Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
NovelToon tiene autorización de maucris para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: Combustión interna.
Dos días después...
Verla cruzar la puerta de mi oficina con esa blusa blanca, impecable y sugerente, fue un golpe directo al estómago. Caminaba con una altivez que me resultó tan irritante como jodidamente excitante.
Cuando me acerqué, el aire entre los dos se volvió denso, casi eléctrico. Sentir su aroma sutil mezclado con el frío de la calle despertó en mí un impulso violento y primitivo.
Quise encerrarla con llave y empujarla contra el escritorio, destrozando esa maldita blusa blanca para recordarle quién tenía el control. Porque su juego de desentendida, esa voz clara y desafiante frente a los empleados, solo lograba ponérmela más dura.
—No tengo nada de qué hablar contigo a solas, Adrián. Menos después de cómo terminaron las cosas en tu departamento —soltó, mirándome con una frialdad que pretendía congelarme, pero que solo consiguió encender un fuego abrasador en mis pantalones.
Recordar esa última noche en mi departamento, su piel sudorosa bajo la mía, sus gemidos ahogados contra mi boca antes de que todo saltara por los aires, me causó una punzada de deseo tan intensa que me costó respirar.
Sintió el peso de mi mirada; lo vi en el sutil estremecimiento de su cuello, en cómo se le tensaron los pezones bajo la tela fina de la blusa cuando le apreté el antebrazo.
Quería jugar a la guerra, quería quemar mi mundo, pero la forma en que me desafiaba me demostraba que seguía atrapada en mi órbita.
Me dio la espalda y caminó hacia su escritorio con un contoneo deliberado, sabiendo que mis ojos devoraban cada centímetro de sus caderas. Y sonreí para mis adentros, sintiendo la opresión en la entrepierna.
Laura creía que me había acorralado, pero lo único que había logrado era transformar la rabia de la traición en una necesidad obsesiva de volver a poseerla, de someterla hasta que olvidara sus estúpidos correos y volviera a suplicar por mí.
Al rato...
Cuando el zumbido del intercomunicador cesó, supe que vendría. Dejé la chaqueta sobre la silla y me aflojé la corbata, buscando aire para frenar la urgencia que me provocaba solo pensar en tenerla cerca.
Al abrir la puerta, Laura era pura provocación. Esa blusa blanca, ajustada por la tensión de su postura, y la barbilla en alto... Deliciosa.
Quise acortar la distancia de inmediato, pero jugué mi mejor carta: la vulnerabilidad. Le pedí que cerrara la puerta con una voz que pretendía ser un ruego, pero que por dentro era una orden de sumisión.
Cuando intentó atacarme con sus frías palabras corporativas, di el paso definitivo. Invadí su espacio hasta que el calor de mi cuerpo empezó a derretir su fachada.
Respiró hondo, tragando el aroma de mi sándalo mezclado con mi propia piel, y vi cómo el pulso se le disparaba en la garganta.
Estaba ganando...
Supe que recordaba la humedad de mi boca, mis manos abriéndose paso en su intimidad y la forma salvaje en que la hacía arquear la espalda en mi cama.
Deslicé mis dedos por su antebrazo... Su piel era una brasa. Me acerqué tanto que mis labios rozaron los suyos al susurrarle que la extrañaba. Sentí su rendición, el sutil roce de su vientre contra mi entrepierna, que ya estaba dura, reclamándola.
Estuvo a punto de perderse en mí, de hundir sus dedos en mi pelo y suplicar por el castigo que tanto le gusta.
Pero reaccionó...
Dio un paso atrás, rompiendo la magia con un "No, Adrián" que me supo a gloria y a rabia pura. Intenté acorralarla contra el escritorio, rozando mis muslos con los suyos para recordarle quién la dominaba.
Sabía qué fibra tocar. Me pegué a ella, sintiendo la agitación de su pecho contra el mío, y le siseé al oído, con la voz rota por la erección que ya no podía ocultar:
—Vas a volver a mí, suplicando que te tome, que te haga mía con la intensidad que te hace perder el control y te llene como ningún otro hombre lo ha hecho jamás.
Su sonrisa altanera y su respuesta antes de darse la vuelta solo fueron gasolina para el fuego.
......................
Al otro día...
Ver a Ignacio balbucear frente a los socios me causaba una gracia infinita, pero mi verdadera diversión estaba al otro lado de la mesa. Laura se mantenía en silencio, hermosa en su desdén, con las manos entrelazadas y esa blusa blanca que no hacía más que recordarme lo mucho que deseaba arrancársela allí mismo.
Le tendí la trampa esperando verla suplicar o perder los papeles, pero me sostuvo la mirada con una soberbia que me dejó la entrepierna latiendo en plena junta.
—Estoy diciendo que no es el que yo entregué —soltó. Su voz, firme y fría, cortó el aire de la sala como un látigo, provocando que los socios exigieran su versión.
Cuando se levantó para exponer, el movimiento de sus caderas al caminar hacia la pantalla casi me hace perder el decoro. Habló con una seguridad tan aplastante, tan jodidamente sexy, que verla dominar la sala solo consiguió que mi obsesión por someterla se multiplicara.
Los socios se marcharon maravillados, pero en cuanto la puerta se cerró y nos quedamos a solas, la atmósfera se volvió pura pólvora.
Me acerqué a ella, apoyándome en la mesa, tan cerca que podía oler su piel excitada bajo el perfume barato de la oficina. Cuando me desafió preguntando si me excitaba verla fallar, una risa ronca me escapó del pecho.
—Te estás volviendo más desafiante, Laura —le siseé, acortando la distancia hasta que sentí el calor que emanaba de su cuerpo. Quería arrinconarla contra el cristal, levantarle la falda y recordarle con la boca y los dedos quién seguía siendo el dueño de sus gemidos—. Ten cuidado. Esto puede volverse desagradable.
—Ya lo es —respondió, clavándome unos ojos encendidos de rabia y deseo contenido—. Si vas a intentar destruirme, hazlo mejor.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, dejándome con la palabra en la boca y una erección dolorosa que me quemaba.
Me provocaba, me desafiaba, y cada paso que daba alejándose de mí solo lograba que imaginara con más fuerza el momento en que la doblara sobre esa misma mesa corporativa para cobrármelas todas juntas. Cree que es libre, pero su insolencia solo la está encadenando más a mí.
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo