De Rusia a México
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23
La dinámica de los trillizos Petrov había mudado de piel. La universidad ya no era un patio de recreo, sino un laboratorio de alta estrategia. Mientras Ivan Jr. se hundía en el frío industrial del puerto, Mikhail se convertía en su contraparte digital, tejiendo una red de inteligencia que, por primera vez, unía a los dos hermanos en un propósito adulto: blindar la herencia del "Oso".
En el puerto, Ivanito no estaba solo, aunque el viento del Báltico le soplara en la cara con soledad. Mikhail, desde su santuario tecnológico en la mansión, era su ojo en el cielo. Utilizando una flotilla de drones invisibles al ojo humano y algoritmos de reconocimiento facial, Misha filtraba cada alma que se cruzaba en el camino de su hermano.
—Sector 4 despejado, Ivan —la voz de Mikhail sonaba nítida a través del auricular oculto—. El capataz que mencionaste tiene una cuenta en Chipre que no coincide con su salario. Te enviaré los detalles. No lo enfrentes aún; deja que nos guíe hacia el pez más grande.
Ivan Jr. asintió levemente, ajustándose el cuello del abrigo. Se movía entre los contenedores con una cadencia nueva, una mezcla de la fuerza bruta que siempre poseyó y la cautela analítica que estaba absorbiendo de su hermano. Mikhail disfrutaba esta colaboración; sentía que ya no limpiaba los desastres impulsivos de su gemelo, sino que construían juntos un muro de acero. Sin embargo, incluso con la tecnología de punta vigilando, había algo que los sensores térmicos no lograban captar.
Ivanito se detuvo en el muelle sur, donde el viento aullaba entre las grúas. De repente, un escalofrío le recorrió la nuca. No era el clima; era esa sensación animal, instintiva, de ser observado. Se giró rápidamente, escaneando las sombras de las cajas metálicas. Nada.
—Misha, ¿ves algo en el sector sur? —susurró Ivan.
—Cámaras limpias. No hay actividad sospechosa ni firmas de calor —respondió Mikhail desde la base—. ¿Qué pasa?
—Siento una mirada —confesó Ivan, confundido—. Pero no se siente como un cañón de rifle. Hay curiosidad. Como si alguien estuviera contando mis pasos.
Oculta entre el vapor de las calderas, una sombra permanecía inmóvil. No era un sicario de los Volkov, sino una presencia que parecía conocer el puerto mejor que los propios estibadores, una figura que se desvanecía en la bruma cada vez que Ivan intentaba localizarla.
A kilómetros de allí, la universidad se sentía como un desierto de cristal para Masha. Experimentaba, por primera vez, la verdadera soledad. Ivanito estaba en los muelles, Mikhail encerrado en sus códigos y sus padres inmersos en la guerra fría contra sus rivales. Incluso Alexei era ahora una sombra distante, cumpliendo órdenes que lo mantenían estrictamente alejado de ella.
Masha desfilaba por los pasillos con su "Cereza Letal" en los labios, pero su mirada hipnótica estaba apagada. Sus compañeros le abrían paso como a una deidad temible, pero nadie se atrevía a cruzar palabra. El silencio que antes usaba para alejar a los mediocres ahora se sentía como una condena de aislamiento. Viktor, su prometido formal, intentaba llenar ese vacío con regalos obscenos. Esa tarde, le envió un ramo de orquídeas negras tan grande que parecía un monumento fúnebre. Masha lo miró con náuseas.
—Llévatelo —le dijo al bedel—. Que las pongan en la capilla. Parecen flores de muerto, y así es como me siento hoy.
Se refugió en un rincón de la biblioteca, entre estantes de historia antigua. Allí, lejos del ruido y de las flores de Viktor, dejó caer su máscara. Extrañaba las peleas a gritos con Ivanito y las charlas crípticas con Mikhail. Extrañaba, sobre todo, la mirada ardiente de Alexei. La soledad la obligaba a enfrentarse a la mujer que quedaba cuando se quitaba los diamantes.
La familia Petrov estaba en transición. Los hermanos maduraban a través del deber. Mientras los hombres se forjaban en la vigilancia, Masha empezaba a entender que el poder absoluto es solo una jaula más elegante. Pero el destino seguía moviendo sus piezas: una sombra vigilaba a Ivan, una universitaria de ojos café —Camila— iniciaba su propia búsqueda en esa misma biblioteca, y los trillizos estaban a punto de descubrir que sus caminos se cruzarían de nuevo en el lugar menos esperado.