En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 06
La "Biblioteca de los Ciegos" no era una biblioteca, ni sus ocupantes carecían de visión. Era un edificio de piedra volcánica situado en el límite entre el barrio de los eruditos y los barrios bajos de Vesperia. Se llamaba así porque, en sus estancias, se decía que uno podía ver las verdades que el resto del mundo prefería ignorar. Para Atraeus, era el lugar perfecto para cimentar los cimientos de su rebelión silenciosa.
Hacía apenas unas horas que se había despedido de Lady Marcella, y aunque el aroma de su piel aún parecía impregnado en sus sentidos, su mente ya estaba a leguas de distancia, procesando la información sobre el solsticio de invierno. El Rey Helios iba a ser traicionado por su propia esposa, la Reina Lyra. Una jugada maestra si no fuera porque Atraeus ya conocía las reglas del tablero antes de que las piezas se movieran.
Atraeus cruzó el umbral, donde dos hombres de hombros anchos y túnicas grises le flanquearon. No eran guardias comunes; eran desertores de la Guardia de Ébano, hombres que el sistema había escupido y que Atraeus había recogido del fango, dándoles un propósito y, lo más importante, un enemigo.
—Los invitados están en la sala circular, señor —dijo uno de ellos, inclinando la cabeza con una reverencia que mezclaba el miedo y el respeto absoluto—. El Barón Kestos ha traído a los otros tres.
Atraeus asintió. Al entrar en la sala, el aire se sentía pesado por el humo de las pipas y el susurro de la conspiración. El Barón Kestos, un hombre cuya familia había sido despojada de sus tierras mineras por un decreto caprichoso de Helios, se puso en pie de inmediato. Junto a él, un escribano real caído en desgracia y una capitana de la marina mercantil que había perdido su flota por los impuestos de guerra.
—Kade —dijo Kestos, usando el alias de Atraeus—. Dijiste que tenías una manera de recuperar lo que es nuestro. Estamos aquí, pero queremos pruebas. El Rey es un tirano, sí, pero es un tirano con diez mil espadas a su servicio.
Atraeus caminó hacia el centro de la mesa, donde un mapa del reino estaba desplegado. Su presencia parecía absorber la luz de las velas, proyectando una sombra alargada que cubría el mapa.
—Las espadas son solo trozos de acero si no hay manos que quieran empuñarlas —respondió Atraeus, su voz resonando con una autoridad gélida—. Helios cree que el Norte es su escudo, pero la Reina ya ha empezado a limar los bordes de ese escudo. Lo que os ofrezco no es solo venganza, es la reconstrucción de vuestro legado bajo un nuevo orden. Uno donde la sangre no sea el único título de propiedad.
—¿Y quién dirigirá ese orden? —preguntó la capitana, cruzando sus brazos musculosos sobre el pecho—. ¿Vos? Un hombre que apareció de la nada con los bolsillos llenos de oro y la boca llena de promesas.
Atraeus se acercó a ella. Por un segundo, permitió que el aire a su alrededor vibrara con la magia que mantenía oculta. Los cristales de las lámparas tintinearon y la temperatura en la sala descendió varios grados. No fue un espectáculo de fuego, sino una manifestación de poder puro y primordial.
—Yo no dirijo —dijo Atraeus, clavando su mirada de acero en la de ella—. Yo soy el arquitecto. Vosotros sois los pilares. Si me servís, os devolveré vuestras minas, vuestros barcos y vuestra dignidad. Si me traicionáis... bueno, ya sabéis lo que le sucede a los que intentan engañar al Mercado de Lenguas.
El silencio que siguió fue absoluto. Uno a uno, los nobles descontentos inclinaron la cabeza. La red estaba extendiendo sus hilos hacia la política formal, pero Atraeus sabía que necesitaba algo más que hombres resentidos. Necesitaba una mente que pudiera anticipar los movimientos de la Reina Lyra antes de que ella misma los concibiera.
—Retiraos —ordenó Atraeus—. Mis mensajeros os contactarán con los detalles de vuestras misiones. Empezad a sembrar el descontento en los cuarteles. Decidles a los soldados que sus pagas están financiando los banquetes de la Reina, no sus armaduras.
Cuando la sala quedó vacía, una figura que había estado oculta en el rincón más oscuro, tras una estantería de pergaminos prohibidos, se adelantó.
—Es un discurso impresionante, Atraeus. Casi yo misma te habría creído si no supiera que odias a estos hombres tanto como al Rey.
Atraeus no se giró. Conocía esa voz. Era afilada como un escalpelo y elegante como el cristal.
—Thera. Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en salir de tu escondite.
Thera se acercó a la luz. No era una mujer de belleza convencional; su atractivo residía en una inteligencia feroz que emanaba de sus ojos color ámbar. Llevaba una túnica de erudita que no lograba ocultar la gracia de sus movimientos. Thera era una estratega, una mujer que había sido expulsada de la Academia de Ciencias por ser "demasiado radical", lo que en Vesperia significaba que era más inteligente que sus maestros.
—He estado observando tu red —dijo ella, rodeando la mesa y deteniéndose frente a él—. Es extensa, pero le falta cohesión. Tienes la fuerza de los muelles y el resentimiento de los nobles caídos, pero te falta el pegamento. Te falta alguien que sepa cómo transformar este caos en una revolución.
—Por eso te hice llamar —respondió Atraeus, permitiéndose una pequeña sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Marcella me ha dado la fecha. El solsticio de invierno. La Reina planea un "accidente" para Helios.