Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 10
A veces las mujeres como ella me dan lástima.
Siempre lloran por migajas. Siempre mendigan amor donde solo hay posesión. Solo puedo pensar: Dios da pan a quienes no tienen dientes.
¿De qué vale el amor de un hombre?
Es limitado. Es falso. Ellos no se entregan en totalidad. No saben hacerlo. Su amor viene con cláusulas, con condiciones, con fechas de vencimiento.
Se aburren rápido. Son como animales que buscan explorar nuevas tierras, siempre hambrientos, siempre insatisfechos. Nunca están contentos con lo que tienen. Siempre mirando lo que no pueden alcanzar.
No saben de lealtad.
Y si deben derribarte solo porque se aburrieron de ti, lo harán. Sin pestañear. Diciendo "fue su culpa" o "ya no era lo mismo" o cualquier mentira que calme su conciencia de mierda.
Akino dice que soy su favorita. Y no lo dudo.
Pero sé también que está planeando mi final.
No tengo pruebas. Pero tampoco dudas.
Ellos pueden sonreírte mientras están planeando tu muerte. Pueden acariciarte con las mismas manos con las que luego apretarán tu cuello. Y lo harán con la misma expresión de siempre.
Como si nada.
Como si nunca hubieras existido.
Salí.
Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba recordar que afuera del palacio había un mundo que no apestaba a traición constante.
Fui a ver a Soka.
Hacía tiempo que no lo veía. Desde aquella vez en el yuukaku, cuando me ayudó con el agua fría. El guardia joven, el que me miraba con miedo y curiosidad. El único de los guardias que no me odiaba.
Estaba en su puesto, cerca de los jardines traseros. Cuando me vio, sus ojos se iluminaron.
—Hola, Ai —dijo, y una sonrisa tímida apareció en su rostro—. Te ves muy linda con esa ropa.
—Muchas gracias —respondí, y levanté la voz lo suficiente para que el otro guardia, el que me odiaba, nos escuchara—. Por fin dejé de ser una mujerzuela. Ahora seré alguien con honor.
El otro guardia torció el gesto. Soka contuvo la risa.
Pero entonces bajó la voz. Sus ojos se volvieron serios.
—Ai —susurró.
—¿Sí?
—Estuvieron preguntando por ti.
El aire se volvió más denso.
—¿De verdad? —pregunté, manteniendo la calma—. ¿Por qué? Solo soy una plebeya. ¿Por qué me demuestran tanta importancia?
Soka miró a ambos lados. Se aseguró de que nadie más pudiera oír.
—No lo sé —dijo—. Pero... Ren preguntó mucho por ti.
—¿Quién es Ren?
—Del Consejo Real. La mano derecha del emperador. —Soka hablaba rápido, en voz baja—. Es un hombre muy importante. Creció junto al emperador, son como hermanos.
Mi corazón dio un vuelco.
—Mira —susurró Soka, señalando discretamente con la cabeza—. Él es ese de ahí.
Volteé.
Y lo vi.
Un hombre. Aposto. Imponente. Vestido con la seda más oscura y los bordados más discretos, esos que solo los verdaderamente poderosos pueden usar. Cabello negro recogido. Postura perfecta. Ojos que miraban el jardín como si fuera suyo.
Ren.
Sonreí. Hice una reverencia, la más respetuosa que sabía hacer.
Él me miró.
Solo me miró.
No sonrió. No saludó. No hizo gesto alguno. Pero sus ojos... sus ojos se detuvieron en mí un instante más de lo necesario.
Luego siguió caminando.
Y entonces pasó.
Algo en mi memoria se removió. Una imagen borrosa. Un lugar. Una sensación.
Lo había visto antes.
¿Dónde?
¿Cuándo?
La imagen no terminaba de formarse. Estaba ahí, en el fondo de mi mente, como un sueño que se olvida al despertar.
—¿Ai? —la voz de Soka me trajo de vuelta—. ¿Estás bien?
—Sí —dije—. Sí, estoy bien.
Pero no era cierto.
Algo me decía que ese hombre era importante. Algo me decía que lo había visto en un lugar que no lograba recordar.
Y algo me decía, con la misma certeza con la que sabía que Akino planeaba matarme, que Ren no había preguntado por mí por casualidad.
Esa noche, en mi habitación, saqué la horquilla de jade.
La sostuve contra la luz de la vela, buscando respuestas en su brillo verde.
Ren, pensé.
Mano derecha del emperador.
¿Dónde te he visto antes?
La imagen no volvía. Pero la sensación sí.
Esa sensación de que algo grande se acercaba. Algo que no podía controlar. Algo que quizás... quizás era más grande que yo.
Apreté la horquilla.
No importa, pensé. Sea lo que sea, lo enfrentaré. Como he enfrentado todo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí un escalofrío que no era miedo.
Era... ¿anticipación?
¿O advertencia?
No lo sabía.
Solo sabía que el tablero acababa de ganar una pieza nueva.
Y no sabía si esa pieza jugaba a mi favor o en mi contra.
A la mañana siguiente, apenas el sol tocó los techos del palacio, fui a ver a Akino.
Lo encontré en sus habitaciones, tomando té, con ese aire de hombre importante que nadie le discute. Me arrodillé frente a él.
—Necesito pedirte un permiso —dije.
—¿Qué cosa?
—Ir a ver a Kimi. Al yuukaku. Solo unas horas.
Akino dejó la taza. Me miró con esos ojos que nunca terminaban de decirme si me amaba o planeaba matarme.
—Está bien —dijo al fin—. Pero solo puedes ir unas pocas horas. No tardes.
Sonreí.
Pero antes de levantarme, noté algo. Una sierva. En la puerta. Mirándonos con curiosidad. Con demasiada curiosidad.
Una de las de la esposa, seguro. De las que llevan cuentos.
Así que me incliné, agarré a Akino del cuello y lo besé. Apasionado. Profundo. Lengua y todo.
Cuando me separé, lo miré a los ojos y dije bien fuerte, bien claro:
—Gracias, cariño. Te amo.
La cara de la sierva era un poema. Horror. Confusión. Escándalo.
Akino sonrió, divertido por mi descaro. Le encantaba que fuera así. Que no me importara nada.
Me levanté y salí ante la mirada de la sierva, que seguía paralizada en la puerta.
Que vaya a contarle a la esposa, pensé. Que sepa que su marido me deja ir y venir. Que sepa que no puede conmigo.
El yuukaku olía igual.
A miseria. A sexo barato. A sueños rotos.
Pero también olía a ella.
Kimi estaba en la misma habitación de siempre, la que había sido mía. Cuando entré, sus ojos se abrieron como platos.
—¡Ai! —gritó.
Y se lanzó a mis brazos.
Me abrazó con una fuerza que no sabía que tenía. Como si fuera a desaparecer. Como si yo fuera un fantasma que podía esfumarse en cualquier momento.
—Hola, mi amor —susurré contra su cabello—. ¿Me extrañaste?
—Todos los días —lloriqueó—. Todos los días pensaba en ti.
Le acaricié la espalda. Pequeña. Frágil. Mi única hermana.
—Te traje comida —dije, apartándome lo justo para mostrarle el paño—. Comida deliciosa. Del palacio.
Sus ojos brillaron.
Nos sentamos en el suelo, como antes. Comimos. Reímos. Hablamos de todo y de nada. Por un rato, el mundo desapareció.
Hasta que lo vi.
Ahí, en la puerta.
Ren.
Con razón tenía la impresión de que lo había visto antes. Claro. Aquí. En el yuukaku. Hacía meses, cuando yo aún era una mujerzuela más. Pasó una noche, pidió una habitación, no quiso a nadie. Solo bebió solo y se fue al amanecer.
No lo recordaba hasta ahora.
Él estaba de pie, mirando el lugar con una expresión que no supe descifrar. Y como todas en el yuukaku se dieron cuenta de que era dinero, comenzaron a rodearlo como moscas.
Tomio fue la primera.
—¿Quieres diversión? —dijo, pegándose a él con esa sonrisa que yo conocía bien.
La odio. Es otra de las que hizo mi vida un infierno en el yuukaku. De las que se rieron cuando Sakura me quemó. De las que cuchicheaban a mis espaldas.
Me levanté.
Caminé hacia ellos. Tomio me vio venir y abrió la boca para decir algo, pero no le di tiempo.
La empujé.
—Largo —dije.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar, me senté en las piernas de Ren.
Lo miré a los ojos. Los suyos eran oscuros, profundos, y no tenían ni una pizca de deseo.
—Solo sígueme el juego —susurré— y ella no te molestará.
Me miró un instante. Luego asintió.
—Está bien.
Y así me quedé. En sus piernas. Sirviéndole sake. Como si fuera su acompañante. Como si hubiera sido contratada para eso.
Tomio bufó y se fue con las otras, furiosa.
—No busco nada —dijo Ren en voz baja.
—Lo sé —respondí—. Yo tampoco. Solo quería hacerlas enojar.
Él sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Pero sonrisa al fin.
Y yo pensé: este hombre preguntó por mí. Este hombre es importante. Quizás pueda sacarle información.
Pero no tuve tiempo.
Una mujer irrumpió en la sala común.
Vestida con seda. Joyas en el cuello, en las orejas, en las muñecas. Su cabeza estaba cubierta con un velo, como si quisiera esconderse, pero sus ojos... sus ojos me buscaron y me encontraron.
Y en ellos vi odio puro.
Vino hacia nosotros como una tormenta. Los clientes se apartaron. Las putas dejaron de reír.
Llegó frente a nosotros y señaló mi cuerpo sentado en las piernas de Ren.
—¡Bájate ahora mismo, puta de quinta! —gritó.
Abrí la boca para responder, pero no me dio tiempo.
Me agarró del brazo y me jaló con una fuerza que no esperaba. Caí al suelo. El golpe dolió.
—¡Basta! —exclamó Ren, levantándose—. ¡No hagas una escena!
—¿Que no haga una escena? —ella estaba temblando, sus ojos brillaban con lágrimas de rabia—. ¿Qué haces en este lugar de mala muerte? ¿Y con esta puta?
—Basta —insistió Ren, agarrando su brazo—. Vete. No sigas. Por favor.
Ella lo miró. Un segundo eterno. Luego sus ojos se volvieron a mí.
Y antes de que pudiera reaccionar, agarró la tetera de sake de la mesa y me la arrojó en el rostro.
El líquido frío me empapó. Goteó por mi cabello, mi cara, mi ropa. Me quedé inmóvil, de rodillas en el suelo, sintiendo las gotas caer.
A mi alrededor, el silencio era absoluto.
Ren la sujetaba del brazo. Ella respiraba agitada. Las putas miraban. Los clientes miraban. Kimi, desde el fondo, miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Y yo...
Yo sonreí.
Lentamente, sin prisas, me levanté.
Me sacudí la ropa. Me sequé la cara con el dorso de la mano. Y miré a la mujer directamente a los ojos.
—Señora —dije, con mi voz más dulce, mi sonrisa más perfecta—, no sé quién es usted. Pero si quiere sentarse en las piernas de su esposo, solo tiene que pedirlo. Yo no muerdo.
Ella se quedó blanca.
Ren la miró. Luego me miró a mí. Algo pasó por sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Diversión? ¿Alarma?
No lo supe.
Pero supe que esa mujer era su esposa.
Y supe que ella jamás me perdonaría esta escena.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.