En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Castillos de papel.
El gran problema con Liv… era que no sabía fingir. No poseía esa sutil hipocresía social que Axel había ensayado frente al espejo desde los diez años. Ella era transparente, un libro abierto escrito en un idioma que Axel apenas empezaba a descifrar. Y eso, para los planes de la élite, lo complicaba absolutamente todo.
—¿Qué se supone que significa esto? —preguntó Axel en voz alta, mirando la pantalla de su celular mientras caminaba bajo las arcadas de piedra de la orilla izquierda del Sena.
El mensaje de texto era breve, directo y carecía de los adornos habituales:
“Nos vemos en la sección de literatura clásica de la biblioteca. Es importante. Trae tu orgullo bajo el brazo.”
Axel frunció el ceño, guardándose el teléfono en el bolsillo de su abrigo.
—¿Importante? —murmuró para sí mismo, acelerando el paso—. En su vocabulario, eso nunca es una buena señal para la integridad de mi paciencia.
Cuando cruzó las pesadas puertas de madera de la biblioteca y se adentró en el pasillo iluminado por lámparas de luz cálida, la encontró de inmediato. Liv no estaba usando una mesa como el resto de los estudiantes mortales. Estaba sentada directamente en el suelo de parqué, con las piernas cruzadas y rodeada de una muralla de tomos de lomo grueso. Demasiados libros, incluso para los estándares de una carrera de letras.
—¿Se puede saber si estás… construyendo una barricada para una revolución estudiantil? —preguntó Axel, deteniéndose frente a ella con las manos en los bolsillos y una ceja alzada.
Liv levantó la mirada. Sus ojos marrones brillaron con una emoción tan viva que Axel sintió un imperceptible vuelco en el estómago.
—¡Sí! Bueno, no una barricada. Algo mejor.
—Eso no responde absolutamente nada, Cenicienta.
—Es un castillo —declaró ella con orgullo, acomodando un grueso volumen de la historia del arte francés como base de una nueva torre.
Axel parpadeó, procesando la escena. La luz de la biblioteca se filtraba por los vitrales, cubriéndola de un halo dorado.
—¿Un castillo? ¿Con libros que pertenecen al patrimonio de la universidad?
—Sí.
—¿Por qué?
Liv lo miró como si la respuesta fuera la cosa más obvia del universo, asombrada de que un supuesto genio de las finanzas no pudiera verlo.
—Porque los castillos son importantes, Axel. Todo el mundo necesita un refugio a veces.
—No en medio de una biblioteca pública donde el silencio es obligatorio y los bibliotecarios tienen cara de haber participado en la resistencia francesa.
—Especialmente en la biblioteca —insistió ella en un susurro entusiasta—. Aquí las historias sostienen las paredes. Es poético.
Axel dejó escapar un largo suspiro, aunque una sonrisa involuntaria amenazaba con romper la rigidez de su rostro.
—Esto va a acabar terriblemente mal. Nos van a vetar de por vida.
—Confía en mí por una vez.
—Esa es mi línea, Liv. Yo soy el que maneja los hilos aquí.
—Pues hoy la digo yo. Así que siéntate y ayúdame con la torre norte.
Silencio. Axel sostuvo la mirada, evaluando el peligro. Su mente analítica le decía que se diera la vuelta, pero sus pies se movieron por instinto. Se agachó, cuidando de no arrugar sus pantalones de diseñador, y se sentó a su lado.
—Esto me preocupa seriamente —admitió en voz baja.
Cinco minutos después, la obra arquitectónica de Liv desafiaba todas las leyes de la física.
—Ese lado izquierdo se está cayendo —observó Axel, señalando un volumen de poesía gótica que servía de contrafuerte.
—No se está cayendo, está experimentando una gravedad creativa.
—Se está inclinando peligrosamente hacia la tragedia y una expulsión académica, Liv.
—Es parte del diseño orgánico. Tienes que aprender a apreciar la asimetría del arte.
—Tu diseño no es orgánico, es caótico. Es un accidente esperando pasar.
Y, como si el universo tuviera un retorcido sentido del humor, pasó.
Liv intentó colocar un pequeño diccionario de sinónimos en la cúspide. La base tembló, el volumen de poesía cedió y el "castillo" colapsó por completo en un ruidoso efecto dominó. Los libros rodaron por el suelo de madera, rompiendo la paz del lugar.
Silencio sepulcral. Varios estudiantes voltearon a mirarlos con desaprobación. Liv contempló el desastre de papel… y luego, en lugar de encogerse de vergüenza, tapó su boca con ambas manos y empezó a reírse con un sonido silencioso y contagioso.
—Mi reino… —susurró dramáticamente, limpiándose una lágrima de risa— ha caído antes de ver el amanecer.
Axel soltó una risa baja, contagiado por la absoluta falta de solemnidad de la chica.
—Te lo advertí. Dos veces, de hecho.
—Eres un pésimo caballero andante, Von Lindberg. Viste el peligro y no protegiste las murallas de mi fortaleza.
—No recuerdo haber firmado ese contrato de vasallaje.
—No necesitabas firmarlo. Estabas implicado emocionalmente en la construcción de la torre norte. Te vi acomodar ese tomo de Shakespeare con mucho esmero.
—Yo nunca estoy implicado emocionalmente en nada, Liv —respondió él de inmediato. Su tono volvió a ser el del chico frío que manejaba las apuestas en los salones privados de París.
Liv lo miró. Fijamente. La risa desapareció de sus labios, dejando espacio a una mirada tan profunda que Axel sintió que le escaneaba el alma.
—Eso no es cierto —dijo ella con suavidad, con una certeza que lo desarmó.
Silencio. Axel desvió la mirada hacia los libros desparramados, sintiendo una repentina oleada de calor bajo el cuello de la camisa.
—Recojamos esto antes de que la encargada de la sección nos ejecute aquí mismo.
Comenzaron a apilar los libros en silencio. El ambiente se había vuelto extrañamente íntimo entre los pasillos vacíos. Liv rompió la tregua, hablando sin mirarlo mientras acomodaba los lomos por orden alfabético.
—¿Por qué me ayudas, Axel? De verdad.
Axel se detuvo un segundo, con un pesado tomo de mitología entre las manos.
—Porque puedo. Porque me aburro.
—No es suficiente. Ese es un argumento de junior mimado y tú eres demasiado inteligente para ser tan simple.
—¿Por qué tiene que haber una razón profunda para todo?
—Porque… —Liv dudó, apretando las páginas de un libro contra su pecho—. Porque la gente como tú no hace cosas por personas como yo porque sí. El mundo real no funciona con esa clase de altruismo.
—Yo sí lo hago.
Liv negó suavemente con la cabeza, su flequillo moviéndose con el gesto.
—No. No te creo.
—Liv…
—Siempre hay una razón, Axel. Una agenda, un motivo, un beneficio...
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