"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 18.
El silencio en la mansión Nova se volvió tan pesado que el mármol parecía crujir bajo el peso de los secretos. Desde la cena en el restaurante, Thiago se había transformado en un fantasma. Ya no era solo el "Diablo de Hielo"; era una pared de hormigón. Evitaba mirar a Yaneth a los ojos, salía de la casa antes de que ella despertara y regresaba cuando las luces ya estaban apagadas.
Yaneth lo notaba en cada detalle: en la forma en que él retiraba la mano si sus dedos rozaban accidentalmente al pasarse un documento, y en cómo su mirada se perdía en el vacío cada vez que escuchaba el nombre de "Lucía" en las noticias. La inseguridad de Thiago no era solo por su ex; era el miedo a que el dolor volviera a ser el dueño de su vida.
Sin embargo, en otra parte de la ciudad, un secreto mucho más antiguo y oscuro estaba a punto de estallar.
Beatriz Nova estaba sentada en su solárium privado, pero no disfrutaba del sol. Frente a ella, un sobre de color manila descansaba sobre la mesa de mimbre. El investigador privado que había contratado semanas atrás se mantenía de pie, con una expresión profesional que ocultaba el impacto de lo que había descubierto.
—Dígame de una vez, Méndez —ordenó Beatriz, con voz firme—. Sé que los Del Valle son gentuza, pero el odio que le tienen a Yaneth roza lo patológico. Nadie trata a una hija así solo por un tema de peso o de personalidad. Hay algo más.
—Señora Beatriz... lo que encontramos en los registros del hospital y en las antiguas cuentas de la familia Del Valle es... turbio —el investigador suspiró y abrió el sobre—. Yaneth no es hija de Elena Del Valle.
Beatriz se quedó de piedra. El aire pareció escapársele de los pulmones.
—¿Qué dice? ¿Elena no es su madre?
—No. Según los registros de maternidad que logramos rescatar de una clínica privada que cerró hace años, Ricardo Del Valle llegó con un bebé recién nacido pidiendo que se registrara como hijo de su esposa, Elena. Pero Elena nunca estuvo embarazada en esa fecha. De hecho, los registros médicos muestran que Elena es estéril desde antes de casarse con Ricardo.
Beatriz sintió un escalofrío. La pieza del rompecabezas finalmente encajaba. El odio de Elena no era un capricho; era el resentimiento de una mujer que había tenido que criar al fruto de una infidelidad de su marido durante veintitrés años.
—¿Y quién es la madre biológica? —preguntó Beatriz, inclinándose hacia adelante.
—Ahí está el peligro legal, señora. La madre biológica era la verdadera heredera de la fortuna de los viñedos del sur, una mujer que murió en el parto. Ricardo se quedó con la niña para asegurar la administración de esos bienes, pero el testamento de la madre es claro: si Yaneth cumplía los veinticinco años o se casaba, recuperaba el control total de las tierras y el capital que Ricardo se ha estado gastando ilegalmente.
Beatriz soltó un suspiro de horror.
—Por eso la odian. Ella es el recordatorio constante de la traición de Ricardo, y a la vez, es la dueña de todo lo que ellos poseen. Necesitaban casarla rápido con alguien poderoso que no hiciera preguntas, para que ella nunca investigara su origen y ellos pudieran seguir viviendo del dinero que le pertenece a ella por derecho de sangre.
Mientras tanto, en la oficina, la tensión entre Thiago y Yaneth llegó a su punto de quiebre. Fabián entró al despacho de Yaneth, cerrando la puerta con una fuerza innecesaria.
—¡Nena, esto no se puede más! —gritó Fabián, lanzando su bufanda sobre el escritorio—. ¡Thiago está insoportable! Hoy despidió al jardinero porque las flores "olían demasiado a flores". ¡Está como un gato encerrado en una lavandería! ¿Qué pasó en esa cena?
Yaneth se frotó las sienes, sintiendo un dolor de cabeza palpitante.
—Me contó lo de Lucía, Fabián. Se abrió por completo... y luego escuchamos que ella volvió a la ciudad. Se cerró de nuevo. Siento que estoy viviendo con un extraño.
—¡Es un cobarde! —sentenció Fabián, sentándose en el borde del escritorio—. Tiene miedo de que la Barbie de pasarela le mueva el piso y, en lugar de abrazarte a ti, que eres una reina de verdad, se esconde detrás de sus balances. Pero escucha, hay algo raro... Vi a Beatriz salir de la oficina de Thiago con una cara de funeral que no le conocía. Algo está pasando, Yaneth. Algo que no tiene que ver con la ex.
En ese momento, la puerta que conectaba con el despacho de Thiago se abrió. Él estaba allí, con la camisa arrugada y los ojos inyectados en sangre. Miró a Fabián con desprecio y luego clavó su vista en Yaneth.
—Yaneth, necesito que vengas conmigo a la mansión. Ahora —dijo Thiago. Su voz no era fría, era una súplica disfrazada de orden.
—Estoy trabajando, Thiago —respondió ella, tratando de mantener su nueva postura de poder—. Si es por la seguridad de la que hablamos...
—No es por la seguridad —la interrumpió él, dando un paso hacia adentro e ignorando por completo a Fabián—. Mi madre está allí. Ha descubierto algo. Algo sobre tu familia... sobre tus padres.
Yaneth sintió que el suelo se movía. La mirada de Thiago no era la de un hombre celoso o herido por el pasado; era la mirada de alguien que acababa de descubrir que el mundo que conocían era una mentira.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Yaneth, poniéndose de pie.
—¡Ay, Dios mío! ¡El secreto de la selva! —exclamó Fabián, agarrando su bolso—. ¡Yo voy con ustedes! ¡No me pienso perder esto ni aunque me cancelen la suscripción a Vogue!
Thiago ni siquiera se molestó en echar a Fabián. Tomó la mano de Yaneth y la guio hacia la salida. Durante todo el trayecto en el auto, el silencio fue distinto. Thiago no soltó la mano de ella, apretándola con una fuerza que decía "perdón" y "no te voy a dejar sola" al mismo tiempo.
Al llegar a la mansión, Beatriz los esperaba en la biblioteca. Sobre la mesa, el sobre manila parecía una bomba de tiempo.
—Siéntate, hija —dijo Beatriz, con una ternura que asustó a Yaneth—. Lo que voy a decirte va a doler, pero es necesario que sepas quiénes son realmente las personas que te llamaron "hija" todos estos años.
Yaneth miró a Thiago, y por primera vez en días, él no desvió la mirada. Le sostuvo la mano con firmeza, preparándola para el impacto que cambiaría su vida para siempre. Ella no era la hija despreciada de una familia de clase media; era la heredera de un imperio que sus propios verdugos le habían robado.
La guerra contra los Del Valle acababa de dejar de ser un asunto de resentimiento para convertirse en una batalla por la justicia. Y esta vez, Yaneth no solo tenía sus curvas y su inteligencia; tenía la verdad de su sangre.