"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 7
La sede de Industrias Nova era un hervidero de murmullos nerviosos. Como cada mañana, el personal se movía con la precisión de soldados en un campo minado, evitando el área del ascensor privado de la presidencia. Pero a las diez de la mañana, algo cambió el ritmo del edificio.
Las puertas de cristal se abrieron y el sonido de unos tacones de aguja golpeando el mármol resonó como disparos en una catedral.
Yaneth entró.
No caminaba rápido, ni con la prisa de quien debe pedir perdón por llegar. Caminaba con la cadencia de quien es dueña del suelo que pisa. Llevaba el vestido negro ajustado que Fabián había elegido, un abrigo de lana color crema descansando sobre sus hombros y un bolso que gritaba exclusividad. Su cabello, peinado en ondas perfectas, caía sobre sus hombros, y sus labios, pintados de un rojo sangre impecable, sostenían una media sonrisa de absoluta confianza.
—¿Esa es... la esposa del jefe? —susurró una secretaria, dejando caer su bolígrafo—. Pero dijeron que era una...
—¿Una gorda? —intervino una mujer rubia, alta y de mirada ácida llamada Vanessa, que siempre había aspirado a ser la sombra de Thiago—. Es patético. Se puso un vestido caro para intentar esconder lo que sobra. Mírenla, parece que el vestido va a estallar en cualquier momento. Solo es grasa con etiqueta de diseñador.
Vanessa lo dijo lo suficientemente alto para que Yaneth la escuchara. Los empleados contuvieron el aliento, esperando que la chica agachara la cabeza y saliera huyendo como lo hacía en las fotos de la boda.
Pero Yaneth se detuvo. Giró su cuerpo con una elegancia que dejó a todos mudos y caminó directamente hacia el escritorio de Vanessa. La rubia intentó mantener la mirada altiva, pero cuando Yaneth se inclinó un poco, invadiendo su espacio personal con un perfume que olía a éxito y flores caras, Vanessa parpadeó, intimidada.
—Es un vestido de seda italiana, querida —dijo Yaneth, con una voz suave pero cargada de una autoridad que no conocían—. Y no te preocupes, la costura es tan fuerte como mi paciencia. Pero si sigues mirando mi ropa en lugar de tu monitor, lo que va a estallar es tu contrato de trabajo. ¿Entendido?
Vanessa palideció. No supo qué responder. Yaneth no esperó. Se dio la vuelta y siguió su camino hacia el ascensor privado, dejando tras de sí un silencio de puro respeto. Los empleados no veían a una mujer rellenita; veían a la esposa de Thiago Nova, una mujer que irradiaba un aura de poder que antes no existía.
Mientras tanto, en el último piso, Thiago estaba en medio de una videollamada con inversores de Londres. Su rostro era una máscara de piedra.
—Si no pueden garantizar el suministro, no hay trato. No acepto un "tal vez" cuando estoy poniendo quinientos millones sobre la mesa —decía Thiago, con los ojos clavados en la pantalla.
En ese momento, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Thiago frunció el ceño, listo para despedir a quien fuera que se hubiera atrevido a interrumpir su santuario.
—Les devuelvo la llamada en cinco minutos —dijo, cortando la comunicación de golpe.
Se giró en su silla, con una frase mordaz lista en la lengua. Pero las palabras se le murieron en la garganta.
Yaneth estaba de pie frente a él.
Thiago sintió un golpe en el pecho, una presión física que le quitó el aire. No era solo el vestido, que abrazaba cada una de sus curvas con una sensualidad que él no había querido ver antes. Era su postura. Ya no era la chica de hombros caídos que parecía querer pedir perdón por ocupar espacio. Yaneth sostenía su mirada con una fijeza que lo desafiaba. Su mentón estaba en alto, sus hombros hacia atrás, y se movía hacia su escritorio con la fluidez de una pantera.
Thiago, el hombre que nunca se ponía nervioso, el "Diablo de Hielo", sintió que sus manos temblaban imperceptiblemente bajo el escritorio. Se quedó mudo, con la boca ligeramente abierta, como un adolescente frente a su primer amor. Se sentía... bobo. Su cerebro, entrenado para analizar cifras, se había bloqueado por completo ante la imagen de la mujer que dormía a tres puertas de la suya.
—Buenos días, Thiago —dijo ella, apoyando sus manos sobre el escritorio de caoba. Sus uñas rojas resaltaban contra la madera oscura—. Dijiste que si me aburría, podía venir a trabajar. Aquí estoy.
Thiago tardó varios segundos en recuperar la voz. Su garganta estaba seca.
—Yaneth... tú... —balbuceó, maldiciéndose internamente por sonar tan vulnerable—. Te ves... diferente.
—Me veo como soy, Thiago. Solo que ahora lo sé —respondió ella, y por primera vez, él vio una chispa de picardía en sus ojos—. ¿Dónde está mi oficina? ¿O vas a dejar que me quede aquí parada haciendo que tus empleados pierdan la cabeza?
Thiago se puso de pie, casi por instinto de caballero, algo que no hacía por nadie. Rodeó el escritorio, acercándose a ella. Al estar frente a Yaneth, el aroma de su perfume lo envolvió, y por un momento, el "Diablo" se olvidó de los contratos, de los millones y de su propia frialdad. Solo podía ver la calidez de su piel, la fuerza de sus curvas y esa nueva majestad que emanaba de ella.
—Yo... no esperaba que vinieras hoy —dijo él, tratando de recuperar su compostura, aunque su corazón latía con una fuerza que le dolía—. Te haré instalar en la oficina contigua a la mía. Sandra se encargará de todo.
—Perfecto —Yaneth le dedicó una sonrisa que lo dejó todavía más aturdido—. Espero que seas un jefe exigente, Thiago. Porque no vine aquí a ser un adorno.
Ella se dio la vuelta para salir, y Thiago se quedó allí, parado en medio de su inmensa oficina, viendo cómo sus caderas se movían con una gracia real bajo la seda negra. Se sintió como un tonto. Había tenido un diamante en su casa y lo había tratado como si fuera vidrio barato.
Cuando la puerta se cerró, Thiago se dejó caer en su silla, frotándose la cara con las manos.
—Maldita sea —susurró para sí mismo, con una sonrisa involuntaria asomando en sus labios—. ¿Qué demonios acaba de pasar?
Esa mañana, el hielo de Thiago Nova no solo se agrietó; empezó a derretirse. El "Diablo" acababa de conocer a su Reina, y lo más aterrador para él era que empezaba a sospechar que ella no necesitaba su corona para reinar.