⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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Desafío del destino
El estruendo del castigo divino aún vibraba en las paredes del callejón cuando el cuerpo de Natt colapsó. Fue como el derrumbe de una montaña. Sus alas, que momentos antes brillaban con una pureza insultante, ahora eran jirones de materia carbonizada que desprendían un humo denso y negro. El olor no era a carne quemada, sino a algo más antiguo: a incienso rancio y a promesas rotas.
Dag se arrastró hacia él, olvidando su propio miedo. El suelo bajo el ángel estaba al rojo vivo, pero el chico no se detuvo. Cuando sus manos tocaron los hombros de la armadura oscura, un choque eléctrico recorrió sus dedos.
-¡Ángel! ¡Ángel!- Gritó Dag, su voz quebrándose por la lluvia que ahora caía con una furia, como si el cielo mismo estuviera intentando apagar el incendio que Natt había provocado en su propia alma.
Natt soltó un quejido que no sonaba humano. Sus ojos dorados estaban empañados, desenfocados por un dolor que ningún mortal podría procesar. Cada vez que intentaba respirar, un rastro de brasas escapaba de sus labios. Había cortado su conexión con la Gracia, y el vacío resultante estaba succionando su fuerza vital.
-Vete...- Logró articular Natt, su mano aprwtaba el barro del callejón -Si te encuentran conmigo... Hrim no tendrá piedad. Él... él no entiende el perdón.-
-No voy a dejarte aquí.- Respondió Dag con una firmeza que nació de lo más profundo de su pecho -Me salvaste la vida hace un minuto. No sé quién eres, ni qué eres realmente, pero no vas a morir en este basurero.-
Con un esfuerzo sobrehumano, Dag pasó el brazo de Natt sobre sus hombros. El cuerpo del ángel parecía hecho de una densidad distinta a la de los hombres, como si cargara con la gravedad de las estrellas. Dag apretó los dientes, sintiendo cómo sus propios músculos protestaban, y comenzó a arrastrarlo hacia la salida del callejón.
Dion City seguía sumergida en su indiferencia habitual. Nadie miraba hacia el callejón oscuro, nadie veía al chico flaco cargando a un guerrero caído envuelto en cenizas. Para el mundo, solo eran dos sombras más en la tormenta.
El trayecto hasta el apartamento de Dag fue una agonía. Cada vez que los pies de Natt rozaban el pavimento, dejaban marcas de quemaduras. Para cuando llegaron al edificio de ladrillo visto y escaleras de metal chirriantes, Dag estaba empapado en sudor y lluvia, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Logró subir las escaleras, evitando encontrarse con algún vecino curioso, y abrió la puerta del apartamento 6A. Era un espacio minúsculo: una cama individual pegada a la pared, estanterías repletas de libros con las esquinas dobladas y una pequeña cocina que apenas funcionaba.
Dag depositó a Natt sobre la alfombra vieja de la sala. El ángel soltó un grito ahogado cuando sus restos de alas tocaron el suelo.
-Quédate conmigo, por favor.- suplicó Dag, corriendo al baño por toallas y agua fresca.
Al regresar, se arrodilló frente a él. Con manos temblorosas, comenzó a desabrochar las piezas de la armadura oscura. Debajo del metal, la piel de Natt era blanca como la porcelana, pero estaba surcada por grietas doradas que supuraban una luz líquida. Era como si el Cielo estuviera intentando escapar de su cuerpo ahora que ya no tenía alas para canalizarlo. "Heaven burns in me" (El cielo arde en mí), recordó Dag, viendo cómo el pecho del ángel subía y bajaba en espasmos.
-Duele...- Susurró Natt. Sus ojos se fijaron en los de Dag por un segundo. La frialdad del guerrero había desaparecido por completo, dejando ver a un ser vulnerable, aterrado por su nueva mortalidad.
Dag tomó una toalla mojada y comenzó a limpiar la sangre dorada de la frente de Natt. El contacto físico volvió a encender esa chispa extraña en su interior. La luz dorada en el pecho de Dag respondió, brillando con una intensidad suave que pareció calmar los temblores del ángel.
-Shhh, está bien. Estás a salvo aquí.- Mintió, pues sabía que ningún lugar era seguro si el mismo Cielo los buscaba.
Natt cerró los ojos, dejándose llevar por el cuidado del humano. Nunca nadie lo había tocado con tal delicadeza. En el Reino Celestial, el contacto era formal, gélido, basado en la jerarquía y el deber. Pero las manos de Dag eran cálidas, ásperas por el trabajo y llenas de una compasión que Natt no creía que existiera en un mundo tan roto.
Mientras Dag cuidaba de Natt, en las alturas, el orden se había quebrado.
En un plano de realidad donde la luz nunca se apaga, Hrim observaba el rastro de cenizas que su mejor guerrero había dejado tras de sí. Sus seis alas se agitaron con una furia contenida, desprendiendo chispas de estática que hacían temblar los pilares del templo.
-Natt...- El nombre salió de los labios de Hrim como una maldición y una caricia al mismo tiempo -¿Cómo pudiste cambiar la eternidad por el roce de un mortal?-
Hrim apretó el puño, y una de las columnas de mármol a su lado se pulverizó. No era solo el deber lo que lo impulsaba a cazarlo. Era la herida de un amante despreciado, de alguien que había compartido eones de batallas y silencios con Natt, solo para ser reemplazado por una anomalía humana.
-Si quieres arder, arderás.- Sentenció su mirada fría fijándose en la pequeña mancha de luz que representaba el alma de Dag en el mapa del mundo -Pero antes, verás cómo tu pequeño humano se convierte en polvo frente a tus ojos.
La fiebre de Natt parecía haber cedido un poco, pero el aire en la habitación se sentía cargado, denso, como si las paredes estuvieran a punto de estallar por la presencia de un ser divino en un espacio tan mundano.
Dag se había quedado dormido sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, sosteniendo aún la mano de Natt. El ángel, entre sueños, apretó los dedos del chico. En su mente, las imágenes de Hrim y del Edén se desvanecían, reemplazadas por la imagen de Dag bajo la lluvia.
Natt comprendió entonces que ya no había vuelta atrás. Había cortado la cadena, pero el peso del cielo seguía dentro de él, quemándolo, recordándole que su caída no era el final, sino el inicio de una guerra que apenas empezaba. Miró el rostro dormido de su protector y sintió un nudo en la garganta que no sabía cómo nombrar.
-Perdóname, Dag.- Susurró Natt en la penumbra -Porque al salvarme, te he condenado a arder conmigo.-
La luz del pecho de Dag brilló una última vez antes de apagarse, como si aceptara el desafío del destino. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, ocultando los gritos silenciosos de un ángel que acababa de descubrir lo que significaba amar.