Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
NovelToon tiene autorización de A.Gaby para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Primer día de trabajo
Luisa abrió sus ojos. Era hora de levantarse para ir a su primer día de trabajo.
—Siempre me da nervios —pensó. Miró a su lado.
Ilian dormía tranquilo, con esa paz que solo tienen los bebés. Todo valía la pena.
—Por ti estoy aquí —susurró, acariciando su mejilla—. Y no voy a fallar.
Se levantó con cuidado, intentando no despertarlo. Rosa ya estaba despierta.
—Señorita, ya le preparé algo para que desayune antes de irse —dijo con una sonrisa cálida.
Luisa la miró con gratitud.
—No sé qué haría sin usted, Rosa.
—Salir adelante igual —respondió sin dudar—. Pero más cansada, eso sí.
Ambas rieron. Ese pequeño momento le dio fuerzas.
Después de cambiarse, Luisa se miró al espejo. Se puso una blusa sencilla y una falda formal.
—Ya no eres la misma —se dijo.
Antes de salir, besó a su hijo.
—Pórtate bien con tu tía Rosa, ¿sí?
Ilian hizo un pequeño sonido, como si entendiera. Luisa salió.
La empresa era más grande de lo que había visto ayer. Respiró hondo antes de entrar.
—Buenos días —saludó en recepción.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
—Soy Luisa, vengo por el puesto de secretaria.
—Claro, el ingeniero Mateo Andrade la está esperando.
Subió hasta llegar. Tocó la puerta.
—Adelante.
Luisa entró. Mateo estaba de pie, revisando unos documentos.
—Buenos días —dijo Luisa, intentando mantenerse profesional.
—Buenos días —respondió él, dejando los papeles a un lado—. Luisa.
—Sí, señor.
Mateo negó ligeramente con la cabeza.
—Aquí no usamos “señor”. Mateo está bien.
Luisa dudó un segundo.
—Está bien… Mateo.
Él asintió.
—Ven, te voy a mostrar tu área.
Luisa lo siguió, intentando no mostrar lo que sentía. Porque después de tanto tiempo… alguien le estaba dando una oportunidad.
Las horas pasaron rápido. Papeles, llamadas, organización. Todo nuevo. Pero Luisa no se detuvo. No podía darse ese lujo.
Mateo la observaba a ratos, sin interrumpir ni presionarla.
A medio día…
—¿Ya comiste? —preguntó él, apareciendo en la puerta.
—No aún.
—Ven.
—¿A dónde?
—A almorzar.
Ella dudó.
—No creo que sea apropiado…
Mateo arqueó una ceja.
—Trabajas conmigo. No estoy proponiendo nada raro.
—Lo siento, es costumbre.
—Entonces vamos.
El lugar era tranquilo, nada ostentoso. Eso le sorprendió.
—Pensé que vendríamos a algo más formal —comentó Luisa.
Mateo sonrió levemente.
—La formalidad no siempre significa comodidad.
Se sentaron.
—¿Tienes hijos? Me mencionaste ayer —preguntó él de pronto.
Luisa se quedó quieta un segundo.
—Sí… un bebé.
Mateo asintió.
—Yo también.
—¿En serio?
—Sí. Una niña.
—No lo imaginé…
—Casi nadie lo hace.
Hubo un pequeño silencio, pero no incómodo.
—¿Y su madre? —preguntó Luisa con cuidado.
Mateo bajó la mirada.
—No está.
No explicó más y Luisa no insistió.
—Debe ser difícil —dijo ella con sinceridad.
—Lo es… pero te acostumbras.
—No creo que uno se acostumbre. Creo que toca aprender y seguir adelante.
—Tal vez tengas razón —sonrió de verdad.
Luisa lo notó.
De regreso al trabajo, el ambiente ya no era el mismo.
—Gracias por la oportunidad —dijo Luisa antes de volver a su escritorio.
—No me agradezcas aún… apenas estás empezando.
—Igual… gracias.
—No la desperdicies.
—No lo haré.
Al final del día, Luisa salió cansada. Llegó a casa. Rosa la recibió.
—¿Cómo le fue?
—Bien… creo que bien.
Tomó a Ilian en brazos. Lo abrazó con fuerza.
—Hoy dimos un paso —susurró—. Y no vamos a retroceder.
Pero no sabía que en otra parte de la ciudad alguien no la había olvidado.
Diego. Sentado, solo, con una copa en la mano y una foto en el celular.
—Luisa… ¿de verdad te perdí?
No todas las decisiones duelen en el momento en que se toman. Algunas empiezan a doler después. Cuando la casa se siente demasiado grande. Cuando no hay nadie. Diego lo entendió tarde.
—Fui un idiota… —dijo en voz baja.
Tomó su celular. Revisó los mensajes. Nada. Llamadas. Sin respuesta.
—No puedes desaparecer así… no conmigo.
Pero en el fondo sabía que sí podía. Porque él le había dado todas las razones para hacerlo.
—Dónde está Luisa —ordenó a un empleado.
—La señora se fue sin dejar dirección.
—Entonces búscala. Para eso te pago.
Subió a su habitación. La cuna vacía. La ropa que ya no estaba. El olor que empezaba a desaparecer.
—Ni siquiera me despedí bien de ti —susurró.
Apretó los puños.
—No, no los perdí. Los voy a encontrar.
Mientras tanto, la vida seguía. Y Luisa también.
El segundo día de trabajo fue más tranquilo.
—Buenos días —saludó al entrar.
—Buenos días —respondió Mateo—. Puntual.
—Siempre.
—Eso espero.
Luisa sonrió. Ya no se sentía tan fuera de lugar.
A medio día, su celular vibró. Número desconocido. Dudó, pero contestó.
—¿Hola?
Silencio.
—Luisa.
Su corazón se detuvo. Esa voz no podía confundirse.
—Diego… —susurró.
—Al fin contestas. Llevo días buscándote.
—No deberías llamarme.
—¿No debería? ¿Te fuiste con mi hijo y pretendes que no te busque?
—No me fui por capricho. Tú sabes por qué me fui.
—Déjame explicarte. Lo que viste… no fue así.
—No quiero escuchar explicaciones.
—Pero tienes que hacerlo. No es justo que tomes una decisión sin saber la verdad.
—¿La verdad? ¿Que estabas desnudo con otra mujer?
—No recuerdo nada de esa noche.
—Qué conveniente.
—Luisa, escúchame. Yo no te mentiría en algo así.
Ella respiró hondo. Una parte de ella quería creerle. Y eso la enfurecía.
—Ya no importa. Lo que pasó… pasó.
—Sí importa. Porque te amo.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No… no puedes decir eso ahora… no después de todo.
—Me di cuenta tarde, sí.
—Yo también te amé. Pero eso no fue suficiente para ti.
—Lo sé… y daría lo que fuera por cambiarlo.
—Pero no puedes.
—Dime dónde estás. Solo quiero verte.
—No.
—Luisa…
—No estoy lista. Necesito tiempo.
—¿Y yo qué hago con esto? ¿Con lo que siento?
—Aprender a vivir con eso, como yo tuve que hacerlo.
Y colgó.
Mateo apareció en la puerta.
—¿Todo bien?
—Sí… solo… una llamada.
—Si necesitas irte, puedes hacerlo.
—No… estoy bien.
Mentía. Pero no iba a huir.
—A veces enfrentar las cosas es mejor que evitarlas —añadió Mateo.
Mientras tanto, Diego bajó el teléfono.
—Me colgó… —murmuró.
Pero no estaba enojado.
—No importa.
—Trabaja en una empresa aceitera —le informó un hombre.
Diego sonrió apenas.
—Eso es suficiente.
Porque ahora ya no estaba perdido. Y cuando Diego Sotomayor encontraba un camino… no lo soltaba.