hundiéndola contra su pecho como si intentara protegerla de todo el imperio.
Permanecieron así durante varios minutos, en un silencio absoluto que solo se rompía por el sonido de las brasas muriendo en la chimenea y el eco lejano de las botas de los guardias en el pasillo exterior.
—No voy a casarme con él, Kaelith —susurró Lysandra contra su pecho, con una determinación que hizo que la general abriera los ojos de par en par.
—¿De qué hablas? El tratado ya está firmado...
Lysandra levantó la cabeza para mirarla fijamente a los ojos. Sus rostros estaban tan cerca que sus respiraciones volvían a mezclarse en la penumbra de la habitación.
—Fingiré que el juego continúa hasta el último segundo —explicó la princesa, y una sonrisa calculadora, pero llena de amor, apareció en sus labios—. Mañana llegaremos a las Torres de Marfil. Valkarn cree que tiene el control porque trajo sus barcos, pero no conoce los secretos de Aethelgard. Estoy usando el tiempo que me ganaste en el sur para mover mis propias piezas. He enviado un mensaje secreto a los señores feudales de Orosia. Ellos odian al príncipe del norte tanto como nosotras. Si logramos contener a Umbralia un par de semanas más, el este nos enviará recursos sin necesidad de una alianza de sangre.
Kaelith la miró con asombro. La estratega del palacio estaba planeando una rebelión silenciosa contra su propio padre y contra el reino del norte, todo por salvar el imperio y, sobre todo, por salvar su amor.
—Es un plan peligroso, Lysandra —advirtió Kaelith, con los dedos acariciándole suavemente el cabello plateado—. Si Valkarn descubre que estás retrasando la boda a propósito o negociando con Orosia, retirará sus hombres y nos atacará por la espalda. Sería una guerra en dos frentes.
—Por eso necesito que sigas viva, mi general —dijo Lysandra, subiendo una mano para delinear la cicatriz fresca en la ceja de Kaelith—. Necesito que soportes el dolor de verme sonreír en el salón del trono durante unos días más. Necesito que seas mi escudo en las sombras mientras yo destruyo este matrimonio desde dentro. No me arrepiento de haber venido al sur por ti, y no me arrepentiré de lo que voy a hacer en palacio. Pero no puedo hacerlo sola.
Kaelith contempló el rostro decidido de su princesa. La angustia que le había oprimido el pecho durante todo el viaje comenzó a transformarse en una chispa de esperanza combativa. Su amor no era un juego trágico destinado a la muerte; era una guerra que valía la pena luchar hasta las últimas consecuencias.
—Si ese es tu plan, entonces seré el soldado más leal de tu ejército —respondió Kaelith, con una sonrisa seria—. Soportaré las miradas de Valkarn. Soportaré la corte entera. Aceptaré ese dolor con orgullo.
Lysandra sonrió, con los ojos brillando en la oscuridad. Se inclinó un poco más y selló el pacto con un beso suave, lento y profundo, que ya no sabía a despedida como el del cañón, sino a una estrategia de victoria. Cuando se separaron, la princesa se colocó la capucha de nuevo, lista para regresar a sus aposentos antes de que el cambio de guardia de la madrugada descubriera su ausencia.
Kaelith la vio desaparecer por la rendija de la puerta con el corazón latiendo con una fuerza nueva. El regreso a las Torres de Marfil ya no se sentía como una marcha hacia su propia ejecución. Ahora era el inicio de un contragolpe, y la general de Aethelgard estaba dispuesta a derramar hasta la última gota de su sangre para que su reina ganara la partida.