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CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Amor eterno
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

nada es para siempre

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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La mañana llegó vibrante, bella y mágica. Los primeros rayos del sol de fin de semana se filtraban con una intensidad dorada a través de los enormes ventanales del penthouse, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire y tiñendo de calidez el lujoso mobiliario de diseño que el día anterior parecía tan frío y sobrio. La Ciudad despertaba con un cielo inusualmente despejado y un ambiente que prometía un día lleno de luz.

En la habitación principal, Taras comenzó a moverse entre las sábanas de hilo egipcio. Soltó un quejido profundo, llevándose de inmediato una mano a la frente. La cabeza le martillaba con una violencia salvaje, cada latido resonando detrás de sus ojos como el golpe de un mazo de hierro. Abrió los párpados con dificultad, parpadeando un par de veces para intentar enfocar el techo alto de la recámara. Tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta de su estado actual: estaba acostado en su propia cama, boca arriba, sin camisa y sin pantalón, vistiendo únicamente sus boxers oscuros.

Tenía recuerdos borrosos, fragmentados y distorsionados de la noche anterior. Su mente era un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas. Lo único que tenía completamente claro, tatuado en la memoria, era que había conocido a alguien. Alguien que lo había hecho perder la cordura en una pista de baile por primera vez en sus dieciocho años de vida.

—Carajo... ¿Qué pasó? —susurró para sí mismo, con la voz completamente ronca y la garganta seca como el desierto.

Se incorporó lentamente, sentándose en el borde del colchón mientras esperaba que el mundo dejara de dar vueltas a su alrededor. Fue en ese momento de silencio cuando un estímulo sensorial lo obligó a arrugar la nariz. Un aroma delicioso, casero y reconfortante comenzó a colarse por debajo de la puerta de su habitación.

—¿Y qué es ese olor? —se preguntó, extrañado—. ¿Quién fríe huevos tan temprano aquí? Dmitriy ni siquiera sabe encender la estufa.

Intrigado y empujado por un hambre repentina, Taras se puso de pie con cuidado. Sin preocuparse por buscar una playera o unos pantalones, salió de su cuarto descalzo, caminando a paso lento por el pasillo de mármol pulido que conducía al área común. Al cruzar el umbral y entrar a la cocina integral del penthouse, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par.

Lo primero que vio fue una hermosa y delicada silueta. Era una pequeña chica de cabello castaño que se movía de un lado a otro con una soltura envidiable. Llevaba puesta una playera blanca de él que le quedaba como un vestido gigante, tapándole los muslos, y agitaba una espátula en el aire mientras cocinaba con absoluto entusiasmo. Para su total desconcierto, la joven estaba cantando a todo pulmón una melodía infantil con un ritmo contagioso:

—¡Los alimentos, los alimentos, qué ricos son, qué ricos son! ¡Tienen vitaminas, tienen proteínas para crecer muy grande y sano! ¡Y no quedarme como un enano!

Taras se quedó apoyado en el marco de la puerta, debatiéndose entre la ternura de la escena, la confusión de su resaca y la sorpresa de verla ahí, adueñada por completo de su cocina de lujo. Tras aclarar su garganta, decidió romper el hielo.

—Hola —soltó con su profunda voz grave.

Roberta dio un brinco en su lugar, girándose de golpe con la espátula en la mano y una expresión de puro sobresalto que rápidamente se transformó en una sonrisa radiante al verlo.

—¡Ay, qué susto me diste! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. Hola.

Taras la miró de arriba abajo, asimilando la calidez de su presencia en ese departamento que usualmente parecía un museo de arte moderno.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus marcados músculos del torso se tensaran bajo la luz matutina.

—Preparo el desayuno —respondió Roberta con total naturalidad, volviéndose hacia la sartén para voltear un huevo—. Y... gracias.

Taras parpadeó, completamente confundido por el agradecimiento de la joven mexicana. No recordaba haber hecho nada digno de mención en las últimas horas de la madrugada.

—¿Gracias? ¿Gracias por qué? —cuestionó, arqueando una ceja.

Roberta apagó la hornilla de la estufa, se giró de nuevo y lo recorrió con una mirada descarada y divertida, deteniéndose en su abdomen trabajado y sus hombros anchos.

—Pues por la vista, la verdad. Tienes muy buen cuerpo, grandote —bromeó ella, guiñándole un ojo con esa audacia que tanto lo había vuelto loco la noche anterior.

El rostro de Taras se tensó de inmediato. El pánico de la incertidumbre lo asaltó de golpe. Su mente estructurada necesitaba respuestas claras sobre lo que había ocurrido en esa cama.

—¿Tú y yo... tuvimos algo? Si es así, de verdad lo siento, pero no recuerdo... —comenzó a decir, rascándose la nuca con evidente incomodidad y caballerosidad.

Roberta soltó una carcajada limpia y sonora que resonó con alegría en las paredes altas del penthouse. Dejó la espátula a un lado y se apoyó en la barra de la cocina, mirándolo con diversión.

—Ay, no, no te preocupes. No pasó nada de eso —lo tranquilizó, agitando una mano en el aire—. Bueno, a ver... en el carro hubo mucho material, para qué te miento. Metiste mano, yo también; me besaste, yo también. Estábamos en lo máximo. Pero en cuanto llegamos aquí arriba, abriste la puerta del departamento, me diste un último beso y... caíste completamente inconsciente en el suelo. Te apagaste como una computadora vieja.

Taras sintió que las mejillas se le encendían de vergüenza. La imagen de un imponente hombre colapsando en el piso no era precisamente la que quería proyectar.

—¿Y cómo terminé en mi cama? ¿Y sin ropa? —inquirió, mirando su propio cuerpo en boxers.

—Ah, eso... —Roberta hizo una pequeña mueca de asco simulado, aunque sus ojos seguían brillando de risa—. A media noche te despertaste medio atarantado y quisiste vomitar. Lamentablemente, no alcanzaste a llegar al baño y lo hiciste todo sobre tu ropa. Así que no me quedó de otra: te la quité por completo y yo solita te arrastré y te llevé hasta tu cama. Por cierto, no fue nada fácil, ¿eh? Pesas horrible, eres como un tacho de cemento gigante.

Taras cerró los ojos por un segundo, completamente derrotado por la humillación de la situación. Se pasó una mano por el rostro, asimilando el desastre de su conducta.

—Perdón... De verdad, lo siento mucho. Yo no suelo tomar de esa manera —se disculpó con sinceridad, dando un paso hacia ella—. Es solo que tú... eres tan...

—¿Tan qué? —desafió Roberta, inclinando la cabeza hacia un lado, esperando la respuesta con curiosidad.

—Tan hipnótica —confesó Taras, clavando sus ojos claros en los de ella—. De verdad quise que pasara todo contigo anoche, pero mi cuerpo no pudo. Perdón por arruinar el momento.

Roberta caminó hacia él, rompiendo la distancia y dándole una palmada afectuosa en el brazo, restándole total importancia al asunto con su típica ligereza latina.

—No te preocupes por eso, grandote. Yo no suelo hacerlo con personas que están casi muertas por el alcohol. Bueno... para serte completamente sincera, iba a ser mi primera vez. Así que mejor que haya sido así, ¿no crees?

Taras se la quedó mirando en absoluto silencio, impactado por la revelación de la chica que tenía enfrente, mientras el aroma del desayuno terminado sellaba el inicio de una mañana completamente diferente para ambos.

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