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CAPITULO 10-Ecos de poder.
Los días han seguido pasando, y con cada amanecer el odio dentro de mí crece, silencioso y persistente, como una herida que nunca termina de cerrar. He imaginado mil maneras de matarla. Mil finales distintos para la duquesa. En cada uno, la justicia parecía tomar forma entre mis manos.
Y sin embargo… siempre me detengo.
La voz.
Aún resuena en mi mente con una claridad inquietante: no cambies nada.
Pero ¿cómo no hacerlo? Ya he alterado cosas. Lo sé. Lo siento en cada pequeño detalle que no encaja con lo que recuerdo.
Entonces, ¿por qué hay límites? ¿Por qué hay líneas que no puedo cruzar?
¿Por qué no puedo simplemente… eliminar a esa arpía?
A veces pienso que el duque tiene algo que ver. Hay sombras en su comportamiento, silencios demasiado calculados, decisiones que parecen anticiparse a lo inevitable. No es un hombre que actúe sin propósito.
Mientras tanto, la actual duquesa continúa su ascenso social como si nada pudiera detenerla. Asiste a cada fiesta de té, impecable, elegante, llevando a Simone del brazo como si fuese una joya que exhibir ante el mundo. Se presenta en todos los círculos como la respetable familia Echeverría, tejiendo alianzas con las figuras más influyentes del imperio.
Y Simone…
Simone brilla.
Se ha hecho amiga de los príncipes. Estudian juntos en la academia imperial, comparten risas, secretos, tiempo. Y como era de esperarse, los rumores no tardaron en surgir: un posible compromiso con el príncipe heredero.
Cuando ese rumor llegó a oídos de la ex emperatriz, su reacción fue inmediata.
Alegría.
Sin perder tiempo, se dirigió a ver a su hijo, el actual emperador.
—Madre, sabes muy bien que no voy a obligar a ninguno de ellos a un matrimonio arreglado
—dijo él con firmeza, aunque sin dureza.
—Lo sé, hijo —respondió ella con una serenidad calculada—, pero no tiene que ser un matrimonio forzado. Los jóvenes ya se conocen. Pueden desarrollar sentimientos con el tiempo. Además… —hizo una pausa breve— sabes bien los beneficios que obtendríamos.
El emperador no respondió de inmediato.
—Ese ejército —continuó ella—. Bajo nuestra influencia, ningún otro reino podría igualarnos.
El silencio que siguió no fue de rechazo… sino de consideración.
Después de aquella conversación, tanto el emperador como su madre decidieron investigar con mayor profundidad al duque.
Sabían que, aunque él portaba el título, este no le pertenecía por derecho propio.
El ducado era de ella.
De su esposa.
Y más importante aún… de la hija de esa mujer.
La verdadera heredera.
En la familia Echeverría, el título no se transmitía por matrimonio ni por conveniencia. Solo la sangre lo legitimaba.
Era una ley antigua, inquebrantable, que había sobrevivido generaciones enteras.
El duque gobernaba únicamente como custodio.
Un guardián temporal.
Hasta que la niña alcanzara la mayoría de edad.
Entonces, el título pasaría a ella… incluso sin necesidad de matrimonio.
Una verdad que, irónicamente, el propio duque desconocía.
O al menos… eso creían.
Al día siguiente, el emperador tomó una decisión.
Mandó una invitación formal al ducado.
Una cena.
Quince días después.
En el palacio imperial.
La capital se encontraba a medio día de viaje, lo suficiente para preparar una entrada digna… o para cometer un error fatal.
La carta llegó al ducado un día más tarde.
El duque la recibió con visible entusiasmo.
Era la oportunidad que había estado esperando.
Sin perder tiempo, se dirigió hacia la duquesa y Simone, con una sonrisa que apenas podía contener.
—Tenemos una invitación al palacio —anunció—. De la familia real.
El ambiente cambió al instante.
Expectativa.
Ambición.
Orgullo.
Todo comenzó a girar alrededor de ese día.
Preparativos, vestidos, estrategias, apariencias.
Sin embargo, mientras ellos celebraban…
Yo solo podía sentir una cosa.
Que algo estaba a punto de romperse.
Y esta vez… no sabía si podría detenerlo.