"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 6: El Veneno y la Cura
El aire en el reservado de Don Andrés era irrespirable. Él hablaba de negocios, de barcos y de rutas, mientras su mano descansaba sobre el muslo de Bianca como un recordatorio constante de su dominio. Ella, sin embargo, estaba en otro lugar. Su mente no dejaba de repetir la imagen de Santiago desapareciendo por el pasillo con Gaby. El dolor no era solo por el acto, sino por la pérdida del último refugio de pureza que le quedaba en el mundo.
— Estás distraída, mi joya —le susurró Andrés al oído, apretando su agarre—. ¿Sigues pensando en el borracho?
— Solo estoy cansada, Andrés —respondió ella, forzando una calma que no sentía—. Necesito aire.
Andrés, confiado en su triunfo de esa noche, le permitió retirarse con un gesto displicente. Bianca salió al balcón que daba al callejón trasero del club, donde el aire frío de la madrugada golpeó su rostro, despejando el olor a perfume y traición.
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El Encuentro en las Sombras
— Llorar por un hombre que no sabe lo que tiene es un desperdicio de agua, preciosa.
Bianca se sobresaltó. Juan Aguilar estaba apoyado contra la pared, en la penumbra, fumando un cigarrillo que proyectaba una brasa roja en la oscuridad. Sus ojos brillaban con una intensidad salvaje.
— Vete, Juan. Andrés está de un humor especialmente peligroso hoy —dijo ella, intentando limpiar el rastro de sus lágrimas.
— Andrés siempre es peligroso. Pero yo soy peor, porque no trato de comprarte —Juan se acercó, caminando con la elegancia de un animal nocturno—. Vi lo que pasó allá adentro. Santiago es un buen hombre, pero el dolor lo hizo pequeño. Tú no necesitas a alguien que se haga pequeño, Bianca. Necesitas a alguien que te ayude a quemar el mundo.
Juan se detuvo frente a ella. No había joyas, ni contratos, ni amenazas de hipotecas entre ellos. Solo una atracción física que hacía que el aire vibrara.
— No sabes nada de mí —susurró ella, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras, inclinándose hacia él.
— Sé que esa espina que llevas por nombre no es para herir a los demás, sino para evitar que te toquen el corazón —Juan levantó la mano y, a diferencia de la posesión de Andrés, sus dedos apenas rozaron la piel del cuello de Bianca, justo debajo de donde el collar de diamantes negros la oprimía—. Quítate esta cadena, aunque sea por un minuto.
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La Primera Chispa
Juan la tomó por la cintura y la atrajo hacia él con una urgencia que Bianca no pudo resistir. El beso fue violento, una mezcla de rabia, desesperación y un deseo que llevaba semanas contenido. A diferencia de los besos fríos de Andrés, los de Juan sabían a libertad y a fuego. Por un instante, Bianca se olvidó de las deudas, de sus hermanas y de la traición de Santiago. En los brazos de Juan, ella no era una "propiedad", era una mujer en llamas.
Se separaron jadeando, con las miradas fijas el uno en el otro.
— Mañana, a medianoche, en el viejo muelle —dijo Juan con voz ronca—. Andrés estará en la ciudad vecina por la reunión del sindicato. Si quieres sentirte viva de verdad, ve.
Antes de que ella pudiera responder, Juan se desvaneció entre las sombras del callejón.
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La Sospecha de la Bestia
Bianca regresó al interior del club, intentando recomponer su expresión, pero su pulso estaba acelerado. Al entrar al salón, se encontró de frente con Andrés. Él la observó con los ojos entrecerrados, su instinto de depredador detectando que algo había cambiado en el aire.
Se acercó a ella y le olió el cabello, un gesto que a Bianca le produjo una náusea repentina.
— Hueles a tabaco barato... y a adrenalina —dijo Andrés, su voz bajando a un tono gélido—. ¿Te encontraste con alguien ahí fuera, Flor?
— El callejón está lleno de gente fumando, Andrés. No me vigiles como si fuera una criminal —respondió ella, manteniendo la mirada con una firmeza que lo sorprendió.
Andrés sonrió, pero su mirada permaneció gélida. Tomó el collar de diamantes negros y lo apretó ligeramente, obligándola a ponerse de puntillas.
— Te vigilo porque eres lo único valioso que tengo. Mañana viajaré por negocios, pero dejaré a mis hombres en tu puerta. Si descubro que esa espina tuya está intentando pinchar la mano que la alimenta... te aseguro que Santiago será el menor de tus problemas.
Bianca sintió el peso de la amenaza, pero por primera vez, no tuvo miedo. En su mente, todavía sentía el calor de los labios de Juan. La guerra por su alma acababa de entrar en una fase mucho más peligrosa.