Antes de que todo ardiera…
hubo un amor que nunca debió existir.
Un ser dividido entre la luz y la oscuridad.
Un alma incapaz de elegir entre lo que era… y lo que sentía.
Y en medio de todo… Nyra.
Ella no pertenecía a ese mundo.
Pero fue el error que lo cambió todo.
Lo que comenzó como una conexión imposible…
se convirtió en obsesión.
En traición.
En una herida que nunca dejó de sangrar.
Porque cuando llegó el momento de elegir…
alguien lo perdió todo.
Y años después…
el pasado no volvió para sanar.
Volvió para destruir.
Esta no es una historia de amor.
Es el origen de una guerra.
Del enemigo que nació del dolor…
y de la única persona capaz de detenerlo.
O de terminar de romperlo todo.
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Capítulo 3
El día…
debió sentirse normal.
Clases.
Pasillos llenos.
Voces que no importaban.
Pero no lo fue.
Porque cada intento de concentrarme…
terminaba en el mismo lugar.
Nyra.
Su voz.
Su mirada.
Y la forma en que, sin hacer nada extraordinario…
alteraba todo.
Y eso… no me gustaba.
No porque fuera malo.
Sino porque no lo entendía.
Y lo que no entendía…
no podía controlarlo.
—Estás distraído.
La voz de Federico no interrumpió el pensamiento.
Lo cortó.
Giré apenas.
Estaba apoyado contra la pared, observándome.
Relajado… en apariencia.
Pero esa media sonrisa…
ya no era la misma.
Antes era fácil leerlo.
Ahora… no.
—Estoy pensando.
—Eso haces siempre.
—Alguien tiene que hacerlo.
Soltó una risa breve.
Vacía.
—¿En ella?
No respondí.
Apreté la mandíbula.
—No empieces.
Federico se separó de la pared.
Un paso.
Luego otro.
Lento.
Medido.
—No estoy empezando nada —dijo—.
Solo estoy viendo hasta dónde vas a llegar.
Lo miré directo.
—¿Y tú sí?
Algo cambió en su expresión.
Sutil.
Pero suficiente.
—Más de lo que crees.
—Federico…
—Haz lo que quieras —interrumpió—.
Siempre lo haces.
Silencio.
Había algo contenido.
Algo que no estaba diciendo.
—Siempre.
El timbre sonó.
Cambio de clase.
Pero no tuve que pensarlo.
Mis pasos ya sabían a dónde ir.
Negarlo…
ya no tenía sentido.
Nyra estaba cerca de las escaleras.
Otra vez.
Con un papel en la mano.
Frunciendo el ceño, concentrada.
—Sigues perdida.
Levantó la mirada.
Y sonrió.
Y fue suficiente.
Otra vez.
Todo se acomodó demasiado fácil.
—Empiezo a creer que lo hago a propósito —dijo.
—¿Perderte?
—Para que me encuentres.
Me acerqué un poco más.
—Entonces te está funcionando.
Rodó los ojos.
Pero no dejó de sonreír.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si nada te afectara.
Negué apenas.
—Nada es tan simple.
—Pero tú lo haces parecer.
—Eso es otra cosa.
Silencio.
No incómodo.
Algo más tranquilo.
Como si todo lo demás quedara atrás.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Depende.
—¿Siempre has vivido aquí?
—Sí.
—¿Y nunca has querido irte?
—No —respondí—.
Nunca tuve razones.
Nyra sostuvo mi mirada.
—Hasta ahora.
—¿Ahora?
Parpadeó.
—Me refiero a… nueva escuela… ya sabes.
No sonó convincente.
Pero no la presioné.
—Sí —dije—.
Ya sé.
Pero no lo creí.
Porque lo que vi en sus ojos…
no fue un error.
Fue intención.
—Ven —dijo—.
Creo que esta es mi clase.
Entramos juntos.
Esta vez no pregunté.
Simplemente me senté a su lado.
El profesor empezó a hablar.
La clase avanzó.
Pero nada de eso importó.
Porque algo… cambió.
No fue visible.
No de inmediato.
Fue… una presión.
El aire se tensó.
Fruncí el ceño.
—¿Lo sientes? —susurré.
Nyra giró hacia mí.
—¿Qué cosa?
Miré alrededor.
Todo seguía igual.
Demasiado igual.
—Nada…
Mentí.
Pero no se fue.
Se quedó.
Pegada.
Nyra se movió en su asiento.
—Es raro…
Giré de inmediato.
—¿Qué?
Frunció el ceño.
—No sé… como si…
Se detuvo.
—¿Como si qué?
Dudó.
—Como si faltara algo… pero estuviera aquí.
El silencio llegó sin aviso.
No porque el profesor dejara de hablar.
El sonido… simplemente bajó.
Como si el sonido… se hubiera hundido.
—¿Lo sientes? —susurré otra vez.
Nyra no respondió.
Pero su cuerpo se tensó.
—Sí…
El aire cambió.
De golpe.
Frío.
Antinatural.
Las luces parpadearon.
Una vez.
Dos.
Tres.
El salón quedó en silencio.
—¿Qué fue eso? —preguntó alguien.
El profesor intentó continuar.
—Problemas eléctricos, continúen—
Pero su voz se quebró a mitad.
Pero nadie quería decirlo.
Nyra apoyó la mano en el escritorio.
Sus dedos temblaron.
Sin pensarlo… la tomé.
Su piel estaba helada.
No fría.
Helada.
Y no se apartó.
Al contrario.
Se aferró.
Un golpe seco resonó en el edificio.
Lejano.
Pero suficiente.
—Algo está mal… —susurró.
—Lo sé.
Entonces—
pasó.
El sonido.
El movimiento.
El aire.
Todo se detuvo.
Como si el tiempo… se hubiera cortado.
Y luego—
volvió.
De golpe.
Las luces se estabilizaron.
Las voces regresaron.
El profesor continuó…
como si nada.
Y los dos lo sabíamos.
Solté su mano despacio.
Pero el contacto… seguía ahí.
—¿Viste eso? —preguntó Nyra.
—Sí.
—¿Pasa seguido?
La miré.
—No…
No así.
Nyra tragó saliva.
—No me gustó.
—A mí tampoco.
Que esto…
no había terminado.
La clase terminó.
Pero nadie habló de lo que pasó.
Ni una palabra.
Salimos al pasillo.
Ruido.
Gente.
Normalidad.
Falsa.
Porque en cuanto levanté la mirada…
lo vi.
Federico.
Al fondo del corredor.
Inmóvil.
No estaba distraído.
Estaba centrado.
Nuestros ojos se encontraron.
Y esta vez…
no hubo advertencia.
Hubo certeza.
Nyra siguió mi mirada.
—Otra vez él…
No respondí.
Federico comenzó a caminar hacia nosotros.
Lento.
Seguro.
Distinto.
Contenido.
Nyra se acercó apenas a mí.
—¿Siempre es así? —susurró.
—No —respondí—.
Solo cuando algo le molesta.
—¿Y ahora le molesta?
La miré.
—Sí.
Federico se detuvo frente a nosotros.
Primero me miró a mí.
Luego a ella.
Demasiado tiempo.
—Interesante clase —dijo al fin.
—Problemas eléctricos —respondí.
—Claro…
—¿Estás bien? —le preguntó a Nyra.
Ella dudó.
—Sí… solo fue raro.
—¿Raro?
Una leve sonrisa.
Fría.
—Es una forma de decirlo.
—Federico…
No me miró.
—¿Sentiste algo más?
Nyra frunció el ceño.
—No lo sé…
—Piénsalo bien.
—Federico, basta.
Ahora sí me miró.
—Solo pregunto.
—No de esa forma.
Silencio.
Pesado.
Nyra miró entre los dos.
—Creo que debería irme…
—Te acompaño —dije.
—Yo también —añadió Federico.
Lo miré.
—No hace falta.
—Para mí sí.
—No.
Silencio.
Federico dio un paso hacia mí.
Invadiendo mi espacio.
—¿Desde cuándo decides tú?
—Desde ahora.
Sus ojos brillaron.
Apenas.
Un instante.
Rojo.
Sutil.
Pero real.
—Vamos —dije, tomando su brazo.
Ella no se resistió.
Pero entonces—
el ambiente cambió otra vez.
De golpe.
Violento.
El aire se volvió pesado.
Irrespirable.
Un zumbido bajo recorrió el pasillo.
Vibraba en el pecho.
En los huesos.
La gente empezó a mirar alrededor.
Confundida.
Inquieta.
Las luces parpadearon.
Pero esta vez…
no se estabilizaron.
Oscilaron.
Forzadas.
Nyra apretó mi brazo.
—¿Qué está pasando…?
—Lo sé.
Federico no se movía.
Solo observaba.
Pero no al entorno.
A ella.
Siempre a ella.
Y entonces—
todo explotó.
Me quedé ahí.
Inmóvil.
Con esa presión en el pecho… más pesada que antes.
No era duda.
Era certeza.
Algo había cambiado.
Y no iba a detenerse.
Giré la mirada hacia la puerta donde había entrado Nyra.
Cerrada.
Pero aun así… estaba ahí.
Exhalé lento.
Federico no estaba reaccionando así por nada.
Yo tampoco.
Bajé la mirada un segundo.
Como si pudiera ignorarlo.
Pero en el fondo…
ya sabía la verdad.
No iba a alejarme.
No quería hacerlo.
Volví a mirar la puerta.
Fija.
Decidido.
Y por primera vez…
lo acepté.
No era algo pasajero.
Era algo más.
Y no pensaba ignorarlo.
Aunque eso significara cruzar una línea.
Aunque eso significara perder cosas en el camino.
Aunque eso significara enfrentar a Federico.
Algo que ya no podía negar.
Nyra.