Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 8
El jueves por la mañana trajo consigo un cambio de planes que Cecilia no se esperaba. Según el esquema de la historia, este era el día en que la burbuja de la oficina se rompería para dejar entrar la realidad de Víctor: su vida como padre soltero.
Cecilia estaba sentada en la recepción, acomodándose los puños de una blusa de gasa color verde esmeralda. El recuerdo del martes sobre el mueble del ventanal seguía quemándole la piel, pero esa mañana el ambiente exigía una sobriedad absoluta. Víctor había llegado impecable, con un traje gris marengo, pero con una mirada de preocupación que Cecilia aprendió a leer de inmediato. No era la tensión que le provocaba su exesposa Ángela; era algo distinto.
A las doce en punto, la puerta del despacho se abrió. Víctor salió a paso rápido, revisando su reloj de plata con evidente nerviosismo.
—Cecilia, necesito que hagas una modificación urgente en la agenda de la tarde —dijo, deteniéndose frente a su escritorio. Su voz de mando habitual sonaba un poco más apresurada—. Cancela la revisión de contratos con el grupo logístico de las cuatro. Tengo que salir de la oficina a esa hora.
Cecilia levantó la vista, adoptando su postura profesional y dócil.
—Por supuesto, señor Moreira. ¿Reitero la cita para el viernes por la mañana? ¿Ocurre algún contratiempo con los inversionistas?
—No, los inversionistas están bien. Es un asunto familiar —explicó Víctor, suavizando un poco la rigidez de su postura al notar la mirada atenta de ella—. Angélica tiene una presentación especial en su escuela. Es un proyecto de fin de ciclo y le prometí que no iba a faltar por nada del mundo. Desde el divorcio, me prometí que mi hija no pagaría los platos rotos de mis ausencias. Ella es mi prioridad absoluta.
Un destello de admiración genuina cruzó el rostro de Cecilia. Ese era el Víctor que la traía de cabeza: el hombre maduro, responsable, el protector que se desvivía por su hija de quince años. Ese instinto sobreprotector que él aplicaba con Angélica como padre, era el mismo que se transformaba en posesividad dominante cuando la tomaba entre sus brazos en secreto.
—Entendido, señor. Ya reorganicé el horario. Puede irse con total tranquilidad, yo me quedaré a cargo de la recepción y de desviar cualquier llamada pendiente —respondió Cecilia, sosteniéndole la mirada con un sutil matiz de ternura que rara vez mostraba en el trabajo.
Víctor se quedó quieto un segundo, asimilando el apoyo incondicional de su secretaria. Dio un paso imperceptible hacia adelante, bajando la voz para que no resonara en el pasillo.
—Gracias, Cecilia. Sé que puedo confiar en ti para mantener el orden aquí —le dijo, y por un instante, sus ojos oscuros brillaron con ese deseo contenido que compartían a puerta cerrada—. Estaré de regreso antes de las siete para cerrar el sistema. No te vayas hasta que vuelva.
—Aquí estaré esperando sus órdenes, señor Moreira —contestó ella en un susurro atrevido, mordiéndose el labio inferior de esa manera que sabía que lo desarmaba.
Víctor apretó la mandíbula, conteniendo el impulso de rodear el escritorio para besarla ahí mismo, y se retiró a su oficina para recoger sus pertenencias. Media hora después, lo vio salir con el saco en el brazo, rumbo al estacionamiento.
Las horas se pasaron lentas en la oficina vacía. El personal de los otros departamentos se fue marchando paulatinamente al dar las seis de la tarde, dejando el piso sumido en esa penumbra silenciosa que Cecilia ya conocía muy bien. Afuera, el cielo comenzó a teñirse de tonos violetas y anaranjados. Cecilia aprovechó para archivar los documentos pendientes, pero su mente no dejaba de imaginar cómo sería la vida de Víctor fuera de esas cuatro paredes. ¿Cómo sería verlo interactuar con su hija?
A las seis y media, el sonido del ascensor interrumpió sus pensamientos. Cecilia se enderezó en su silla, esperando ver a Víctor solo, tal vez cansado pero listo para retomar el juego donde lo habían dejado.
Sin embargo, las puertas se abrieron y revelaron una escena diferente. Víctor entró al piso, pero no venía solo. A su lado caminaba una chica alta, de cabello castaño oscuro lacio y ojos despiertos que miraban todo a su alrededor con una mezcla de curiosidad y madurez precoz. Era Angélica. Llevaba el uniforme de su escuela y cargaba una mochila sobre un hombro.
—... te dije que estuvo bien, papá. No tenías que estresarte tanto por el tráfico —venía diciendo la adolescente, con un tono fresco y directo.
—Para mí era importante llegar a tiempo, Angie. No me iba a perdonar perder el inicio de tu exposición —respondió Víctor, con una sonrisa genuina que Cecilia nunca le había visto en la oficina. Se le veía relajado, completamente entregado a su rol de padre.
Al llegar a la recepción, Víctor se detuvo y miró a Cecilia. Una chispa de sorpresa y una ligera tensión cruzaron su rostro al recordar el contexto en el que se encontraban.
—Señorita Morales, sigo aquí. Tuvimos que pasar por la oficina antes de ir a casa porque olvidé una carpeta importante para la reunión de mañana —explicó Víctor, recuperando de inmediato su tono formal de jefe—. Angélica, ella es Cecilia, mi asistente.
La adolescente de quince años dio un paso al frente, clavando sus ojos oscuros en Cecilia. Había algo en la mirada de Angélica que denotaba que era una chica sumamente perceptiva, de esas que notan los detalles que los adultos intentan esconder.
—Hola, Cecilia. Mucho gusto —dijo Angélica, con una sonrisa educada pero analítica—. Mi papá me ha dicho que eres súper organizada. Qué bueno, porque antes de que llegaras, la oficina era un caos de papeles.
—El gusto es mío, Angélica —respondió Cecilia, forzando su mejor sonrisa dócil y profesional, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora por los nervios—. Tu papá habla muchísimo de ti. Me alegra que su presentación haya salido bien.
—Sí, por suerte llegó a tiempo —comentó Angélica, mirando de reojo a su padre y luego a Cecilia. Su mirada se detuvo un segundo de más en la taza de café que estaba al lado del escritorio de Cecilia, la misma vajilla costosa que Víctor solía usar—. Bueno, papá, ve por tu carpeta. Yo te espero aquí.
Víctor asintió, un poco incómodo por la atmósfera densa que se había formado en un segundo. Miró a Cecilia con una mezcla de disculpa y advertencia silenciosa antes de caminar hacia su despacho.
Cecilia se quedó a solas con la adolescente en la recepción. La tensión era sutil pero palpable. Angélica se apoyó en el borde del mostrador, cruzándose de brazos, observando el piso ordenado con una madurez que no correspondía a sus quince años. Estaba claro que la hija de Víctor no era una niña a la que se pudiera engañar fácilmente, y que cualquier descuido en ese juego secreto de miradas discretas y deseos ocultos debajo de las sábanas corporativas, sería detectado por esos ojos inteligentes.