"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 11
Habían pasado dos meses desde que Yaneth pisó por primera vez la oficina de Thiago como su esposa. Dos meses de despertarse a las cinco de la mañana para entrenar hasta que las piernas le temblaran, de aprender sobre finanzas hasta que los ojos le ardieran y de seguir la dieta de la doctora Arrieta con una disciplina que asustaba incluso a Fabián.
El cambio no era solo físico, aunque era evidente. Yaneth seguía teniendo sus curvas, pero ahora eran firmes, esculpidas por el esfuerzo. Su rostro se había afilado, resaltando unos pómulos altos y una mirada que ya no buscaba el suelo. Sin embargo, la verdadera prueba no estaba en el espejo, sino en el Gran Salón del Hotel Continental, donde se celebraba la gala benéfica de la industria textil.
—Nena, si caminas más derecho te vas a convertir en una estatua de mármol —susurró Fabián, ajustándose el corbatín de seda eléctrica—. Estás espectacular. Ese vestido rojo no es un color, es una declaración de guerra. Si Thiago no babea hoy, oficialmente le pediremos al servicio técnico que le cambie las baterías porque está roto.
Yaneth sonrió, aunque sus manos temblaban un poco sobre el bolso de mano. Thiago caminaba a su lado, impecable en un esmoquin negro que lo hacía parecer un príncipe de la oscuridad. No habían hablado mucho en el auto, pero él no había dejado de mirarla de reojo, con una intensidad que a ella le hacía saltar el corazón.
—Mantente cerca de mí —dijo Thiago, su voz era baja, casi un murmullo posesivo—. Esta gente se alimenta de los nervios ajenos. No les des el gusto.
Entraron al salón y el murmullo se detuvo por un segundo. Yaneth sentía las miradas, pero esta vez no eran de burla, sino de una curiosidad genuina y envidiosa. Todo iba bien hasta que, cerca de la fuente de champán, un grupo de cuatro personas se interpuso en su camino.
Yaneth sintió que el mundo se detenía. Eran ellos. Matías, Carla y Luciana. Sus antiguos "compañeros" de la universidad, los mismos que le ponían apodos crueles, los que grababan videos riéndose de ella en la cafetería, los que hacían apuestas sobre cuántas sillas rompería.
—¿Yaneth? ¿De verdad eres tú? —soltó Carla, barriéndola con una mirada cargada de veneno—. Vaya, parece que el dinero de los Nova compra muy buenos cirujanos y fajas de acero. ¿O es que finalmente aprendiste a cerrar la boca en el buffet?
Matías soltó una carcajada cínica, dando un sorbo a su copa.
—No seas mala, Carla. Mira qué bien le queda el rojo. Aunque claro, una gorda vestida de seda sigue siendo una... bueno, ya sabes. El hábito no hace al monje, y el vestido no quita los kilos de trauma.
Yaneth sintió que las paredes se cerraban. Por un instante, volvió a tener diecinueve años, sintiéndose pequeña, fea y sola. El pánico empezó a subir por su garganta, bloqueándole el habla. Fabián dio un paso adelante, con los ojos echando chispas, listo para soltar una de sus bombas verbales, pero alguien fue más rápido.
Una mano firme y fría se posó en la cintura de Yaneth, atrayéndola con una fuerza protectora que la dejó sin aliento. Thiago dio un paso al frente, su presencia pareció oscurecer el salón entero. El aura de "Diablo" que le conocían en la empresa se multiplicó por mil.
—Repite lo que dijiste —ordenó Thiago. Su voz no era un grito, era un susurro letal, el sonido de un depredador antes de atacar—. Te estoy escuchando, Matías. Repite la última frase frente a mí.
Matías palideció de inmediato, el vaso de champán le tembló en la mano. Carla dio un paso atrás, ocultándose tras su bolso.
—Señor Nova... yo... solo estábamos bromeando, somos viejos amigos de la universidad —balbuceó Matías.
—Ustedes no son amigos de nadie. Son parásitos que se alimentan de intentar rebajar a alguien que está a años luz de su mediocridad —Thiago dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Matías. Era más alto, más fuerte y mil veces más peligroso—. Escúchenme bien, porque no lo voy a decir dos veces. Yaneth es mi esposa. Es la señora Nova. Y cada palabra que sale de sus bocas mediocres sobre ella, la tomo como un insulto personal a mi apellido.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Los invitados cercanos se alejaron, temiendo quedar atrapados en el fuego cruzado.
—Si vuelvo a escuchar, o si llega a mis oídos que alguno de ustedes abre la boca para mencionar el nombre de mi esposa con desprecio —continuó Thiago, con los ojos grises fijos en Carla, que temblaba como una hoja—, me encargaré personalmente de que sus familias no vuelvan a conseguir un crédito bancario ni una invitación a una fiesta de cumpleaños en esta ciudad. Los arruinaré tan rápido que no tendrán tiempo ni de pedir perdón. Lárguense. Ahora.
Los cuatro salieron casi corriendo, tropezando entre ellos para desaparecer entre la multitud.
Thiago no se movió hasta que se perdieron de vista. Su respiración era pesada, su mandíbula seguía apretada. Yaneth lo miraba con los ojos muy abiertos, el corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en los oídos. Nunca, en toda su vida, nadie la había defendido así. Su padre se habría unido a las burlas, su madre habría bajado la cabeza avergonzada, y aunque Fabián siempre peleaba por ella, el peso de Thiago era diferente. Era un escudo de hierro.
—¿Estás bien? —preguntó Thiago, girándose hacia ella. Por un segundo, el hielo de sus ojos se derritió, dejando ver una preocupación genuina, casi desesperada.
Yaneth solo pudo asentar con la cabeza, incapaz de articular palabra. Algo se movió en lo más profundo de su ser. Ese muro de frialdad que ella creía que Thiago mantenía por odio, empezó a verse como lo que realmente era: una armadura contra el dolor. Y ahora, él había usado esa misma armadura para cubrirla a ella.
Fabián se acercó, rompiendo el hechizo con un suspiro dramático.
—¡Virgen de la Altagracia! Thiago, querido, si no fueras tan heterosexual y yo no tuviera tanto estilo, te daba un beso ahora mismo. ¡Eso fue poesía! ¡Los dejaste más blancos que una pared de hospital! Nena... —Fabián le tomó la mano a Yaneth—, cierra la boca que te va a entrar una mosca. Tu marido acaba de hacer un exorcismo social en vivo.
—Gracias, Thiago —logró decir Yaneth finalmente. Su voz era un hilo, cargada de una emoción que amenazaba con desbordarse—. Nadie... nunca nadie había hecho eso por mí.
Thiago la miró fijamente. Por un instante, estuvo a punto de decir algo amable, algo suave. Pero el recuerdo de Lucía volvió a cruzar por su mente como un relámpago amargo. Se enderezó, recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus ojos lo traicionaban.
—Eres una Nova —dijo él, volviendo a su tono gélido, aunque no pudo evitar que su mano permaneciera en su cintura—. Nadie insulta lo que es mío. Vamos a la mesa, la cena está por empezar.
Caminaron hacia su lugar asignado. Fabián iba detrás, murmurando:
—"Nadie insulta lo que es mío", dice el hombre. ¡Por favor! Eso no fue por el apellido, eso fue por la mujer. Si este hombre no está enamorado, yo soy monja de clausura. Yaneth, prepárate, porque después de este numerito, el iceberg se va a derretir y va a haber una inundación.
Yaneth se sentó, sintiendo el calor de la mano de Thiago todavía marcado en su piel. Sabía que él no lo admitiría, que seguiría siendo el "Diablo de Hielo" durante el día, pero esa noche algo había cambiado para siempre. Ya no era solo un matrimonio por contrato. Había una lealtad que no se podía comprar con dinero, y ella, por primera vez, se sintió verdaderamente en casa.
Mientras tanto, en una esquina del salón, Beatriz observaba a su hijo con una sonrisa triunfal. "Te lo dije, Thiago", pensó para sí misma. "Nadie defiende así lo que no ama".
La guerra apenas comenzaba, pero Yaneth ya no era la soldado que recibía los golpes; ahora tenía al general más temido del mundo de su lado.
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Un mensaje para ustedes: Por qué escribo
Muchos escriben por pasatiempo, por el brillo del éxito o por la simple alegría de crear mundos nuevos. Pero luego estamos quienes escribimos por supervivencia.
Para mí, escribir no es solo una elección; es mi tabla de salvación frente a la depresión. Escribo porque hay días en los que la realidad pesa demasiado, y mi mente necesita un lugar donde el dolor pueda transformarse en algo más. Escribo para:
Silenciar el ruido: Para que las voces que me invitan a la tristeza o a lastimarme pierdan fuerza frente a la voz de mis personajes.
Crear refugios: Para construir mundos donde puedo controlar el caos, algo que en mi propia vida a veces parece imposible.
Sanar a través de la ficción: Porque al imaginar otras vidas, permito que mi propia mente descanse de los recuerdos y del mal que me han hecho.
Hoy es uno de esos días donde el llanto está a flor de piel y la sombra se siente más densa. A veces, incluso subir un capítulo me cuesta el alma, pero lo hago porque sé que, del otro lado, hay alguien que quizás también busca un escape en mis letras.
Gracias por estar aquí, por leer y por permitirme compartir no solo mis historias, sino también este pedazo de mi realidad. Escribo para no hundirme, y saber que ustedes leen me ayuda a mantenerme a flote un día más.
Hoy estoy en donde esté capítulo no me ayuda. Tengo tantas ganas de llorar que no puedo escribir porque no le sale. Si subo poco lo siento.