Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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Reglas del matrimonio
La puerta se abre antes de que toque.
Una mujer mayor, impecablemente vestida, inclina la cabeza con respeto.
-Bienvenidos.
Entro primero.
El aire es distinto aquí.
Más limpio. Más silencioso. Más... calculado.
La mansión es exactamente lo que esperaba: lujo sin exceso, elegancia fría, espacios amplios diseñados no para vivir... sino para observar.
Cada detalle habla de control.
De poder.
De dinero que no necesita demostrarse.
Rachell entra detrás de mí. Sus pasos son firmes, seguros, como si el lugar ya le perteneciera.
Tal vez así es.
-La casa ha sido preparada para ustedes -dice la mujer-. Si necesitan algo-
-No -responde Rachell sin mirarla-. Puedes retirarte.
La mujer asiente y desaparece en silencio.
La puerta se cierra.
Y por primera vez desde la ceremonia...
Estamos solos.
El silencio entre nosotros no es incómodo.
Es tenso.
Peligroso.
Me giro lentamente hacia ella.
Ella ya me está mirando.
Directo.
Sin suavizar nada.
-Bien -dice finalmente-. Terminemos con esto.
Alzo una ceja.
-Directa.
-Eficiente.
Camina unos pasos por la sala, observando el lugar sin realmente mirarlo.
-Esto es un contrato -continúa-. No un matrimonio.
-Estamos de acuerdo.
Se detiene.
Se gira hacia mí.
-Nadie domina al otro.
La observo en silencio un segundo.
-Eso está por verse.
Sus ojos se afilan.
-No -dice con firmeza-. Eso no se discute.
Doy un paso hacia ella.
-Todo se discute.
-No conmigo.
La distancia entre nosotros se reduce.
Demasiado.
-Entonces deberías empezar a hacerlo -murmuro.
Ella no retrocede.
No baja la mirada.
-No soy una de tus mujeres de paso.
Una leve sonrisa cruza mi mente.
-Lo sé.
-No me controlas.
-No lo intento.
-Más te vale.
Silencio.
La tensión se estira entre nosotros como una cuerda a punto de romperse.
-Reglas -dice ella finalmente, sin apartarse-. Ahora.
Asiento levemente.
-Adelante.
-Habitaciones separadas.
-Aceptado.
-Nada de... -hace un pequeño gesto con la mano- intimidad innecesaria.
-Conveniente.
-Respeto en público.
-Siempre.
-Unidad frente a terceros.
-Obligatorio.
-Reuniones conjuntas -añade-. Estrategia. Decisiones.
-Control compartido -completo.
Sus ojos se detienen en los míos.
-Temporal.
-Todo lo es.
Camina hacia una mesa cercana, apoyando las manos sobre la superficie.
-Esto no es para siempre.
-No lo necesito para siempre.
-Es un acuerdo.
-Es una herramienta.
Se gira lentamente.
-Entonces úsala bien.
Me acerco otro paso.
Ahora estamos a una distancia mínima.
Puedo ver cada detalle de su rostro.
Cada línea de tensión.
Cada pensamiento que no dice.
-Siempre lo hago.
Sus labios se tensan apenas.
-No estaremos juntos.
-No lo estamos.
-Ni lo estaremos.
-Eso depende.
-No -corta-. No depende de nada.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
-Perfecto -digo finalmente.
Ella lo sostiene.
Luego asiente.
-Bien.
Se aleja.
La distancia vuelve.
Pero la tensión no desaparece.
-Sobre las operaciones -continúa, retomando el control-. Asia es mío.
-América es mía.
-No interfieres en lo que no te corresponde.
-Mientras tú hagas lo mismo.
-Habrá puntos de conexión.
-Y decisiones conjuntas.
-Sin errores.
-Sin debilidades.
Nos miramos.
Y por primera vez...
Hay algo parecido a entendimiento.
No confianza.
No respeto.
Pero sí claridad.
-En público -dice ella-, seremos perfectos.
-Como hoy.
-Mejor que hoy.
Una leve pausa.
-Nadie debe dudar.
-Nadie lo hará.
-Y si lo hacen...
-Lo corregimos.
Asiente.
-Exacto.
Silencio otra vez.
Más pesado.
Más denso.
-Entonces... -dice finalmente- eso es todo.
La observo mientras se gira.
Camina hacia las escaleras.
Sin prisa.
Sin mirar atrás.
Pero antes de subir, se detiene un segundo.
-Ah -añade sin girarse-. No entres a mi habitación.
Sonrío apenas.
-No pensaba hacerlo.
-Mejor para ti.
Y entonces...
Se va.
Desaparece en el segundo piso como si nunca hubiera estado aquí.
La casa queda en silencio.
Pero no es un silencio vacío.
Es el tipo de silencio que anuncia algo.
Algo que apenas comienza.
Miro alrededor.
Luego cierro lentamente la mano.
Esto no será un matrimonio.
No será fácil.
No será limpio.
Pero será...
Interesante.
Y ella...
Será el desafío más peligroso de todos.