El amor entra por el estómago y los ojos
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13
Después de recorrer caballerizas de lujo que parecían palacios, Igor se detuvo en seco en medio de un pasillo lleno de sillas de montar de cuero italiano. Se frotó la barbilla, con esa expresión concentrada que solía preceder a una ejecución o a una brillante idea táctica.
—Sabes, Sergei —soltó Igor, con la mirada perdida en el vacío—, conozco a mi bomboncito. En cuanto vea al poni, va a querer celebrar. Va a querer jugar al té en el jardín, y no hay nada mejor para un té real que unos bizcochos de frambuesa, unos buenos macarrones y esos besos de cereza que tanto le encantan.
Sergei se detuvo y miró a su hermano de armas con una ceja levantada. El contraste era casi ridículo: un hombre con cicatrices en los nudillos y una pistola bajo el saco, hablando con absoluta seriedad sobre la textura de un macarrón francés.
—A veces, solo a veces, me pregunto qué pasaría si una de tus tantas modelos te oyera hablar así de "bomboncito" —se burló Sergei, soltando una risa ronca—. Pensarían que por fin apareció la dueña de tu corazón.
Igor no se inmutó. Se ajustó el cuello de la camisa y miró a Sergei a los ojos con una sinceridad aplastante.
—Y lo es, Sergei. Inna es la dueña de mi corazón, de mi mente, de mi alma y de mi cartera. Todo mi testamento estará a su nombre. Si yo caigo, ella no tendrá que preocuparse ni por el color de sus listones.
Sergei suavizó la mirada un segundo, conmovido por la lealtad de Igor hacia su hija, pero el instinto de tiburón volvió pronto.
—Avísame cuando lo tengas hecho —dijo Sergei con tono burlón—, capaz y después te pasa un "accidente" y me quedo con tu parte del negocio para el fondo universitario de la nena.
—Qué chistoso te levantaste hoy, garrocha —respondió Igor, dándole un empujón amistoso en el hombro—. ¡Neón!
Un hombre corpulento de mirada gélida, uno de sus conductores más hábiles, se cuadró de inmediato ante ellos.
—Busca una pastelería. Pero no una de esas cadenas comerciales que venden cartón con azúcar. Necesitamos bizcochos de verdad, algo que esté a la altura de una princesa. Muévete.
Neón asintió y empezó a teclear frenéticamente en su teléfono satelital. El convoy de camionetas blindadas rugió de nuevo, dejando atrás el olor a heno y caballos para adentrarse en las calles comerciales. Sergei e Igor necesitaban encontrar el postre perfecto antes de que el sol cayera, sin saber que el algoritmo de búsqueda de Neón estaba a punto de llevarlos directamente a un local recién inaugurado donde una chica llamada Jazmín acababa de sacar del horno una charola de dulces que olían a gloria.
El destino estaba trazando una ruta directa entre el "Demonio Ruso" y la chica del molde de flores, y no había muro de hormigón ni guardaespaldas que pudiera detener lo que estaba por suceder.
Neon buscaba el postre perfecto pues sabía que al te NADIE podía faltar .