⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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La cacería será nuestra
El aire en el salón táctico de la mansión Volkov estaba tan cargado que se podía sentir el sabor del metal en la lengua. Las lámparas de gas vibraban con un zumbido constante, proyectando sombras alargadas sobre los mapas extendidos en la mesa central.
Ben estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresión que habría hecho temblar a cualquier recluta de su mundo anterior. Frente a él, Jasper mantenía una postura rígida, pero sus ojos delataban una mezcla de culpa y frustración.
—Te di una orden, Jasper —dijo Ben, su voz era un susurro gélido —. Asegurar el perímetro. Me aseguraste que ni una rata cruzaría el muro sin ser detectada. Y anoche, un asesino profesional estuvo a tres metros de la habitación de mis hijos.
Jasper bajó la cabeza un centímetro, el máximo gesto de derrota que un alfa de su rango podía permitirse.
—Capitán, las patrullas rotaron según el plan. Los sensores de presión en el balcón no se activaron. No tengo excusa, pero le juro que revisamos cada válvula y cada cable.
—Las excusas no sirven cuando hay cadáveres, Jasper —intervino Valerius desde las sombras, con su voz de trueno—. Si mis hijos no hubieran estado alerta, hoy estaríamos organizando un funeral.
Antes de que Jasper pudiera responder, la puerta de roble pesado se abrió. No fue una entrada ruidosa, sino calculada. Leo y Vlad entraron seguidos de cerca por Sage.
—No fue culpa de Jasper, Papá Ben —dijo Leo con una calma que desarmaba.
Ben suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Leo, les dije que este es un asunto de seguridad. Vuelvan con Sage a la cocina.
Pero Sage no se movió. El hermano de Ben, que siempre había sido el alma dulce de la casa, dio un paso al frente. Sus manos, aunque delicadas, sostenían una bandeja con viales de cristal y un kit de análisis químico que Ben reconoció de inmediato.
—Ben, escucha a los niños —dijo Sage con firmeza—. He estado revisando los filtros de aire de los pasillos laterales. Alguien usó un compuesto de éter refinado para adormecer los sensores de humedad. Jasper no pudo verlo porque el químico se disuelve en el vapor de las calderas.
Jasper miró a Sage con una mezcla de asombro y gratitud. Sage, entrenado por Ben para ser el "ojo invisible" de la logística, había encontrado el fallo técnico que la fuerza bruta de los guardias ignoró.
Leo se acercó a la mesa y, sin pedir permiso, señaló una zona del mapa que representaba el ala este.
—Aquí, en la unión de la tubería de escape tres —dijo Leo—. Hay un punto ciego acústico. El ruido del vapor saliendo a presión cancela el sonido de cualquier gancho de escalada. Bruce lo sabía. Él no entró por el balcón porque fuera un error de la guardia; entró por ahí porque es el único lugar donde la física de esta casa juega a su favor.
Vlad se colocó al lado de su hermano, cruzando sus pequeños brazos.
—Y en el jardín sur, el ángulo de las farolas crea una sombra larga justo debajo de la gárgola de bronce. Yo lo vi desde mi ventana. Si te mueves al ritmo del parpadeo del gas, eres invisible.
Ben miró a sus hijos y luego a Valerius. El silencio se prolongó. Por un momento, Ben quiso volver a gritarles, decirles que se encerraran, que no vieran los mapas de infiltración. Pero al ver la determinación en sus rostros, la misma voluntad de hierro que él mismo poseía, sintió que algo se rompía dentro de él. Su deseo de protegerlos estaba empezando a asfixiar la capacidad de sus hijos para defenderse.
—Tienen razón —admitió Ben finalmente, su voz suavizándose—. Son mejores observadores de lo que pensé.
Jasper miró a los niños con un respeto genuino.
—Si me permiten, jóvenes herederos... me gustaría que me mostraran cada uno de esos puntos. Rediseñaremos la guardia bajo su supervisión.
Valerius soltó una risa corta y ronca, una muestra de orgullo salvaje.
—Parece que tus cachorros ya tienen sus propios colmillos, Ben.
La tensión se alivió un poco cuando la puerta volvió a abrirse. Esta vez era Vane. El exinspector caminaba con su rostro de urgencia de quien ha encontrado la pieza que faltaba en un rompecabezas sangriento. Traía una carpeta marrón manchada de aceite.
—Tengo el informe de identidad que pediste, Ben —dijo Vane, lanzando la carpeta sobre la mesa—. Sobre el cuerpo que ocupa Bruce.
Todos se inclinaron sobre los papeles.
—Se llamaba Nadler —explicó Vane—. Un alfa común de aroma a nogal negro. Era un mendigo, un "fantasma de muelle" que vivía de las sobras de las refinerías. No tenía familia, ni amigos, ni antecedentes de violencia. Un tipo invisible que se estaba muriendo de desnutrición en un callejón.
Ben frunció el ceño.
—¿Y qué cambió?
—Hace exactamente dos meses —continuó Vane, señalando una fecha en el informe—, Nadler fue encontrado en un almacén de carbón. Los médicos de la beneficencia dijeron que tuvo un ataque al corazón. Estuvo muerto clínicamente por tres minutos. Pero de repente, despertó.
Vane hizo una pausa para dar énfasis.
—A partir de ese día, el mendigo desapareció. Dos semanas después, un hombre con su mismo rostro, pero con una postura militar perfecta y una mirada que helaba la sangre, empezó a frecuentar los bajos fondos. Se hacía llamar Nadler, pero se movía como un espectro. En dos meses, pasó de comer basura a liderar a los "Cuervos de Hierro" tras eliminar a sus cabecillas con golpes de precisión.
Ben sintió un escalofrío. Dos meses. Ese era el tiempo exacto en que las pesadillas de su vida pasada habían vuelto a su mente con más fuerza.
—Transmigró igual que yo —susurró Ben—. Bruce murió en nuestro mundo hace dos meses y este tal Nadler fue el recipiente perfecto. Un hombre sin vida, un cuerpo vacío que nadie reclamaría.
—Ese aroma a nogal negro... —comentó Vlad, recordando el encuentro en el balcón—. No es un aroma común. Es seco, como madera vieja...
—Es el aroma de un depredador que se oculta en el bosque —añadió Leo—. Bruce eligió bien. Nadler es el camuflaje perfecto para un asesino.
Vane asintió.
—Lo más inquietante es que Nadler ha estado comprando planos de la red de alcantarillado antigua de Puerto Gris. Lugares que no han visto la luz del sol en cincuenta años. Está construyendo algo ahí abajo, Ben.
Ben miró a sus hijos, luego a Sage y finalmente a Valerius. El panorama estaba claro. Bruce no solo quería matarlo; quería desmantelar todo lo que Ben había construido, usando un cuerpo que nadie sospecharía y una mente que conocía cada truco de Ben.
—Bien —dijo Ben, y esta vez su voz no era la de un padre preocupado, sino la de un comandante en guerra—. Jasper, lleva a los niños y revisen esos puntos ciegos. Si ellos dicen que hay un agujero, tápalo con acero. Sage, necesito que prepares antídotos para ese éter; si Bruce vuelve a usar químicos, quiero que mis hombres sean inmunes.
Sage asintió, recogiendo sus viales con una determinación nueva. Jasper hizo un saludo militar a Ben y luego hizo un gesto a los niños para que lo siguieran.
Cuando se quedaron solos con Vane y Valerius, Ben golpeó el mapa con el puño.
—Bruce cree que soy el mismo Capitán que puede ser sorprendido por la espalda —dijo Ben, con sus ojos azules chispeando con la intensidad del ozono—. Cree que por estar en este mundo soy más débil. Pero se equivoca. Tengo a los mejores estrategas de la ciudad creciendo en mi propia casa.
Valerius puso una mano sobre la de Ben, apretándola con fuerza.
—¿Cuál es el plan, mi Fantasma?
—Vane, busca en esos túneles. Si Nadler está ahí abajo, quiero que lo acorralemos. No vamos a esperar a que vuelva a entrar en nuestra casa —sentenció Ben—. Esta vez, la cacería será nuestra.
Puerto Gris seguía rugiendo afuera, con sus fábricas escupiendo vapor negro al cielo, pero dentro de la mansión Volkov, la jerarquía había cambiado. El Capitán finalmente había aceptado que sus pequeños guerreros ya no necesitaban que les sostuvieran la mano, sino que les dieran una misión.